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Curador: Edinson Quiñones Falla - Exposición en Pasto
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Tipo de minisitio

Enmigada para superar la experiencia estética

Mi corta o larga experiencia en el mundo del arte me ha llevado a caminar con una inconsciente autenticidad y pertenencia con los lugares habitados —aunque cada vez menos—, así como con sus habitantes. Me ha hecho asumir, de manera cada vez más fuerte, el proyecto de vida tanto individual como colectivo por y para mis iguales, que en su momento han sido de lugares campesinos, indígenas, marginados, populares, al igual que los infinitos rostros, colores e imágenes que en la jerarquía sensible convencional y jerarquizada de la cultura de clase media y de la aristocracia del arte los ubican abajo. Desde muy temprano me hizo acercarme y construir, en el marco de la imagen, una mirada profundamente articulada con la inmediatez, con las prácticas y pensamientos que emergen para sobrevivir y reexistir, no para ir hacia arriba, sino para vivir a nuestro modo. En esta línea de ideas, se articulan, para la creación artística y curatorial, tres dimensiones de la autobiografía, el territorio y el compromiso con lo local, como alternativa vigente y valida de ser y estar; pero a este ejercicio de construcción de imagen regional asiste además la puesta en práctica de una posible “curaduría” desde abajo.

En el recorrido de esta etapa, a la que me invita el Banco de la República para hacer la investigación curatorial de la Imagen Regional 9, empieza una primera desobediencia, ya que no es posible una sola imagen regional, por la construcción y continua reformulación colectiva (humana y no humana) de la vida, lo que permite que emerja, más bien, un posible imaginario regional. La profunda conexión entre el artista y su territorio para desplegar su creatividad es la esencia de lo espiritual, entendiendo la espiritualidad como la concepción altamente lastimada y el continuo objeto de destrucción por la cultura occidental: la relación del humano con la naturaleza.  Aquí es el pilar orgánico que vincula todo: a las mujeres y hombres socialmente, a los humanos y a la naturaleza ecológicamente y a la conservación de la energía como problema necesario en el contexto global de la crisis ambiental del planeta. En ese sentido, el compromiso por lo local es con el territorio inmediato que me da vida, es decir, la tierra.

La autobiografía individual de cada uno de nosotros es también la autobiografía silenciada y poco a poco naturalizada de la región, que articula al Cauca, Nariño y la Amazonia.  Nuestros lugares han sido testigos de la violencia armada contemporánea, se convierten en sede improvisada para el reposo de los abatidos, criminales, no criminales, soldados, guerrilleros, hermanos. En la voluntad de ocultar la barbarie, consideramos posible que los ríos y la naturaleza sean cómplices de esta, tapándola por un tiempo. El dolor y la rabia se incluyen entre las variables de la creación territorial, porque conservamos en la memoria la zozobra de quedar en medio de los intereses externos por la riqueza de nuestros territorios. Poco a poco, coexistimos con la violencia; tal vez como la tierra ha coexistido con nuestra equivocada forma de habitar, los animales se comen los cadáveres y los regresan a la vida, en tanto que los artistas digerimos estas emociones y los convertimos en acciones críticas para recrear la resistencia.

Las posibilidades del campo, de lo rural y de lo campesino empiezan a marcar la ruta. El monocultivo y la tecnificación han ido dejando atrás la esencia de la conexión con el campo, por lo que surge la inquietud de si es posible poner la industrialización al servicio de una relación equilibrada con la tierra, entendiendo que asistimos a una lógica de la velocidad y la productividad que convierte las técnicas industriales en un arma de doble filo contra los ciclos naturales. Los residuos dejados por la industrialización del campo dan luces de qué es lo que es funcional al capital, pero también se prestan creativamente para trasladarnos hacia otra mirada y mostrar escultóricamente que el residuo sigue teniendo una carga de vida, para sostener que el trabajo de la tierra es una de las actividades necesarias para revincularnos con la energía del alimento y el aire que nos mantiene con vida.

Por ejemplo, creativamente, ¿podemos convertirnos en puentes técnicos entre el dolor de la tierra y las sensibilidades críticas, pero también generosas y conscientes, para poder brindar la experiencia de articularnos a la esencia del pensamiento espiral originario de esta región? Al asistir a la conciencia de que “soy un yo”, también soy el árbol que respira, los alimentos del territorio, pero también soy el idioma de la naturaleza, espiral que al final me dice que soy la tierra que habito. Entonces, aquí también es posible la puesta de la técnica al servicio de reactivar y redireccionar los dispositivos audiovisuales al servicio de la identidad natural primigenia, es decir, de darle el micrófono al río que somos, girar la cámara hacia la selva, hacia el monte, hacia el ecosistema en crisis que somos.

