Es portada?
false
Tipo de minisitio

La historia oral: una historia viva

Catalina Muñoz Rojas. Departamento de Historia Universidad de los Andes - Mayo de 2016

¿Por qué hacemos historia oral?

 “Cuando llegó Rojas Pinilla, nadie tenía conocimiento de San Andrés. Pensaron que aquí había teléfono. Entonces trajeron un técnico, ¿no?, para conectar los equipos de él al teléfono para transmitir el discurso de Rojas Pinilla al continente.  El técnico se llamaba Guillermo Padilla. Cuando llegó, entonces él: Por favor me consigues una línea telefónica que voy a transmitir el discurso del Presidente Rojas. ¿Un qué? Una línea telefónica. No, aquí no hay teléfono. Ay, ¡Qué voy a hacer! Entonces le dijeron que por acá había un señor que tenía un transmisor que de pronto llegaba a Bogotá. ¿Pero cómo iban a avisar a Bogotá? Uno de los barcos que había traído a los diplomáticos que acompañaban a Rojas Pinilla estaba anclado allá, y tenía comunicación directamente con el ejército, los militares, en Bogotá. Entonces le pidió a mi papá que le diera la frecuencia. Vamos a ver; vamos a hacer una prueba. Vamos a ver si son capaces de detectar su señal en la Radio Nacional. Pusieron un cable desde el Palacio que quedaba aquí donde está el parque, hasta aquí hasta esta casa, para poder hacer la transmisión. Finalmente se transmitió todos los cantos, todo, y se pudo escuchar el discurso de Rojas Pinilla en toda Colombia. Primera vez que se oía en Colombia directamente algo de San Andrés.” Familia Abrahams. Centro de Memorias Orales, 2015.

Es poco lo que los colombianos continentales conocemos sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia. La distancia que nos separa no es sólo geográfica: es la distancia que una historia contada tradicionalmente por hombres blancos del interior ha impuesto sobre las nociones que tenemos sobre quiénes somos como colombianos y cuál es la historia que vale la pena estudiar. Acudir a entrevistas de historia oral nos permite no sólo visibilizar la historia de regiones como ésta, sino acceder a aspectos que sólo pueden conocer las personas que han vivido allí. ¿Cómo ha sido su vida cotidiana? ¿Cuáles han sido sus formas de habitar el espacio? ¿Qué significado ha tenido la música para ellos? ¿Cómo han percibido desde la isla a la Colombia continental? ¿Cómo entienden ellos la nacionalidad? ¿Cuál es su identidad racial y cómo se relaciona esa identidad con la nacional? Estas son sólo algunas de las preguntas que las memorias orales pueden ayudarnos a resolver.

La historia oral acentúa el aspecto humano de la historia, motivo por el cual puede enriquecer varias preguntas que nos hacemos sobre el pasado. Siguiendo con el ejemplo de San Andrés, supongamos que queremos entender mejor el proceso histórico de nacionalización que vivió la isla a mediados del siglo XX. Un trabajo de historia convencional, llevado a cabo a partir de documentación escrita, podría darnos información sobre aspectos como la composición social de los habitantes de la isla en la época, las motivaciones del gobierno central y las acciones que tomó para incorporar el archipiélago a la economía nacional, o la participación de los gobernantes locales en este proceso. Todo esto es, sin duda, muy importante. Sin embargo, a partir de las fuentes escritas tradicionales, es difícil dar cuenta de cómo se vivieron estos procesos desde las experiencias individuales de personas comunes.

Con razón, en su proceso de consolidación las ciencias sociales intentaron ofrecer explicaciones de la sociedad que superaran las experiencias individuales para dar paso a la posibilidad de generalizar, de ver los patrones más que los datos particulares; no obstante, la vida de las personas no es independiente de la historia de la sociedad. La historia oral propone que historias como la de San Andrés pueden enriquecerse mucho si contemplamos también lo que las transformaciones históricas significaron para la vida de las personas comunes y corrientes. ¿Qué implicó para una vida concreta el proceso de nacionalización? La historia oral nos permite explorar la relación entre los fenómenos sociales y la experiencia humana concreta: nos ofrece la oportunidad de conectar las vidas particulares con sus tiempos y la singularidad con la representatividad.

