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PROGRAMA

LUIS CARLOS ‘LUCAS’ SABOYA (n. 1980)

Canción de cuna para seis de la Suite Ernestina (2011)

WALDIR AZEVEDO (1923-1980)

Pedacinho do cèu (1951)

ÁSTOR PIAZZOLLA (1921-1992)

Café 1930 de la Historia del tango (1985)

LUIS LAGUNA (1926-1984)

El saltarín (1976)

FELICIANO BRUNELLI (1903-1981)

Ilusión de mi vida (1933)

LUPERCE MIRANDA (1904-1977)

Preludio em ré maior (1971)

RENESITO AVICH (n. 1989)

Son vecinos (2023)

 

INTERMEDIO

 

BADEN POWELL (1937-2000)

Valsa sem nome (1971)

PABLO CAMACÁRO (n. 1947)

Señor JOU (1977)

HAMILTON DE HOLANDA (n. 1976)

Afro choro (2021)

EDUARDO MARTÍN (n. 1956)

Laberinto de la Suite Habana (1991)

ADOLFO MEJÍA (1905-1973)

Bambuco en mi mayor (s.f.)

RICHARD RODGERS (1902-1979)

It Never Entered My Mind (1940)

GERARDO MATOS (1897-1948)

La cumparsita (1916)

 

ACERCA DE LOS ARTISTAS

Brayan Ruíz, bandola

David Valencia, guitarra

La bandola y la guitarra, dos instrumentos de cuerda pulsada con una rica tradición en América Latina, se unen para dar vida a una propuesta sonora íntima, virtuosa y profundamente expresiva. La agrupación, conformada en 2025, nace del encuentro entre Brayan Ruíz y David Valencia, músicos que se conocen desde 2020 y han coincidido en distintos proyectos musicales. Su motivación común es explorar el virtuosismo instrumental desde un formato versátil que permite un diálogo profundo y fluido entre ambos intérpretes.

El repertorio del dueto está conformado por versiones originales de músicas tradicionales de América Latina, entre los que resaltan ritmos como: bambuco, choro, chamamé, son cubano, tango y vals. Los arreglos se convierten en una relectura cuidada y sensible, en la que cada elemento tímbrico y transición rítmica es trabajada colectivamente.  

Brayan Ruíz, bandolista profesional egresado de la Universidad El Bosque, aporta una sonoridad brillante y versátil gracias al uso de técnicas diferentes y matices de color. Ha sido ganador del Gran Premio Mono Núñez Instrumental 2024, y ha integrado agrupaciones como Plenilunio, Fulgencio y la Filarmónica de Música Colombiana.

David Valencia, guitarrista egresado de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, alterna entre los lenguajes de la guitarra popular y la guitarra clásica, aportando profundidad tímbrica y gran sensibilidad interpretativa. Ha realizado conciertos en diferentes partes del país, y es integrante de la Filarmónica de Música Colombiana.

La propuesta incluye espacios de improvisación cuidadosamente seleccionados, y busca nuevos caminos para enriquecer el formato. Ambos músicos realizan las versiones instrumentales de manera conjunta con una visión artística horizontal donde cada uno aporta desde su experiencia y creatividad. 

NOTAS AL PROGRAMA

BANDOLA Y GUITARRA AL HOMBRO

Por Laura Alarcón

En los ires y venires de los ‘ochos y medias peras’, de las vihuelas de mano españolas, el tar, el saz y el oud de Asia, resultó la bandola andina midiéndose con la guitarra al lado, a través de los almanaques en ráfaga. El crisol sonoro de América, para el dueto de Brayan Ruíz y David Valencia, se vierte en esta ocasión sobre el camino forjado por el bambuco, el choro, la danza zuliana, el tango, el jazz, los valses y los reflejos entre latitudes sonoras que se refractan en el continente a lo largo, ancho y profundo. Esta es la ocasión de aventurarse a percibir cuán gaseosas son las fronteras cuando de músicas tradicionales se trata, incluyendo el jazz y sus orígenes afro que afluyen con los de los pueblos originarios mediante la convergencia entre las cuerdas entorchadas de nylon —el caso de la guitarra— y de acero —el caso de la bandola andina—.  

