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Lugares que suenan no parte de la música como repertorio, sino como experiencia situada, como memoria encarnada en espacios que han sido vividos. Eso permite que el proyecto no sea solo un archivo, sino una forma de escucha pública de la ciudad. Lo que le da fuerza a Lugares que suenan no es solo el inventario de espacios, sino el desplazamiento de la voz autorizada hacia la experiencia común. No se trata únicamente de reconstruir la historia del Teatro Tolima o del Conservatorio, sino de entender qué significa ese lugar para quien lo limpia, lo atraviesa o lo escucha sin saber que está participando de una tradición.
En ese gesto (escuchar lo aparentemente menor) el proyecto produce algo más que memoria: produce reconocimiento. Y ahí está, probablemente, su mayor valor cultural.
Hay en Lugares que suenan una intuición que conviene hacer explícita en su formulación: la ciudad no se recuerda solo por lo que se ve, sino por lo que resuena en ella. Ibagué, que ha sido narrada institucionalmente como “Ciudad Musical”, ha consolidado un relato fuerte en torno a la formación académica y los grandes escenarios; sin embargo, ese relato ha dejado en los márgenes la experiencia cotidiana de la música, aquella que se encarna en espacios, trayectos y oficios. Este proyecto se propone intervenir justamente en ese vacío: no para sustituir la historia oficial, sino para ampliarla desde la memoria vivida. La apuesta, en ese sentido, no es únicamente documental, sino cultural y política en el sentido de reconocer que la identidad sonora de la ciudad también se construye desde quienes la habitan sin protagonismo, desde la aseadora que escucha ensayos en la Sala Castilla, el transeúnte que atraviesa el Parque de la Música o el músico anónimo que ensaya en La Coral. La pertinencia del proyecto para el Banco de la República radica precisamente en su capacidad de articular investigación, mediación cultural y producción de conocimiento público, alineándose con su vocación de preservar y activar el patrimonio cultural desde enfoques contemporáneos, participativos y accesibles.
Desde un punto de vista conceptual, Lugares que suenan se inscribe en la intersección entre memoria colectiva, paisaje sonoro y patrimonio cultural inmaterial. La noción de memoria colectiva, desarrollada por Maurice Halbwachs, permite entender que los recuerdos no son individuales en sentido estricto, sino que se configuran en relación con marcos sociales que les dan sentido; los lugares, en este caso, funcionan como dispositivos que activan y organizan esa memoria. A su vez, la idea de paisaje sonoro, formulada por R. Murray Schafer, desplaza la atención hacia la escucha del entorno como construcción cultural: cada espacio no solo se habita visualmente, sino acústicamente, y en esa dimensión sonora se inscriben prácticas, tensiones y significados. Finalmente, el concepto de patrimonio cultural
inmaterial, promovido por la UNESCO, amplía la noción de patrimonio hacia prácticas, saberes y expresiones vivas, subrayando la importancia de su transmisión y apropiación social. En este cruce, el proyecto asume que la música no es solo obra ni repertorio, sino experiencia situada; que los lugares no son únicamente contenedores físicos, sino nodos de sentido; y que la memoria no se conserva, sino que se activa en el acto mismo de narrarla y escucharla. Así, la cartografía cultural que se propone no será un mapa estático, sino una constelación de voces, sonidos y relatos que permiten leer Ibagué desde su dimensión más sensible y, al mismo tiempo, más profundamente social.