Un ejemplo de esto es el trabajo del historiador Mauricio Archila sobre la formación de la clase obrera en Colombia durante la primera mitad del siglo XX. Archila comienza por dar una explicación de las dinámicas económicas que permitieron la industrialización en el país, al igual que su relación con la modernización del Estado y con el crecimiento de las ciudades, y luego explica históricamente cuáles eran las raíces de esos obreros en organizaciones sociales del siglo XIX. Pero para poder explicar el fenómeno, Archila decide escuchar también las voces de esos obreros: ¿cómo experimentaron ellos las nuevas relaciones laborales? ¿Cómo percibieron ellos sus relaciones con los patronos? ¿Qué pensaban sobre las visiones peyorativas que las élites tenían de ellos?

Estas experiencias las interpreta el historiador en el marco de las condiciones socioeconómicas que las encuadraron. Sin duda, enriquecen su trabajo enormemente. Es un buen ejemplo de cómo la historia oral busca traer a los individuos de vuelta a las explicaciones sobre las transformaciones de la sociedad. Esta manera de hacer historia se pregunta tanto por el papel de las personas comunes en la historia de la sociedad, como por el impacto de fenómenos sociales amplios en la vida de las personas. Al centrar su atención en el individuo, nos permite prestar atención a las percepciones, sentimientos y vivencias cotidianas como piezas claves para el entendimiento de la historia.

¿Qué es la historia oral y cuándo surgió?

¿A qué nos referimos en concreto cuando usamos el término “historia oral”? La práctica de utilizar testimonios personales narrados para reconstruir y pensar el pasado es tan vieja como la humanidad. De hecho, todos lo hacemos cotidiana y naturalmente: pedimos y compartimos testimonios sobre el pasado con familiares y amigos. No obstante, cuando hablamos de historia oral nos estamos refiriendo a una práctica disciplinar particular. El término hace referencia, por un lado, a los testimonios que los historiadores —u otras personas interesadas en el pasado— recopilan empleando la entrevista como método, y por otro lado, se usa también para designar lo que los investigadores producen a partir de esos testimonios.

La historia oral tomó fuerza en los estudios históricos hace relativamente poco.  Cuando la historia se consolidó como disciplina en Europa, durante el siglo XIX, privilegió las fuentes escritas, tradición que se mantiene fuerte hasta hoy. Con el ánimo de generar una forma de conocimiento con bases empíricas sólidas, los primeros historiadores pusieron su fe en los archivos estatales y eclesiásticos, a los que veían como la única fuente de datos confiable sobre el pasado. Durante la primera mitad del siglo XX, algunos historiadores empezaron a utilizar otros tipos de fuentes históricas, como por ejemplo pinturas, mapas y objetos materiales, para lograr una reconstrucción del pasado que fuera más allá de la documentación escrita oficial que nos legaron las figuras políticas y eclesiásticas. Los testimonios orales sólo comenzaron a emplearse sistemáticamente (es decir, no de modo excepcional sino a partir de un esfuerzo por grabar, coleccionar, preservar y poner a disposición del público fuentes orales en forma masiva) a mediados del siglo XX.

Un esfuerzo representativo de esto fue la creación, en 1948, del Centro de Historia Oral de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Allí, Allan Nevins empezó a entrevistar a personalidades de la política y la economía, con el ánimo de que sus testimonios pudieran conservarse para la posteridad; esos fueron los orígenes de un valioso archivo que se ha mantenido en constante crecimiento. Con todo, no fue este perfil de historia oral el que cobraría más fuerza en las décadas siguientes. La historia oral despegó verdaderamente en los años setenta en varias partes del mundo, de la mano con el auge de la llamada “historia desde abajo”.

Historiadores sociales interesados en conocer mejor la experiencia histórica de sectores populares, dominados y tradicionalmente silenciados tanto en su tiempo como por los historiadores posteriores, empezaron a utilizar las entrevistas como herramienta para conseguir sus objetivos. En estudios sobre la historia de los campesinos, los obreros y las mujeres, entre otros grupos subordinados, se apoyaron en las enseñanzas de otras disciplinas, como la sociología y la antropología, que venían empleando las entrevistas para responder preguntas más contemporáneas.