Las músicas latinoamericanas, como la construcción de identidad y de transformación social, pese a la globalización y a las masas, extiende el cuestionamiento por los géneros imperantes en la industria musical. En contraste, Colombia posee más de 1025 ritmos tradicionales cocinándose de marras y no es fortuito; la música nace de la experiencia, del contexto, del junte, del sentir. Ya se podrá imaginar cuántas expresiones musicales hay en el resto de América enlazadas con la bandola y la guitarra. Si bien se indaga, se escribe y se teoriza sobre estas cuerdas y su técnica derivada de sonoridades globales con plectro (púa, pick) como la de la mandolina, el cavaquinho y el tres cubano, es en la escucha en donde Brayan y David hacen énfasis a la hora de apreciar los ritmos, trascendiendo lo que está impreso y legalizado, respecto a los métodos y las formas de habitar las cuerdas.

Es un universo que invita al viaje interno una vez se obtiene el mapa entre sonidos y hoy ‘la mochileada entre cuerdas’ llega a la Serie Jóvenes Intérpretes del Banco de la República.

De nylon, entorchadas y aceradas

Del Eje Cafetero, tierra de bandolas y guitarras, de bambucos y pasillos, vienen Ruíz y Valencia a confluir en las músicas andinas colombianas, las cuales propiciaron la inspiración suficiente para hacerles estudiar las migraciones sonoras de América como una apuesta interpretativa y de precisión analítica, dirigida a la creación del propio lenguaje cordófono. Siendo un laboratorio de creación, el dueto se encuentra, con respecto a las músicas latinoamericanas, en ‘harinas del mismo costal’: no ven el ‘buscarle la quinta pata al gato’ como ‘pisar mangueras’. Las técnicas para tocar las cuerdas se han abordado trazando caminos desde la identidad a la improvisación, desde el alma a los dedos, desde los clásicos a la reimaginación.  

El momento presente hecho música

La improvisación es una tierra fértil para el estudio minucioso de las ideas repentinas, cuando la percepción sonora es intuitiva y ‘del instante’, llevando a una maduración en la escucha y en la interpretación y trazando un mapa musical que se modifica cada vez que es escuchado y navegado.

La improvisación no es sólo del jazz. Si traemos al torbellino —con su melodía que trina meramente el presente— y los ‘moños’ —que son una conversación; una concurrencia—, las músicas campesinas y populares también llevan su hiladita fina al momento de improvisar. Este dueto de bandola y guitarra se inscribe en una tradición más amplia, la del músico que escucha, responde y crea en el instante, tanto en vivo, como en la introspección personal.

El continente des-plegado

Canción de cuna para seis, sugerentemente escrita para guitarra por Luis Carlos ‘Lucas’ Saboya, hace parte de la Suite Ernestina y evoca un arpa destilando arrullo y ternura en una noche de lluvia, con un goteo de ritmo lento en el que la bandola compagina las frecuencias en un vals. Este ritmo transversal se muestra más vertiginoso en Ilusión de mi vida de Feliciano Brunelli y original para acordeón. La Valsa sem nome de Baden Powell, siendo original para guitarra, trae, por su parte la poesía de la guitarra brasileña que transita los territorios del jazz y la bossa nova con libertad armónica y melodías de notas tranquilas.  

Pedacinho do céu está escrita para cavaquinho y fue reimaginada por Brayan Ruíz y David Valencia. Este choro suena como un bolero. Sin embargo, a su autor, Waldir Azevedo, se le atribuye ser uno de los pioneros del género (del choro) ya que creó una técnica capaz de lograr que el cavaquinho pase de ser acompañante a solista. Para esta ocasión, la bandola es solista, acompañada por la guitarra que le tiende una alfombra que evoca un bolero: un bajo y tres acordes pulsados sucesivamente. El Preludio em ré maior de Luperce Miranda está scrito para bandolim o mandolina, instrumentos que tienen una relación directa y palpable con la bandola, por su forma de media pera y, sobre todo, por el movimiento milimétrico de antebrazo en el que se tocan al mismo tiempo las cuerdas graves y agudas. De hecho, una cae en cuenta de que el choro es como, algo así como ‘Morales Pino carioca’. Si las estudiantinas ‘de aquí’ empezaron a meterse con danzas, bambucos, pasillos y hasta más, el choro, ‘de allá’, lo hizo con los valses, las polcas, los chotís, el lundú y la batuca para volverse la música de convite instrumental y popular. Ahora, un nexo claro con el jazz es el Afrochoro de Hamilton de Holanda, que coteja la improvisación y los motivos melódicos determinados. La mandolina brasilera y la bandola colombiana se dan la mano en este territorio compartido.

