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Exposición Ires y Venires
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Tipo de minisitio

Mi obra soy yo

Corría el año setenta y nueve cuando Pedro Manrique Figueroa, precursor del collage en Colombia, se encontró en una situación muy particular. No pertenecía a ninguna institución. Había sido expulsado aún del partido comunista y su inagotable tendencia a la lucha contra las gastadas estructuras del poder le sugería un nuevo enfrentamiento. Advertía en las palpitaciones aceleradas del músculo cardíaco la necesidad de un nuevo viaje al ventarrón de la épica. De la época. ¿Qué nueva pancarta alzar? ¿Qué podría aún ser percibido por el que desde el futuro apuntara el telescopio hacia esa encrucijada?

Anotar un nuevo signo en el arrugado papel de su vida. Esta vez sin las inflamadas consignas de los camaradas. Algo neutro, que no lo hiciera presa de caza de los códigos penales. Ya cansadas le llegaban las remembranzas de sus necedades juveniles: la venta de adulteradas imágenes del impostor Jesucristo en San Victorino. ¿No había hecho un hereje coctel con la cara del divino maestro y la del infame Che Guevara atribuyéndole a sus virtuosas tijeras la transustanciación del Cristo? Ni los pájaros, ni los cóndores, ni el Opus Dei habían comulgado con esa estética. Y todo terminó en la nocturna hoguera que consumió los primeros años del olvidado Pedro. “Hasta allí llegaron los pegotes.” Los que oyeron esta lacónica oración eran nada menos que un cura y un policía disfrazado de barbero. Como en esa vaina que pasó en el Quijote, pensó Manrique, mientras amparado por el velo de la noche usaba su anonimato para ayudarlos en la quema de su propio trabajo. “Me pareció un hecho estético, burdo pero estético, y la referencia a ese libro tan importante me desprendió de mis incinerados pegotes. Se lo recomiendo a cualquiera, como recomiendo la embriaguez del aguardiente... solo que al otro día, como usted bien lo sabe compadre, viene una seca que deshidrata los años y vuelve la vida un desierto. La llama del fuego limpio, en todo caso, es más noble que la de la de la viperina lengua de los críticos mediocres —son como perros que le ladran a las bicicletas—”.

En su circo de pulgas, como llamaba la pieza en el Plaza de las Nieves, hacía más que pernoctar. De día no salía nunca por temor a que le robaran algo abstracto: el pudor, después de tantas exposiciones. Contribuyó también a moldear su nuevo papel de ermitaño el minúsculo recorte de diario que su mano desprevenida encontró sensando la irregular pared de su pieza. Se trataba de una historia que lo hacía soñar despierto durante sus escasas siete horas de vigilia: dos mujeres miserables que después de esperar durante años el regreso de su hijo y su hermano que las sacará de la pobreza, no reconociéndolo en una noche oscura, le dan posada. Deciden matar al extraño de lujosos ropajes sólo para descubrir que era su amado familiar que, queriéndoles dar una sorpresa, había esperado hasta el otro día para entregarles su amor filial y magníficos regalos. Pedro concluyó después de varios meses de repasar esa insignificante historia que allí había una indiscutible señal para su propia vida.

No se consideraba artista sino el producto de la fecundación del Arte por la cultura popular. Hijo del Zipa y, al mismo tiempo, amamantado por una loba latina. Nacido de la misma concha que la diosa Venus y acariciado por el fusil del Che Guevara. Ahogado en el remolino eterno de la desembocadura de dos ríos (con muchos afluentes).

¿Qué hacer? Como cuando una cerveza se congela Pedro estalló. Su mente hizo efervescencia. Rápido, mientras masticaba una idea recién concebida, se vistió con un overall manchado. Dejó todo atrás (aun la cuenta del hotelucho) sabiendo que jamás volvería. Su idea incluía todo: la rebelión contra el padre, la rebelión contra la estructura edípica del tiempo, la rebelión contra la forma... y los códigos penales no tendrían argumento para perseguirlo.

De un salto estaba frente al gran museo de la capital. “Vengo a donar mi obra”. El portero sospechando de una figura tan proletaria y bestial preguntó: “’¿Qué obra, quién es usted?” Y con tono altanero el precursor del collage en Colombia respondió:

“Soy Pedro Manrique Figueroa, mi obra soy yo.”

 

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Filosofía, obra de Lucas Ospina en la exposición Ires y venires de la Casa Republicana.
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