Varios países latinoamericanos estuvieron en el centro de esta vanguardia. En México, Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer crearon en 1969 el Archivo de la Palabra, vinculado al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), con el fin de recolectar y preservar testimonios sobre la Revolución mexicana de 1910. Inglaterra fue otro centro impulsor de la historia oral. En la década de los setenta, los historiadores británicos Paul Thompson y Raphael Samuel buscaron ir más allá de la historia política y económica desde arriba; para eso emplearon la historia oral, un método más democrático a su juicio por cuanto incluía a los pobres en la historia. En esta misma línea de rescatar las experiencias de grupos dominados, en 1983 se formó en Bolivia el Taller de Historia Oral Andina, en el que un grupo de estudiantes de Sociología de origen aimara empezó a indagar por la participación indígena en la historia a partir de la historia oral.

En Brasil, el caso fue un poco más cercano al de la Universidad de Columbia.  En 1970, el Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil (CPDOC) comenzó a recopilar entrevistas de políticos notables del periodo 1930-1945, con el fin de entender las transformaciones de la primera presidencia de Getúlio Vargas. De manera similar, el Archivo de Historia Oral del Instituto di Tella en Argentina empezó a recolectar testimonios ese mismo año (en asocio con el Centro de Historia Oral de la Universidad de Columbia) de líderes políticos, económicos y sindicalistas de la década de los treinta.

Posibilidades de la historia oral

Son varias las posibilidades que ofrece la historia oral al estudio del pasado. Por un lado, como ya se ha podido vislumbrar, la historia oral nos permite acercarnos a voces que por mucho tiempo estuvieron silentes en la investigación histórica, pues no fueron registradas en el archivo que, recordemos, nació como una institución ligada a las estructuras de poder. Las experiencias de campesinos, obreros, mujeres, indígenas, negros, homosexuales, sobrevivientes de la violencia por parte del Estado (como por ejemplo los sobrevivientes del Holocausto Nazi o las víctimas de los autoritarismos latinoamericanos) entre muchos otros, escapan con frecuencia al registro escrito, motivo por el cual la oralidad se vuelve muy valiosa cuando queremos entender mejor su rol en la historia. Adicionalmente, al darles un lugar a sus voces, el historiador oral los pone ya no en los márgenes sino en el centro de la historia; pasan, entonces, a ser sujetos históricos activos y no simples víctimas o marionetas.

Sin embargo, la historia oral no sólo ilumina actores silenciados; también nos permite acercarnos a aspectos de la vida de los que tampoco nos hablan los archivos. Es el caso de la vida familiar, la vida cotidiana en general, la historia agraria, o las experiencias personales de procesos históricos claves, como la industrialización.

Además de ofrecer nuevos temas de investigación, la historia oral como método puede ampliar el propósito y la función social de la historia misma. Esto ocurre porque se interesa por tener un mayor impacto al acercar la historia, por medio de testimonios, a un público más amplio. Así, no se limita a guardar el conocimiento que produce en libros académicos sino que se propone difundirlo a través de exposiciones, videos, teatro y otros proyectos que pueden involucrar a comunidades; con todo, no sólo busca difundir conocimiento, sino poner a dialogar conocimientos: el académico y el popular.  En historia oral hablamos de “autoridad compartida”, pues queremos distanciarnos de la imagen del científico social que desde su torre de marfil observa desinteresadamente a sus sujetos, para reconocer que esta forma de investigación es ante todo una conversación y su resultado es producto de dos personas: tanto del entrevistador como del entrevistado.

Finalmente, la historia oral le da vida al pasado; hace que deje de ser un asunto de muertos al volverlo relevante para los vivos. De este modo, humaniza la historia: le pone cara de persona. Atado a esto, la historia oral nos permite acercarnos como seres humanos. Es una herramienta para crear y fortalecer conexiones entre personas.  Escuchar al otro es el primer paso para reconocerlo, darle un lugar y entenderlo desde la tolerancia y el respeto. Escuchar los testimonios de personas con discapacidades físicas, minorías étnicas, minorías religiosas, mujeres, personas de la comunidad LGBTI, inmigrantes, desplazados y víctimas de la violencia, desmovilizados, etc., es un paso importante para fomentar la comprensión de sus experiencias y la inclusión social. En este sentido, la historia oral tiene el potencial de contribuir a la democratización de la sociedad y a la construcción de paz. Es una herramienta muy pertinente para el contexto colombiano actual.