En la ruptura de ese vínculo que tenemos, el juicio básico estereotipa al hombre blanco o al hombre no indígena como alguien necesariamente destructor. Pero, por otro lado, también es posible ver cómo han comenzado, en esta época. Ahora han conseguido relacionarse de un modo distinto con lo ancestral. En esas formas de relacionarse hemos visto que algunos caen en el exotismo, es decir, en la idealización de lo ancestral, pero logran espectáculo de las prácticas indígenas; otros, muy otros, también han dado un paso más allá, han construido un reconocimiento vital y vitalicio de lo ancestral, en el que podemos ver a los no indígenas con el corazón posiblemente más comprometido con las prácticas y modos de vivir la sensibilidad originaria que los mismos indígenas. Cuerpos creativos que consideran seriamente un futuro ecológico desde la práctica ancestral y piensan que es un modo de vivir posible y sobre todo necesario en la actualidad. Aquí la experiencia ya no se agota solo en mostrar lo indígena, sino en ponerlo como opción de vida y como una forma de construcción de un mundo más allá de la modernidad que nos arrolla colonialmente.

Mujeres y hombres de la academia y la estética confrontan esta colonialidad de diferentes modos, pero, a diferencia de ellos, los conceptos de resistencia, fuerza y poder aquí no son intuiciones enseñadas por libros o conceptos humanos, sino por las lecciones escondidas en la palabra, los cantos y las plantas de poder que las mayoras y los mayores van sembrando en las siguientes generaciones con su humilde y poderosa compañía. Es en realidad el agua la que se resiste a dejarse secar con  la minería moderna; son las semillas las que necesitan solo un pequeño impulso solar, las que rebrotan más allá del cemento, el pavimento y la devastación; son las energías naturales en forma de culturas indígenas las que enseñan que, de no vivir, sentir y hacer de otro modo la asepsia y la plástica occidental, estamos con mucha facilidad al servicio de una civilización que nos lleva, no a la muerte, sino a renunciar a la vida.

En este proceso, el ser humano no dimensiona que, al renunciar a la vida, renunciamos voluntariamente a la sensibilidad, y en consecuencia se generan todas las formas de violencia contra lo sensible y, sobre todo, contra los cuerpos que habitan más naturalmente esa sensibilidad, aun con toda la carga colonial histórica sobre ellas y sobre sus existencias: la mujer. Esto las convierte en cuerpos privilegiados y en rutas para reactivar sensibilidades críticas contra los estereotipos; ellas son el negativo, como en las fotografías, que cargan silenciosamente en sí con la huella de la violencia que en positivo lucen como resiliencia. Ellas son una analogía de los territorios que, visualmente, muestran la capacidad de resurgir, pero que hacia atrás han sabido tramitar las huellas de las guerras que han pasado sobre ellas y ellos.

Frente a todo ese panorama, como ya se ha mencionado un poco atrás,  vamos hacia la sanación, hacia escenarios que reequilibren la tierra que somos. Las medicinas ancestrales son, en gran parte, el apoyo para reexistir y crear de otro modo. Por ejemplo, las prácticas como el mambeo cargan la esencia de la dulzura de la palabra, es decir, la necesidad de ayunar lo que expresamos como humanos desconectados y enunciar creativamente algo equilibrado desde la energía del territorio que nos habita. Por otro lado, el tejido ancestral, no como objeto sino como práctica, nos enseña que al ser individualidades formamos parte de algo más grande, que nuestra manera de hilar nos convierte en una fibra fuerte o débil para el colectivo. Que somos hebras que, en todo caso, suman y que, según sea nuestra vida, se debe soltar para tejer de nuevo.

Se puede ir dejando claro, cada vez más, cómo se construyó esta, ya no curaduría, sino enmigada, lo que enunciamos antes como el “desde abajo”, no porque esté abajo sino porque colonialmente nos lo han puesto tan abajo que, a partir de allí, al principio se torna difícil, pero en realidad es muy sencillo. Lograr una selección de la experiencia estética que obedece ya no a criterios de selección desde los expertos en legitimar la creación sino en los que son creación cotidiana, en los que son generadores de equilibrio permanentemente.

Podríamos empezar por decir que son mis criterios de lo marginado, pero son el resultado de recuperar en mi cotidianidad ejercicios como la siembra, el cuidado de la tierra y las semillas, las prácticas de las celebraciones ancestrales como los diferentes Raymis, pero más allá son la herencia de las mayoras y los mayores, ancestros de todos nosotros, dentro y fuera de esta selección, maestros que enseñan la necesidad del pagamento a los espíritus, maestras que en su cuerpo aún funcionan y sienten desde la necesidad de vivir.

Esta experiencia es también resultado en ellos de relacionarse con el más abajo. Aprendices del aire, del fuego, de los elementales que, articulándose para poder sostener la vida, enseñan qué es crear. Por eso decimos que somos ombligados, porque al separarnos de nuestra madre humana, seguimos con el ombligo conectado al agua y a la tierra. Al final, el “imaginario regional” que se quiere posicionar aquí es la superación del actual estado de las cosas, de la mano de formas de justicia estética que están inscritas en leyes más allá del orden humano. Entonces, hace mucho rato que no se trata de una experiencia estética sino de una experiencia espiritual que nos conduzca a sentir, crear y encontrarnos desde la ley de origen ancestral originaria del planeta.

Visita guiada por la exposición

Recorrido audiovisual con Edinson Quiñones, curador de la exposición.

Artistas participantes:

Popayán

Pasto

Ipiales

Leticia

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Imagen Regional 9. Región Pacífico y Amazonia
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