La presencia andina colombiana llega con el Bambuco en mi mayor de Adolfo Mejía; con el 6/8 que lo hermana con otras expresiones del continente. Hay pa-pa con yu-ca en la mesa que se tiende entre el bambuco y la rajaleña, un currulao, un merengue carranguero, una chacarera o un chamamé. Señor JOU de Pablo Camacaro es, justamente, una danza zuliana con un 6/8 igual de cercano a los bambucos instrumentales de la época dorada de la radio en Colombia.

El Saltarín de Luis Laguna, original para cuatro, le hace justicia a su nombre. La sensación que brinda al ‘pararle oreja’ es la de un merengue venezolano en 5/4: es un pa-pa con yuca sin la ca, es muy La Gata golosa andando de la mano con La bikina. También se pega sus brinquitos en la armonía y, entre bandola y guitarra, se tiran la pelota en este juego serio que termina con un fuerte rasgueo.  

De pu’allá abajito

En las piezas en las que el dueto se mantiene fiel a las ideas de los compositores y en simultáneo, se otorgan licencia de labrantía al transformar lo que fue escrito, la bandola toma elementos de la melodía, por ejemplo, representando las notas prolongadas y airosas para traducirlas en trinos veloces y armónicos, toda vez que la guitarra abre un surco y las cubre. Así florecen Café 1930 de Ástor Piazzolla y Laberinto de Eduardo Martín, escritas para flauta y guitarra.

La Cumparsita de Gerardo Matos Rodríguez es, con razón, el tango más famoso del mundo. El dueto describe el arreglo como un asunto muy aleto: no bastaba con que fuera un hit —hasta de ringtone—; necesitaban meterle más candela y hacer con dos instrumentos el sonido de veinte. Un reto ‘arreglístico’, desde luego. Cada instrumento podría tomarse como una versión solista.

De pu’allá arribita

El son cubano celebra el diálogo entre el tres cubano y el cuatro puertorriqueño: Son vecinos, de Renesito Avich, alude a la cercanía geográfica y cultural entre Cuba y Puerto Rico con estos dos cordófonos caribeños. Al traslapar el timbre y arreglo del dueto, la bandola y la guitarra se convierten también en vecinas que charlan ‘del balcón pa’bajo’. El tres cubano. ‘a todas estas’, es uno de los emparentados con el tiple, compañero conocido de la bandola andina en el trío andino colombiano.

El jazz deja de ser insinuación para tomar protagonismo en It Never Entered My Mind de Richard Rodgers. Una reinterpretación desde la nostalgia y las variaciones de Miles Davis toma forma en las improvisaciones de bandola y guitarra. Alude a elementos del Romanticismo como los cromatismos —las notas que, al escucharlas, parece que se caen de las escaleras, peldaño por peldaño, una a una—.

El terruño

Entre tanto, las músicas comunitarias que conservan los ritos sociales como el baile y la tertulia, demuestran con creces su esencia. La camaradería se recuerda con nostalgia y se activa poco a poco actualmente cuando leemos sobre los países en América. El sentido de pertenencia, en tanto se asuma dentro de un esfuerzo de conciencia del territorio y el entorno, es evidencia de un sector del espectro constructivo de «nacer, vivir, morir, amando el Magdalena» y otros lugares que dieron luz a la escena latinoamericana de toda su semblanza.

Es un continente plegado una y otra vez, ya sea por razones geográficas, socioculturales, materiales y sonoras, cuyas caras y relieves son los resultados de una arquitectura musical edificada en la historia. Queda, al final, la sensación de que el viaje continúa siempre si nos referimos al ser de las músicas de América Latina y las cuerdas que, al pasar de los siglos, las invenciones, las invasiones y la sensibilidad de sus intérpretes, conforman su anatomía. 

Imagen principal Media
Dos músicos recostados sobre unas escaleras cafés tocando la bandola y la guitarra
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