Usos de la historia oral: herramienta para entender el pasado y el presente

La memoria puede traicionarnos. Todos lo hemos experimentado.  Pero ¿acaso esto condena a la historia oral al fracaso? Varias voces se han alzado en contra de la historia oral por considerar que la memoria no es una fuente confiable de información y que es demasiado subjetiva para considerarla una base sólida de producción de conocimiento.  No obstante, varios historiadores orales han argumentado que el medio no hace a una fuente escrita más fidedigna que una oral. Ambas son igualmente subjetivas, puesto que nos cuentan los eventos del pasado desde un punto de vista particular.

Adicionalmente, muchas fuentes escritas fueron orales primero; es el caso del testimonio de un testigo que termina en un archivo judicial. Entonces la oralidad no es lo que las hace problemáticas. Es la distancia en el tiempo con referencia a los eventos narrados lo que en verdad las diferencia de fuentes escritas producidas en la época; por fortuna, este problema no es insalvable. La utilidad de una fuente oral para la investigación depende de que a ésta se le haga el mismo análisis crítico que los historiadores estamos acostumbrados a aplicarle a una fuente escrita, lo cual implica preguntarnos por la identidad de su autor, su ubicación social, sus prejuicios y sus creencias, así como también entraña no basarnos en una sola fuente, sino contrastar varias de ellas. Con un buen análisis crítico, las fuentes orales pueden ayudarnos a complementar de manera muy valiosa lo que sabemos sobre el pasado.

Sin embargo, la riqueza y la utilidad de las fuentes orales no se quedan en su capacidad de acercarnos a los eventos pasados. Historiadores orales como Alessandro Portelli y Luisa Passerini nos han enseñado que las historias orales son muy valiosas para entender no sólo aquello que ocurrió sino las percepciones que la gente tiene sobre ello, es decir, la memoria misma. ¿Qué recuerdan las personas? ¿Qué olvidan? ¿Por qué? ¿Cómo es que un grupo de individuos va configurando memorias compartidas? ¿Por qué diversos grupos de personas cuentan relatos distintos sobre los mismos hechos? ¿Qué nos dice esto sobre las diferencias dentro de una sociedad? ¿Cómo les damos coherencia a las remembranzas de nuestras experiencias pasadas?

Las historias orales pueden darnos pistas sobre el proceso de seleccionar, agrupar y descartar recuerdos, y lo que eso implica. En este orden de ideas, nos hablan de eventos pasados pero también del presente desde el cual recordamos, narramos y usamos el pasado.

Asuntos éticos

En su mayoría, las fuentes escritas son el legado de personas muertas. Las orales, en cambio, involucran a seres humanos vivos, lo que impone varias obligaciones al historiador oral. Quien hace historia oral tiene la obligación ética de entrevistar únicamente a quien le dé su consentimiento, de informar al entrevistado cómo se utilizará su testimonio y, en efecto, de usarlo sólo de ese modo. Para esto nos valemos de consentimientos informados orales o escritos, en los que informamos al entrevistado sobre el propósito de la investigación, le pedimos su autorización para hacer la entrevista y para grabarla, y le informamos cómo se utilizará su testimonio. Fuera de esto, el historiador oral debe respetar la voluntad del entrevistado en cuanto a qué quiere contar y qué no: el entrevistado siempre debe tener claro que puede suspender la entrevista cuando quiera y que está en todo su derecho de no responder a nuestras preguntas. También está la obligación de respetar los derechos del material al usarlo, ya que la entrevista es ante todo propiedad del entrevistado, quien nos ofrece su testimonio.  Finalmente, se debe cuidar siempre de no representar mal a las personas y, sobre todo, de no poner en peligro a nadie.

