La extraordinaria abundancia de oro, plata, esmeraldas, piedras preciosas y perlas en el territorio del Nuevo Reino de Granada que hoy pertenece a Colombia nos dejó un maravilloso patrimonio, representado en objetos destinados al culto religioso y a los usos domésticos, algunos de los cuales podrán admirarse en esta exposición.
En los procesos iniciales de la colonización por parte de españoles y portugueses, se desarrolló rápidamente el arte de la platería y de la orfebrería. Si bien al comienzo la legislación limitaba el conocimiento y la práctica del oficio tan solo para los descendientes de peninsulares, se vinculó gradualmente a niños y jóvenes mestizos e indígenas a los talleres. Había una excelente tradición orfebre, como se aprecia en el legado precolombino. La cultura española impuso sus modelos para la elaboración de los objetos suntuarios, tanto para el culto católico como para el uso doméstico, pero en cada región surgieron nuevas interpretaciones.
La presente es una selección de obras de oro y plata para el culto religioso y para el uso doméstico, elaboradas en los talleres coloniales por nuestros plateros, a quienes inicialmente se llamó plateros de oro y plateros de plata, para diferenciarlos según el material utilizado en su labor. También se denominó orives a quienes se dedicaban al trabajo del oro y plateros a los que se ocupaban de trabajar la plata.
Hacia el año 1630, Santafé de Bogotá era una pequeña ciudad de menos de veinte mil habitantes; sin embargo, contaba ya con treinta y nueve maestros de platería, de los cuales treinta y uno se dedicaban a hacer piezas de oro y ocho a fabricar piezas de plata. Según los oficios desempeñados, las personas vivían y tenían sus talleres en determinadas calles de los barrios o colaciones, como se llamaban por entonces, en que se dividía la ciudad. El barrio más importante era el de la Catedral, el cual más tarde se llamó del Príncipe. Allí se encontraba la calle de los Plateros, que hoy corresponde a la calle 12 entre carreras 6ª y 7ª, donde aún funcionan en la actualidad muchas de las joyerías de la ciudad; por su parte, los artesanos vivían en el barrio de Las Nieves.
Las fiestas se celebraban con gran solemnidad. Dada la influencia del rey católico en España y sus colonias, y su estrecha relación con la Iglesia católica, apoyada en el patronato real, casi no había diferencia entre los festejos monárquicos y los religiosos. El Corpus Christi o fiesta de la Eucaristía era la más importante de la cristiandad. Tenía lugar el jueves que sigue al noveno domingo después de Pentecostés, es decir, sesenta días después del Domingo de Resurrección.
Esta fiesta se originó en Europa desde la Edad Media y se celebraba con gran esplendor en pueblos y ciudades tanto en España como en los reinos americanos. Una suntuosa procesión avanzaba por las calles de la ciudad, presidida por una gran custodia conducida en andas o en carros ricamente decorados. Las calles se adornaban con arcos, los balcones se enlucían con tapicerías y se construían escenarios con representaciones del paraíso. Como pervivencia de esta costumbre, en la población colombiana de Anolaima (Cundinamarca), declarada doctrina desde el año 1541, con ocasión del Corpus Christi se levantan hoy en día en la plaza principal numerosos arcos y cuatro altares elaborados con frutas de la región; dicha fiesta tiene lugar durante tres días continuos, con misa, procesión, música, fuegos artificiales y comidas.
En el culto católico, las custodias son las piezas de iglesia más importantes, porque su función es guardar la hostia consagrada, presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. La custodia de la iglesia de San Ignacio —anteriormente propiedad de la comunidad jesuita y hoy del Banco de la República— y la del Convento de Santa Clara, en Tunja, representan en la exposición los más finos trabajos de orfebrería producidos en Santafé en el siglo XVIII, en los talleres de los maestros José de Galaz y Nicolás de Burgos Aguilera.
El Concilio Vaticano II, que se reunió en Roma entre los años 1962 y 1965, introdujo numerosas reformas en la liturgia católica sobre el uso del latín, el canto gregoriano, los sacramentos y la misa. Para acercar a los fieles a la Iglesia y hacerlos más participativos, se renovó el culto en busca de una mayor austeridad y funcionalidad. Se dejó de decir la misa en latín y se optó por los idiomas nacionales. El sacerdote se ubicó frente a los fieles, razón por la cual cambiaron la disposición y el empleo de varios objetos que, por tradición, estaban sobre el altar, tales como las custodias, copones, sacras, atriles para los libros, relicarios, ornamentos y candelabros elaborados en materiales preciosos.
