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En su libro El entusiasmo, Remedios Zafra caracteriza un perfil de habitante de contextos urbanos, inmerso en sistemas tecnificados de hiperproductividad capitalista, cuyo sino es la dependencia a las pantallas y al entorno digital. Zafra nos recuerda: 

Sabemos que el cuerpo no es ilusorio como lo es el cuerpo dibujado en la pantalla, o muerto en la pantalla por un arma ilusoria. Sabemos que el cuerpo se eleva ligero cuando goza. Que cuando se entristece pesa como si arrastrara todo su desgaste pretérito pegado a los huesos. Los cuerpos envejecen en su materialidad como también envejecen sus sueños, como se encorva el alma frente al ordenador, fingiendo que finge que está cansada y buscando un mejor ángulo para hacer píxel y volar.1

Este fragmento nos permite volver a la escena de muchas horas al día, mientras nuestro tronco reposa todo su peso sobre una silla, las extremidades se doblan, los órganos se acomodan inmóviles y pasivos dentro de su bolsa de piel que apenas se estructura por una columna curvada en cuyo extremo cuelga un cráneo sumido en la pantalla. En el entorno digital se cosechan las expectativas de éxito y felicidad, traducidas en falsos mitos de fitness y wellness; en la pantalla también suceden las instantáneas lecturas de titulares, las relaciones de emoticón y el entretenimiento del scroll. Apenas nos levantamos para atender necesidades básicas biológicas y, ocasionalmente, asistir a un encuentro social. Pero, paradójicamente, aquello que comemos, la forma como nos vestimos, aquello que adquirimos, nuestras gesticulaciones y palabras, rutinas y maneras, pudieron haber sido condicionadas por los contenidos de la pantalla, porque nuestro cuerpo se ha convertido en un perfil ―un estereotipo― encasillado por algoritmos. Cuando nuestros cuerpos son sometidos a las circunstancias y condiciones de un entorno digital perdemos nociones sensoriales y nos desvinculamos de la profundidad y de la materia ―la carne― del mundo. Perdemos aquello que, del cuerpo, comunica su propia comunicabilidad: los gestos que suceden en roces, aromas, abrazos, sonidos, caricias y bailes. Por ello, resulta necesario volver al cuerpo y, desde y través del arte, reconocer sus múltiples posibilidades.

El cuerpo no es modelo, no es arquetipo, no es matemático, ni ideal. El cuerpo es diverso, cambiante e impuro. El cuerpo es nuestro vínculo con el resto del mundo, que no se limita a una configuración social preestablecida o a los atributos de sus sentidos. El cuerpo es el factor político por excelencia, es el territorio que las ideologías han pretendido conquistar para su control y regulación, pero a la vez es el vehículo de la soberanía.