Algunos ejemplos de historias orales

En este apartado voy a referirme a algunos trabajos en los que se han usado historias orales para enriquecer distintas áreas del conocimiento. No es una bibliografía exhaustiva, sino apenas una muestra de las contribuciones de la historia oral.

Como vimos anteriormente, la historia oral surgió como una herramienta poderosa para explorar la experiencia de vida de personas comunes, sobre quienes el registro de los archivos oficiales nos decía poco. En tal sentido, The Edwardians: The Remaking of British Society (1975), libro del historiador inglés Paul Thompson, nos dio luces sobre cómo era la vida familiar, laboral y cotidiana de los ingleses ordinarios de principios del siglo XX a partir de 500 entrevistas. A su trabajo le siguió toda una tradición que ha tenido por objeto entender mejor la historia de las transformaciones sociales que trajo consigo el capitalismo, a partir de explorar la experiencia de vida de miembros de las clases trabajadoras. En Hard Times: An Oral History of the Great Depression (1970), Studs Terkel entrevistó a cerca de 150 personas con el propósito de presentar la cara humana de la crisis económica generada por la Gran Depresión en Estados Unidos. 

La bibliografía que a partir de la historia oral nos acerca a la experiencia de la clase trabajadora es bastante extensa. Si al comienzo se concentró en iluminar experiencias silenciadas, con el tiempo adquirió un matiz más crítico y empezó a preguntarse no sólo por la experiencia material sino por las percepciones que sobre esa experiencia tuvieron los trabajadores. En Fascism in Popular Memory. The Cultural Experience of the Turin Working Class (1987), Luisa Passerini se pregunta por las subjetividades de los trabajadores industriales italianos durante la época del fascismo, en un esfuerzo por entender su relación ambivalente con el régimen y el papel de esas subjetividades en la legitimación de ese movimiento.

Otro ejemplo interesante es el libro de Alessandro Portelli llamado They Say in Harlan County: An Oral History (2011), que es el resultado de un estudio de varias décadas sobre una comunidad pobre de mineros en Kentucky. Portelli demuestra que el conflicto de clases no es sólo un asunto político sino, ante todo, uno profundamente humano y personal. En el caso colombiano, Mauricio Archila, en su libro Cultura e identidad obrera. Colombia, 1910-1945 (1992), hace un excelente uso de la historia oral para adentrarnos en lo que significó para las personas conformar la clase obrera colombiana durante la primera mitad del siglo XX. 

Alfredo Molano es otro autor que ha empleado extensivamente la historia de vida como forma privilegiada para entender y comunicar problemas sociales colombianos. En trabajos como Selva adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare (1987) o Siguiendo el corte. Relatos de guerras y tierras (1989), Molano nos ha ayudado a entender procesos como la colonización y la violencia que la ha acompañado desde las miradas de quienes la vivieron de primera mano.

Dentro del auge de la historia laboral surgió una corriente feminista, interesada por rescatar no sólo la experiencia de las mujeres sino la manera como el género constituye una forma de dominación engranada en el dominio capitalista. Trabajos como Women’s Words. The Feminist Practice of Oral History  (1991) y Women’s Oral History: The Frontiers Reader (2002) evidencian el aporte de la historia oral para comprender el ejercicio del poder a través de las relaciones de género, y las formas de resistencia, acomodación y negociación empleadas por las mujeres ante la dominación. 

La historia oral se volvió una herramienta muy útil y estimulante para la historia de las mujeres, en especial de las mujeres trabajadoras, ya que cubre temas como la experiencia fabril femenina, el trabajo no pago, las relaciones familiares, la participación de las mujeres en la organización obrera, y los cruces entre la experiencia de clase y de género. No se trató sólo de iluminar aspectos de la experiencia femenina antes silenciados, sino de subvertir las narrativas dominantes masculinas en la producción de conocimiento social.

