Es portada?
false
Tipo de minisitio

“La fotografía es el acto más doloroso para reiterar aquello que somos y no quisiéramos ser. Es una verdad construida con pedazos de verdad y pedazos de mentira”. Jorge Gutiérrez, director del Museo de Artes Visuales “Alejandro Otero”, Caracas.

La fotografía de calle es una las categorías que se adapta más fácilmente a la idiosincrasia de la ciudad. Es la foto que se mueve, que persigue, que se hace en la vida cotidiana, en el día a día. En esencia, la imagen urbana ha estado muy cerca de la fotografía, diferente a lo que ha sucedido con el retrato o el paisaje que se relacionan históricamente de manera más estrecha con la pintura.

Los inicios de la fotografía van de la mano con la consolidación de la ciudad moderna. El primer registro de Louis J.M Daguerre, pionero de la creación de la fotografía, fue una imagen urbana: el Boulevard du Temple en la Ciudad de la Luz. Eugène Atget, maestro de la fotografía de principios del siglo XX grabó en sus tomas también de París, retiros urbanos desconocidos para muchos. Así, la ciudad, en su movimiento frenético, en su vida conmocionada o incluso en sus rincones fantasmagóricos pareciera acoger perfectamente un medio creado para registrar la instantaneidad. La foto registra más rápido que el ojo mismo detalles e instantes de la cotidianidad urbana que pueden pasar desapercibidos.

El fotógrafo de calle se consolida en el siglo XX como un flaneur que busca “foto-oportunidades”1 . Desde el siglo XIX se venía afianzando la figura del hombre de la calle, un individuo plenamente urbano cuya vivencia radicaba exclusivamente en deambular a la deriva, respirando vidas ajenas, tráfico, multitudes en una serie de intercambios peregrinos e insólitos. La experiencia en la calle se vuelve entonces objeto central de la mirada fotográfica por sus reflejos, su luz, el curso de las cosas, el movimiento de sus gentes, su industria, sus aires, sus vahos, creando una nueva fisionomía del espíritu público moderno, que proyecta las ciudades como figuras del progreso y como expresión del triunfo del capitalismo.

Por este camino, a través de la cámara se han confirmado y deconstruido utopías modernistas. En América Latina, por ejemplo, las fotografías de principio de siglo XX presentan la memoria de ciudades planeadas según modelos europeos, cuyo desarrollo a medida que avanzó el siglo, terminó decayendo por una pérdida de impulso generada por las condiciones políticas, económicas y sociales de la región. Ya entrado el siglo, y en medio de luchas sociales por la justicia y en defensa de la democracia y la libertad, la ciudad latinoamericana se convertiría en escenario de revueltas y revoluciones y siguiendo las tendencias de la reportería mundial la imagen fotográfica empezó a ser más importante que el titular en el cubrimiento de los eventos.

El proyecto Urbes mutantes: Latinoamérica en proceso, compuesto por una muestra de más de doscientas imágenes (seleccionadas en la colección de Stanislas y Leticia Poniatowski) y una publicación, parte del interés por revisar la construcción del imaginario de las ciudades del continente a partir de las más diversas miradas de fotógrafos, con un especial enfoque en las décadas del cincuenta al setenta del siglo XX.

Lejos de pretender repasar exhaustiva o históricamente la tradición fotográfica del continente, la exposición y la colección más bien han privilegiado miradas diversas y alternativas sobre las urbes latinoamericanas, matizando clichés o trastocando rígidos enfoques genéricos. Por supuesto que la imagen en nuestro continente tiene un alto ingrediente político, por supuesto que la herramienta más inmediata para la denuncia fue la foto. También es verdad que esa “otra” mirada que se ha construido de América Latina surge del exotismo que se evidencia en nuestro imaginario visual. Sin embargo, hay mucho más.

Urbes mutantes revela una mirada que vindica un modelo de ciudad intermedia entre el retroceso y el desarrollo, una ciudad que ya no desea ser la metrópoli cosmopolita impuesta desde el modelo extranjero (como el Buenos Aires de Horacio Coppola), sino aquella que se acepta a sí misma como una concentración en constante cambio, como el asentamiento brusco que a veces incluye y otras excluye, la que avanza, atropella y se derrumba sin que nadie se dé cuenta. Es la ciudad caótica que desde la presente mirada curatorial está cargada de una belleza muy particular. El concepto de belleza se puede construir de manera diferente en cada contexto cultural; en las imágenes que se presentan aquí hay pobreza, desconcierto, desorganización y anarquía, pero desde la sensibilidad de los fotógrafos seleccionados –trabajos de maestros muy reconocidos como Geraldo de Barros, Graciela Iturbide o Paolo Gasparini y otros talentos exquisitos menos famosos como Fernell Franco, Jesús Ruiz Durand, Luz María Bedoya– la estética urbana de Latinoamerica surge de paradojas que construyen una identidad llena de tensiones.

