Durante tres días, las maletas viajeras se deslizaron como canoas sobre el río del conocimiento, de un aula a otra, de una voz a otra, llevando en su interior semillas de historias, relatos tejidos con palabras antiguas y nuevas. Inspiraron, motivaron, abrieron ventanas en la mente de 120 estudiantes y 54 docentes, portadores de una memoria que respira en cada sonido, en cada entonación.
— Hagas pa jierra (buenos días en plural).
— Hagas pa ji (buenos días en singular).
Los saludos flotaban en el aire con la misma suavidad con la que el viento atraviesa las aulas, espacios abiertos donde la luz danza sin obstáculos, donde la naturaleza entra sin pedir permiso. Los techos altos, como brazos extendidos al cielo, no solo resguardan del sol y la lluvia, sino que también ofrecen hogar a los pájaros, que encuentran en su geometría sagrada un refugio para anidar. Así, cada rincón de la escuela es un símbolo de armonía, un puente entre el hombre y el universo.
Las visitas son más que encuentros: son diálogos, son un ir y venir de saberes, un tejido en el que cada hilo es una historia, una enseñanza, una cosmovisión. Antes de abrir las maletas y desplegar sus tesoros de papel y tinta, cierro los ojos por un instante. Pido a los espíritus del universo, a aquellos que han usado la palabra para iluminar caminos, que me guíen. Que la intuición sostenga el trabajo y que la enseñanza fluya como el río, adaptándose a cada curva, a cada orilla, con respeto y humildad.
Para dar inicio, la comunidad Wounaan, en cabeza del mayor Irwin Cárdenas Mepaquito y la maestra y artesana Jenny Cárdenas, nos envolvió en su rito de armonización. Frente a Wuandan (Dios), elevaron su canto, dejaron que sus voces se mezclaran con el murmullo de los árboles y el rumor del agua. El tambor sonó, su vibración se extendió hasta tocar lo invisible. En el centro de todo, el calabazo sagrado recogía el agua de lluvia, la misma que, al tocar nuestras manos, nos unía a la tierra, al cielo y al espíritu de quienes nos precedieron.
Así transcurrieron los días, entre libros abiertos y corazones despiertos, entre palabras que viajaban como aves de un pensamiento a otro. Las maletas, testigos y cómplices, se dejaron llenar de nuevas historias, de nuevas voces que se sumaron a su eterno viaje. Y al final, cuando llegó el momento de partir, el río nos enseñó su lección más grande: nada se pierde, todo sigue fluyendo. En cada niño, en cada maestro, en cada historia leída y contada, algo de estas maletas quedó sembrado, esperando el momento justo para florecer.
Por: Lizeth Gómez Moreno, promotora de lectura.