Para el caso latinoamericano, cabe destacar el trabajo de Daniel James a partir de la historia de vida de una dirigente sindical peronista argentina. En Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política (2000), James utiliza el relato de vida de María Roldán para introducir al lector a las relaciones de género en la comunidad industrial de Berisso, las relaciones laborales en las plantas empacadoras de carne desde los ojos de las trabajadoras, las ideologías nacionalistas argentinas en el contexto de una ciudad de inmigrantes, la política popular peronista y las dificultades de la organización obrera. En el caso colombiano, hay dos estudios muy interesantes en los que se utiliza la historia oral para explorar la experiencia de las mujeres que trabajaron en las fábricas textiles antioqueñas durante la primera mitad del siglo XX: el libro de Luz Gabriela Arango denominado Mujer, religión e industria. Fabricato, 1923-1982 (1991), y el de Ann Farnsworth-Alvear llamado Dulcinea in the Factory: Myths, Morals, Men, and Women in Colombia’s Industrial Experiment, 1905-1960 (2000).

De manera similar a lo que ocurrió desde la historia de las mujeres, la historia oral recibió gran acogida en el campo de la historia de las comunidades negras en todo el continente americano. Inicialmente fue una forma de aproximarse a un lado de la historia que desconocíamos, pero luego la historia oral se convirtió en una herramienta para cuestionar las narrativas históricas que seguían dominadas por las voces y autoridad de investigadores blancos, para dar la palabra a los dominados y sus formas de entender y explicar su experiencia histórica. Uno de los pioneros en Estados Unidos fue Alex Haley, quien con la publicación de sus libros Autobiography of Malcolm X (1964) y Roots: The Saga of an American Family (1976) popularizó el uso de las narrativas orales que circulaban tradicionalmente en el interior de las familias afroamericanas. 

Las historias orales en torno a la experiencia de la esclavitud, la migración hacia el norte, la segregación, el movimiento de los derechos civiles y otros aspectos de la experiencia negra en Estados Unidos son numerosísimas. En Colombia, esta tradición la iniciaron el sociólogo Orlando Fals Borda y los antropólogos Nina S. de Friedemann y Jaime Arocha, quienes han aprovechado las tradiciones orales de las comunidades negras para reconstruir historias de dominación. De manera más reciente, el Colectivo de Historia Oral Tachinave, de la Universidad del Valle, ha recolectado testimonios orales para reconstruir la historia de los afrocolombianos de esa región.

Algo similar ha ocurrido con la historia de los pueblos indígenas. Tradicionalmente, han sido los etnógrafos quienes se han preocupado por recolectar las historias que se transmiten de boca en boca dentro de diversas comunidades. En trabajos recientes se ha optado por dejar atrás las visiones del testimonio indígena como producto auténtico y primordial, para dar paso a interpretaciones más sensibles a las transformaciones en el tiempo y particularidades contextuales de los testimonios recolectados. Para el caso canadiense podemos citar dos trabajos de Julie Cruikshank: Life Lived Like a Story: Life Stories of Three Yukon Native Elders (1990) y The Social Life of Stories: Narrative and Knowledge in the Yukon Territory (1998). En Latinoamérica, el testimonio indígena ocupa un lugar importante en la literatura y el ejemplo más visible es quizás el trabajo facilitado por la antropóloga Elizabeth Burgos, denominado Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia.  En Colombia, Myriam Jimeno publicó Juan Gregorio Palechor: historia de mi vida (2005). Otro caso notable de trabajo con historia oral indígena en Colombia es el de los trabajos de la antropóloga Joanne Rappaport con las comunidades del Cauca.

Para terminar, en el caso latinoamericano hay un campo en que la historia oral ha sido crucial: la historia del autoritarismo y la represión estatal. Durante la segunda mitad del siglo XX, dentro del contexto de la Guerra Fría, los estados latinoamericanos se tornaron fuertemente represivos contra distintas formas de movilización popular. La historia oral ha permitido rescatar las voces de las víctimas y contar las historias nacionales de este periodo desde una perspectiva no oficial y de denuncia. Una de las pioneras fue Elena Poniatowska con su trabajo La noche de Tlatelolco: testimonios de la historia oral (1971), en el que a partir de entrevistas hizo un recuento de la masacre de estudiantes perpetrada por la policía y el ejército en Ciudad de México en 1968. En Brasil, los testimonios de perseguidos por la dictadura empezaron a publicarse con Memórias do exilio. 1. De muitos caminhos (1976), compilado por Pedro Celso Uchôa y Jovelino Ramos. En Guatemala se destaca el trabajo de Víctor Montejo llamado Testimonio: muerte de una comunidad indígena en Guatemala (1987).