Los artistas han reconocido las posibilidades del cuerpo, que trascienden nuestra expectativa científica o social, para mostrar una existencia de emoción, sensación, expresión, imaginación o fantasía. La exposición “Liturgias del cuerpo. La mirada del coleccionista” ofrece estas formas de presentación y representación del cuerpo en obras de arte de la Colección Proyecto Bachué fechadas desde la década de 1960. Este marco temporal es importante, pues a pesar del impulso que, a mediados de siglo XX, las tendencias abstraccionistas recibieron como formas democráticas y universales del arte, finalmente fue la representación del cuerpo ―como objeto visual y conceptual― la que respondía subjetiva y colectivamente al desasosiego del país y del mundo polarizado y en guerra. En el conjunto de obras seleccionadas predominan creaciones de artistas colombianos, en diálogo con artistas de otras nacionalidades, particularmente de Europa oriental, que conforman una parte de la Colección Proyecto Bachué y que pese a la diferencia geográfica dialogan el mismo lenguaje porque comparten historias de colonización y represión. El Banco de la República organiza esta muestra en el marco del programa “La mirada del coleccionista”, que busca mostrar al público obras de arte pertenecientes a acervos privados, cuya reunión y exhibición da cuenta de la manera como la práctica del coleccionismo permite identificar sensibilidades y discursos colectivos que conforman un sentido patrimonial, y por ende un sentido identitario. Dentro de este programa se han llevado a cabo las exposiciones “El legado de Casimiro Eiger” (1995), “El ojo crítico de Hernando Santos” (2001), “La Colección Ganitsky Guberek, un homenaje a Marta Traba” (2002) y “Colección Maraloto” (2011). En esta oportunidad, la selección de obras y la conformación del proyecto están determinados por el criterio de representación del cuerpo como un eje estructural de la Colección Proyecto Bachué, aun cuando este acervo está conformado por muchas más obras que responden a otros intereses de coleccionismo (por ejemplo, la naturaleza y el paisaje, las prácticas conceptualistas y la fotografía). A través de su mirada, el coleccionista presenta al público su propia selección de cuerpos, como manifestación necesaria en nuestro tiempo presente: de una parte, para reevaluar una historia del arte definida por narrativas dominantes que pueden cuestionarse y actualizarse, y de otra parte para proponer que, en tiempos de incertidumbre, polarización y diversas crisis humanas, el cuerpo en el arte es el vector que nos relaciona, y que sus múltiples maneras de presentación y representación nos permite reconocer nuestra mutua fragilidad y contingencia.

En un recorrido por las salas de exposición de la Casa Republicana (Biblioteca Luis Ángel Arango), la exposición “Liturgias del cuerpo. La mirada del coleccionista” presenta un extenso inventario corporal. Inicia con un autorretrato fotográfico del artista británico Keith Arnatt, quien con un cartel que cuelga de sus hombros con el mensaje “I’m a real artist”, afirma con su cuerpo un lugar en la dimensión que comprendemos como realidad. Luego, la exposición nos lleva a las escenas de Los desastres de la guerra de Francisco de Goya, para plantear que el rol del artista ante tal realidad justamente ha sido el de evidenciar la vulnerabilidad del cuerpo ante las violencias e injusticias que atraviesan nuestra historia. Esta referencia histórica es preámbulo al desgarrador conjunto de 13 grabados sobre la Violencia del colombiano Luis Ángel Rengifo (que también puede encontrarse en la Colección de Arte del Banco de la República), en el que los cuerpos de frágiles víctimas son llevados al extremo de la afectación y el dolor por parte de los feroces victimarios posesionados en las esferas de poder. De ahí se desprende un amplio bestiario de cuerpos afectados, dolientes, afligidos y con expresión de miedo, dolor y rabia, que corrobora la expansión de la figuración monstruosa en los años sesenta y setenta. En ese entonces, el artista mexicano José Luis Cuevas posicionó una forma de expresión que permitió lo monstruoso como forma de poner en evidencia aquello que nos repugna y aquello que tememos.  El artista colombiano Leonel Góngora, quien en los años setenta se trasladó a México, donde formó parte del grupo Nueva Presencia junto con  Arnold Belkin y Francisco Icaza, nutrió su obra de esta línea expresiva, de distorsión del cuerpo ejemplar símbolo de los paradigmas de la estética clásica, para darle forma a las pulsiones interiores de angustia y deseo. En adelante, durante el recorrido expositivo se multiplican los nombres de artistas que relevaron a la generación consagrada de los años cincuenta, y que, en palabras de Carmen María Jaramillo: “Conferían una nueva estructura al cuerpo humano desligándose de cualquier posible estética de lo bello”2. Así, la exposición plantea acentos en recursos técnicos que, en el marco temporal que compromete, sirvieron a los artistas para su motivación expresiva. Las formas de grabado y obra gráfica configuran un conjunto importante, en tanto que los medios reproducibles permitieron a los artistas circular más ampliamente aquellas imágenes que manifestaban posturas críticas hacia las formas de violencia y colonización contra la clase trabajadora y campesina ―como Umberto Giangrandi, Carlos Granada, Sonia Gutiérrez o Alfonso Quijano―, o con una noción ampliada de lo político, hacían referencia al establecimiento y los órdenes de control, como Beatriz González, Luis Caballero o Álvaro Barrios. De otra parte, y como una evidencia de la particular mirada del coleccionista, se despliega un extenso conjunto de fotografías y videos que, muchos de ellos, resultan del registro de acciones artísticas en las que el cuerpo no se representa, sino que se presenta en sí mismo objeto de afectación y transformación; como ocurre con la obra que abre el recorrido, en un mayor número de obras que conforman la muestra, el cuerpo se ostenta como una manifestación identitaria, el motivo a través del cual los artistas le declaran al mundo el derecho a sus credos, emociones y manifestaciones.

