Javier Morales Casas
Nació en Ibagué en 1993. Este pintor y cocinero entrelaza su producción creativa con una necesidad vital: la investigación. La pintura, percibida como un suceso arbitrario o como una ruta infinita de escape ante la realidad, converge con la observación insistente de la biología y la física cuántica. Recientemente ha dejado de entenderse como hombre, como mujer o como ser humano; se piensa como una multiplicidad de organismos que conviven en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Actualmente trabaja en su proyecto de investigación mitocondrial en torno al pliegue y los aportes de la microbióloga Lynn Margulis a la comprensión de la evolución sobre la vida terrestre.
Entrevista de Ana María Lozano a Javier Morales Casas
¿Quisieras explicarme, brevemente, cuál fue el origen de tu obra Transubstanciación: de lo vivo al objeto?
Claro que sí. Mis exploraciones son búsquedas internas, muy íntimas, que giran en torno al acto creativo como un espacio-tiempo similar a un portal entre la amenaza de pérdida y lo que surge muy intuitivamente. Me interesan mucho lo que ocultan las imágenes y la imposibilidad de entender. Pienso en mi pintura como un performance invisible, pues me atrae mucho lo que no podemos apreciar a simple vista; particularmente, me entrego al oficio de un modo muy religioso porque eso me ha salvado en muchas formas de las vicisitudes del cuerpo. Creo que por ese motivo adopto varios conceptos, propios de prácticas religiosas, para hacer legible mi trabajo. Pinto porque lo necesito y así lo haré hasta que pueda hacerlo; pinto para mí. La transubstanciación sucede cuando la vida cotidiana y el acto creativo se funden en una misma cosa; es así como siento que en los objetos y en las pinturas, un tanto indescifrables y muy absurdas en algunos instantes, quedan vestigios de un cuerpo observando.
¿Crees que en la muestra Imagen Regional, zona Andino-Amazonia, se hace sentir lo regional? Si la respuesta es afirmativa, ¿en qué forma?
En efecto, hay una multiplicidad de modos de hacer y entender el mundo que sobrepasa lo que aparentemente entendemos como regional. Se me hace muy interesante como juntan agradablemente diversos formatos y medios expresivos, sin necesidad de tener un guion unidireccional o un tema específico; por ejemplo, el primitivismo al lado del videoarte me encanta. Estas vecindades me hacen sentir que hay una riqueza en cuanto a investigación en artes que reafirma la vitalidad de crear lejos de los centros hegemónicos convencionales.
En tu experiencia como artista que vive en Ibagué, ¿se han hecho sentir relaciones inequitativas entre regiones en las dinámicas del arte colombiano? Si la respuesta es afirmativa, ¿de qué manera?, ¿entre qué regiones?
Pero por supuesto. Creo ciegamente que hay una intención sistemática de mostrar una sola versión de la historia del arte que nos hace pensar que en las regiones no sucede nada, y una prueba de esto es el actual Salón Nacional de Arte Joven que se muestra actualmente en la galería Santa Fe, que en realidad debería llamarse Salón Bogotano de Arte Joven, porque si no se es natural de la capital o se reside en Bogotá no había manera de presentarse a esta convocatoria. Entonces, hacerle creer al público en general que no es cercano al mundo del arte, que “eso” es poco o nada asombroso, es el punto más alto de lo que se entiende como arte joven en Colombia. Se me hace de verdad triste y muy preocupante, me dan náuseas que sea algo tan naturalizado y que se acepte juiciosamente como una verdad.