Muchos de estos objetos han desaparecido o, en el mejor de los casos, hoy forman parte de colecciones privadas o de museos. No hay que olvidar que son nuestro patrimonio artístico y que como tales se deben estimar y conservar, así el paso del tiempo haya cambiado su destino original. Contamos con un ilustrativo conjunto de piezas de iglesia, como se les llamaba en la época, trabajadas en su mayor parte por plateros coloniales. En la exposición se aprecian ricas obras, labradas particularmente en plata y en algunos casos destacadas por el uso de otros materiales tan valiosos como el nácar y el carey.
La platería se utilizó también en el hogar. Según los medios económicos, casi todas las familias pudientes poseían algunos objetos de plata, los cuales por lo general resultaban menos costosos que los de porcelana o de cerámica, en el caso de las vajillas, por su difícil traslado hasta el continente. Así, los había para la mesa, las salas, las habitaciones, el escritorio o el estrado, tales como jarros, bandejas, cucharas y cucharones, candeleros y candelabros, centilleros, escribanías, bacías, aguamaniles, arcas, candeleros, bujías, lamparillas, cornucopias, lucernas, tijeras, platos, platillos y platones, salvillas, chocolateras, cuchillos con puños de plata, escudillas, pozuelos, cucharas, cucharones y, en menor número, tenedores —ya que su utilización fue tardía—, papeleras y baulitos. Naturalmente, no podían faltar las joyas, usadas tanto por los hombres como por las mujeres y los niños.
La exposición contiene una cuidadosa selección de piezas que nos acercan a algunas de las costumbres de la sociedad colonial neogranadina, entre la que sobresale una colección de dieciséis jarros de plata, única en el país por su procedencia, calidad y variados diseños. Algunos son de talleres españoles, pero otros los trabajaron plateros locales. Estos jarros son vasijas de cuerpo cilíndrico y asa fundida con pico prominente decorado, cuya función era servir el agua fría en la mesa, tanto para beber como para limpiar los dedos antes y después de ciertas comidas. El agua caía sobre una fuente de relativa profundidad llamada jofaina. Al conjunto formado por las dos piezas se le conoció en los reinos españoles como aguamanil. Infortunadamente, se conservan muy pocos jarros con su fuente correspondiente, porque se separaron desde épocas muy tempranas. Es frecuente encontrar su mención en los testamentos, en las dotes de novia y en los encargos de los particulares.
Al parecer, en la mesa de los poderosos todas las ceremonias empezaban con el lavatorio de las manos del señor de la casa o del invitado principal. Los aguamaniles también se colocaban en algunas estancias de las casas, donde servían para el lavado de la cara y las manos, o acompañados de una bacía para que los señores se afeitaran. La bacía era una bandeja honda con una curvatura o escotadura para situarla en el cuello. Además de estas funciones, los jarros engrandecían el esplendor económico del dueño de casa.
Los jarros sirvieron también para el culto hebreo y para el uso doméstico en la comunidad judía, dada la enorme importancia de las abluciones rituales y laicas en su cultura. Hasta el momento, su ubicación e identificación en la Nueva Granada resultan difíciles de probar a causa de la tremenda persecución de que fueron objeto los judaizantes, en especial a partir del siglo XVII. Es probable que con el avance de la investigación histórica se pueda saber más sobre los usos y costumbres de estas comunidades, ya que resulta innegable su presencia en el trabajo, el comercio, la navegación y las profesiones especializadas, tales como la medicina y la platería.
Desde la década de los treinta, el Banco de la República desarrolló una amplia actividad cultural, en la cual sobresale la conservación de parte de los legados precolombinos y coloniales. La conformación del primero condujo a la creación del Museo del Oro, el más importante de América en su género por su riqueza, variedad y contenido. Dentro de la colección de arte colonial de pintura y escultura se han incluido además valiosas piezas de iglesia, entre las que sobresalen las custodias, que son el orgullo de la orfebrería nacional.
Sea esta la oportunidad de reconocer la valiosa colaboración de los coleccionistas, quienes aparte de cumplir con esta importante labor de rescatar, valorar y conservar las piezas, las han prestado para que podamos acercarnos al conocimiento de este precioso arte de la platería.
Curaduría y textos
Marta Fajardo de Rueda