La selección de obras nos demuestra que el cuerpo es tan solo una convención en constante resignificación, que es afectado por la mirada, por los objetos y espacios, por los afectos y regulaciones. El cuerpo es condicionado por sus contextos, por los valores dominantes de estructuras políticas y religiosas, por los acuerdos sociales sobre lo público y lo privado, por las costumbres y tradiciones, por los avances de la ciencia y las concepciones de la medicina, por los rituales y rutinas, por el aire y el clima. Ante estas influencias, el cuerpo se manifiesta vulnerable o resistente, fuerte o débil, exacto o torpe, solitario o comunitario, resiliente o mortal. Se podrá comprender en su totalidad anatómica, en múltiples posturas y gesticulaciones, o también por fragmentos, o acercamientos, o exploraciones entre sus órganos y cavidades. También podrá ser modificado o podrá volverse un algo o un alguien más que su propia convención; y es así que vive su vida o protagoniza mitos, adquiere poderes, se doblega, se incomoda, sufre, seduce, se excita, reposa, se abre y se cierra, sueña, se libera, cuida y protege, se asombra, asusta, teme, se cansa, muere y se funde con otros, con la naturaleza y el paisaje.

La exposición nos brinda este amplio espectro de posibilidades de presentación y representación del cuerpo en el arte, como un motivo versátil que puede ilustrar las formas de poder, como también a quienes se emancipan de estas y se permiten autodefinirse. Y, mediante el conjunto de textos reunidos en este catálogo, se explican los contextos, las razones y motivaciones de aquellas pesquisas visuales, muchas de ellas resultantes de los contextos de represión política y control ideológico en el marco de la Guerra Fría y su impacto en los países colonizados. En tanto se identifican las “Liturgias del cuerpo” en prácticas del pasado, estos testimonios se hacen relevantes hoy. En el marco del programa “La mirada del coleccionista”, una colección privada encuentra en la gestión y el alcance de lo público una manera de resonar con audiencias diversas. En un presente caracterizado por la condena de nuestros cuerpos al espejismo ilusorio de la virtualidad ―como lo presenta Remedios Zafra― la historia del arte y de las manifestaciones simbólicas nos apela, para permitirnos imaginar, sentir, pensar y expresar otras formas y sentidos de nuestro cuerpo, otras formas de vida.

No olvido que quienes crean tienen cuerpo. Un cuerpo que habita lugares con identidad y que transita espacios. Que aquí y allí los entusiastas se relacionan con otros y fantasean, pero no solo como parte de su proceso creativo, sino también como parte de su subjetivación política.3


Nicolás Gómez Echeverri 
Director, Unidad de Artes y Otras Colecciones 
Banco de la República 
 

Bibliografía

  • Jaramillo, Carmen María. Fisuras del arte moderno en Colombia. Bogotá: Alcaldía Mayor de Bogotá - Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2012.
  • Zafra, Remedios. El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona: Anagrama, 2017.

Referencias bibliográficas

1 Remedios Zafra, El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, Barcelona: Anagrama, 2017, p. 105.Volver arriba

2 Carmen María Jaramillo, Fisuras del arte moderno en Colombia, Bogotá: Alcaldía Mayor de Bogotá -Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2012. p. 84.Volver arriba

3 El entusiasmo, op. cit Volver arriba

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