Entre los autores que han usado recientemente la historia oral para analizar experiencias de represión en la región podemos mencionar a Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria (2002); Greg Grandin, The Last Colonial  Massacre: Latin America and the Cold War (2004); Steve Stern, Recordando el Chile de Pinochet: en vísperas de Londres 1998 (2009); Gerardo Necoechea Gracia y Patricia Pensado Leglise (comps.), Voltear el mundo de cabeza. Historias de militancia de izquierda en América Latina (2009), y Ponciano del Pino y Caroline Yezer, Las formas del recuerdo: etnografías de la violencia política en Perú (2013). 

En el caso colombiano, ha sido fundamental el trabajo realizado desde el Centro Nacional de Memoria Histórica para el reconocimiento de las voces de las víctimas en la construcción de relatos sobre el conflicto.

Estos son algunos ejemplos de temas que se han visto enriquecidos a partir del trabajo con testimonios orales sobre experiencias pasadas. Las posibilidades son numerosas y es, sin duda, un campo que sigue en expansión.

Bibliografía

  • Abrams, L. (2010). Oral History Theory. Nueva York: Routledge.
  • Arango, L. G. (1991). Mujer, religión e industria. Fabricato, 1923-1982. Medellín y Bogotá: Universidad de Antioquia y Universidad Externado de Colombia.
  • Archila, M. (1992). Cultura e identidad obrera, 1910-1945. Bogotá: Cinep.
  • Armitage, S. H. et al. (2002). Women’s Oral History: The Frontiers Reader. Lincoln: University of Nebraska Press. 
  • Bertraux, D. (1988). El enfoque biográfico: su validez metodológica y sus potencialidades. Cuadernos de Ciencias Sociales, N.º 18, pp. 55-80.
  • Burgos, E. (1985). Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia.  México: Siglo XXI Editores.
  • Carnovale, V., Lorenz, F. & Pittaluga, R. (comps.) (2006). Historia, memoria y fuentes orales. Buenos Aires: Cedinci Editores.
  • Cruikshank, J. (1990). Life Lived Like a Story: Life Stories of Three Yukon Native Elders. Lincoln: University of Nebraska Press.
  • Cruikshank, J. (1998). The Social Life of Stories: Narrative and Knowledge in the Yukon Territory. Lincoln, University of Nebraska Press.
  • Farnsworth, A. (2000). Dulcinea in the Factory: Myths, Morals, Men, and Women in Colombia’s Industrial Experiment, 1905-1960. Durham: Duke University Press.
  • Frisch, M. (1990). A Shared Authority: Essays on the Craft and Meaning of Oral and Public History. Albany, SUNY Press.
  • Gluck, S. & Patai, D. (eds.) (1991). Women’s Words: The Feminist Practice of Oral History. Nueva York: Routledge.
  • Gluck, S. & Patai, D. (eds.) (1991). Women’s Words: The Feminist Practice of Oral History. Nueva York: Praeger Publishers.
  • Grandin, G. (2004). The Last Colonial Massacre: Latin America and the Cold War. Chicago: University of Chicago Press.
  • Grele, R. J. (2001). Envelopes of Sound: The Art of Oral History. Nueva York: Praeger Publishers.
  • Haley, A. (1965). Autobiography of Malcolm X. Nueva York: Grove Press Inc.
  • Haley, A. (1976). Roots: The Saga of an American Family. Nueva York: Doubleday and Company.
  • Hamilton, P. & Shopes, L. (2008). Oral History and Public Memories.  Philadelphia: Temple University Press. 
  • James, D. (2004). Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política.  Buenos Aires: Ediciones Manantial.
  • Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI.
  • Jimeno, M. (2005). Juan Gregorio Palechor: historia de mi vida. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia y Universidad del Cauca. 
  • Joutard, P. (1999). Esas voces que nos llegan del pasado. Buenos Aires, FCE.
  • Marinas, J. M. & Santamarina, C. (1993). La historia oral: métodos y experiencias. Madrid: Editorial Debate. 
  • Molano, A. (1985). Los años del tropel: relatos de la violencia. Bogotá: Cerec - Cinep.
