
Antiguamente seminómadas, los inuit cazaban en pequeños grupos en el verano, antes de reunirse en bandas de hasta un centenar de personas con la llegada del invierno. El chamán se encargaba de mantener la alianza entre los seres humanos y el mundo de los espíritus. Sabía conjurar la suerte y sanar las enfermedades; podía transformarse y viajar hacia el mundo de los espíritus, hacia el más allá e incluso hasta la luna, desde donde guiaba a los cazadores de caribús y de otras presas. Podía interceder ante la mujer del mar para calmarla y restablecer la armonía. El sistema de creencias, la cosmología y la mitología inuit se basaban en un chamanismo animista donde todas las cosas poseían un soplo, un espíritu.
Los artistas inuit se inspiran constantemente en las leyendas y creencias del pasado, sin que sus obras sean consagradas por ritos o rituales. Como obras de arte contemporáneo, forman parte de un movimiento de transmisión cultural o de redescubrimiento de la cultura pasada y presente. Diversas categorías de espíritus (tuurngait) y de seres no humanos resultan difíciles de distinguir debido a toda suerte de transformaciones, mediaciones y amalgamas.
Este chamán tiene en su mano izquierda una colección de amuletos en marfil y muestra en su cara una expresión grotesca. Avanza desnudo con las rodillas dobladas y los brazos plegados contra su pecho, expresando felicidad o éxtasis con su gran cabeza de ojos desalineados y una sonriente y desdentada boca. Los chamanes podían alcanzar estados de éxtasis y trance durante los rituales, mediante una concentración intensa mantenida por el ritmo vigoroso y repetitivo de un tambor. Entonces, podían transformarse y abandonar momentáneamente su cuerpo para viajar al más allá o al lugar de los espíritus.