  • Molano, A. (1987). Selva adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare. Bogotá: El Áncora Editores.
  • Molano, A. (1989). Siguiendo el corte. Relatos de guerras y tierras. Bogotá: El Áncora Editores.
  • Molano, A. & Ramírez, M. C. (2006). La tierra del caimán: historias orales del Bajo Magdalena. Bogotá: Aguilar.
  • Montejo, V. (1987). Testimonio: muerte de una comunidad indígena en Guatemala. Guatemala: Editorial Universitaria.
  • Necoechea Gracia, G. & Pensado Leglise, P. (comps.) (2009). Voltear el mundo de cabeza. Historias de militancia de izquierda en América Latina. Buenos Aires: Imago Mundi.
  • Passerini, L. (1987) [1984]. Fascism in Popular Memory. The Cultural Experience of the Turin Working Class. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Passerini, L. (ed.) (2005). Memory and Totalitarianism. New Brunswick: Transaction Publishers.
  • Perks, R. & Thomson, A. (eds.). The Oral History Reader. Londres: Routledge, 1998 [1978].
  • Pino, P. del & Yezer, C. (2013). Las formas del recuerdo: etnografías de la violencia política en Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos. 
  • Poniatowska, E. (1971). La noche de Tlatelolco: testimonios de la historia oral. México: Ediciones Era.
  • Portelli, A. (1989). Historia y memoria: la muerte de Luigi Trastulli. Historia y Fuente Oral, N.º 1, pp. 5-32.
  • Portelli, A. (1997). The Battle of Valle Giulia: Oral History and the Art of Dialogue. Madison: University of Wisconsin Press. 
  • Portelli, A. (1991). The Death of Luigi Trastulli and Other Stories: Form and Meaning In Oral History. Albany: SUNY Press.
  • Portelli, A. (2011). They Say in Harlan County. An Oral History. Oxford: Oxford University Press. 
  • Pozzi, P. (2012). Historia oral en América Latina. Oral History Forum d’Histoire Orale, 32, edición especial/special issue. Historia oral en América Latina/Oral History in Latin America.
  • Prins, G. (1996). Historia oral. En Peter Burke (1996). Formas de hacer historia. Madrid: Alianza Universidad.
  • Rappaport, J.  (1998). The Politics of Memory: Native Historical Interpretation in the Colombian Andes. Durham: Duke University Press.
  • Rappaport, J. (2005). Cumbre renaciente: una historia etnográfica andina. Bogotá: Icanh y Universidad del Cauca.
  • Rappaport, J. (2008). Utopías interculturales. Intelectuales públicos, experimentos con la cultura y pluralismo étnico en Colombia. Bogotá: Universidad del Rosario.
  • Ritchie, D. A. (1995). Doing Oral History. Nueva York: Twayne Publishers.
  • Sarlo, B. (2005). Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Schwarzstein, D. (comp.) (1991). La historia oral. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. 
  • Stern, S. (2009). Recordando el Chile de Pinochet. En vísperas de Londres 1998. Santiago: Universidad Diego Portales.
  • Terkel, S. (1970). Hard Times: An Oral History of the Great Depression. Nueva York: Pantheon Books.
  • Thompson, P. (1975). The Edwardians: The Remaking of British Society. Bloomington: Indiana University Press.
  • Thompson, P. (1988). The Voice of the Past: Oral History. Oxford: Oxford University Press.
  • Thompson, P. & Samuel, R. (eds.) (1990). The Myths We Live By. Nueva York: Routledge.
  • Tonkin, E. (1992). Narrating Our Pasts: The Social Construction of Oral History. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Uchôa, P. C. & Ramos, J.  (1976). Memórias do exilio. 1. De muitos caminhos.  Lisboa: Arcadia.
  • Weiss, R. S. (1994). Learning from Strangers: The Art and Method of Qualitative Interview Studies. Nueva York: Free Press.
  • Yow, V. (2005). Recording Oral History. A Guide for the Humanities and Social Sciences. Walnut Creek, CA: Altamira Press
Imagen principal Media
Comunidad de San Andrés