A través del recorrido por la muestra se verá cómo el modelo de progreso impuesto o copiado de otros países no siempre fue la vía correcta. Aquí maduran posturas que dejan atrás perspectivas sentimentalistas de ciudades soñadas, pero imposibles. Este planteamiento visual, que claramente evidencia la permanencia de estados de crisis en las urbes, repiensa problemáticas y paradigmas del ser latinoamericano para revelar experiencias y valores autóctonos sin necesidad de ser localistas o regionalistas radicales. Hay que decir que muchos de los fotógrafos presentados parten de las conclusiones de los coloquios de fotografía latinoamericana que a partir de 1978, buscaron discutir y consolidar esa identidad regional para generar una toma de conciencia en relación con la posición del fotógrafo frente a la realidad conflictiva que se ha vivido en estos países.

Sin embargo uno de los retos de la muestra es revelar que, paralelamente a miradas comprometidas política y socialmente, se consolidan otros testimonios sobre la ciudad, desde puntos de vista más formales que, por ejemplo, atienden la arquitectura y el urbanismo de manera abstracta y, en otros casos posturas (que se dan ya entrados los noventas) a veces irónicas o cínicas que cuestionan verdades inmutables o mitos sobre el continente. El terreno entonces va desde las imágenes de colectivos como la Asociación de Fotógrafos Independientes en Chile quienes no conciben la imagen sin un sentido social, hasta miradas abstractas y meditativas como las de Víctor Robledo o formalistas como las de Armando Salas Portugal, llegando a las documentaciones bastante sarcásticas del desarrollo de la narcoarquitectura en Suramérica que hace Luis Molina Pantin.

A partir de allí, no se busca ofrecer una mirada generalizada y homogénea de todos los países del continente. Hay una ideología o imaginario en cada foto, la muestra refleja que en cada ciudad subyacen varios elementos y valores comunes, que permiten hacer estas asociaciones visuales sobre Latinoamérica, pero con la conciencia de la diversidad cultural que hay entre nuestros países. Se reconoce, además, que a pesar de las circunstancias políticas similares –rebeliones, desigualdades, lucha contra el intervencionismo norteamericano, narcotráfico o corrupción, los resultados afectan de manera diversa a cada país.

Como lo menciona el historiador Jorge Romero en su libro Latinoamérica, las ciudades y las ideas2 , las sociedades urbanas latinoamericanas manifiestan singulares circunstancias comunes, pero también diferenciación según el contexto; sin embargo, la misma diversidad es algo que casi todas tienen en común por compartir una genealogía que genera el paso de los asentamientos indígenas, a la ciudad hidalga, a la urbe criolla, a la metrópoli burguesa-mercantil y, finalmente, a la ciudad masificada y capitalista.

Finalmente, y en lo que en términos cronológicos nos interesa decir, es que para mediados del siglo XX, momento en el cual se centran las imágenes de la muestra, el concepto de desarrollo y de progreso inyectado a las ciudades desde principios de siglo intensifica la tensión campo–ciudad, y con ello las migraciones masivas a las “deseadas” metrópolis donde el cambio social no se hace esperar: las ciudades tienen una absoluta incapacidad de asimilar el desequilibrio y se dan excesivas desigualdades, una inmensa población marginada y con ello crecen índices de pobreza y violencia en el marco de un continuo crecimiento desenfrenado y no planeado3 .

Además de esta explosión demográfica entre los años sesenta y ochenta cristalizaron importantes proyectos de diversidad y multiculturalidad en el marco de luchas políticas y activismos sociales asociados principalmente con causas de raza y género, que son parte inherente a la cultura visual de esta época. La imagen de nuestras urbes sin duda exalta también un punto de vista antropológico que presenta las raíces indígenas y las herencias culturales de estas naciones creando ese popurrí de lo propio y lo exógeno tan característico de la urbe contemporánea. El recuento de estos procesos en toda su variedad se puede ver en las fotografías presentadas en esta publicación.

En la muestra en el Museo de Arte del Banco de la República con el fin de generar intercambios entre acervos, la Colección LSP se presentará en diálogo con algunas importantes fotografías de la colección de esta institución.

Alexis Fabry

Curador de la colecciónde fotografía latinoamericana  de Leticia y Stanislas Poniatowski

María Wills

Curadora adjunta

 

Referencias bibliográficas

1 Joel Meyerowitz y Colin Westerbeck, Bystander: A History of Street Photography, Londres, Nueva York. Bulfinch press book, Little Brown and Company. 2001 (primera edición 1994)p. 34. . Volver arriba

Romero, José Luis: Latinoamérica, las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2001. . Volver arriba

3  Planear ciudades es uno de los proyectos más ambiciosos y humanamente costosos de la historia, y el crecimiento siempre ha terminado por superar la planeación y las expectativas de bienestar. Históricamente se ha visto a las ciudades comomotores de desarrollo y crecimiento económico, pero las ciudades latinoamericanas están permanentemente marcadas por la inestabilidad, el tamaño supera su capacidad y las necesidades sobrepasan la posibilidad real de una calidad de vida equilibrada. En la segunda mitad del siglo XX se aceleró crecimiento de manera intensiva; en Colombia, por ejemplo, la población urbana pasó del 29% en 1938 al 75% en 2005. Ver: Viveros Vigoya Mara, Historia de la Vida Privada en Colombia, Relatos e imágenes de amor en la segunda mitad del siglo XX, pág. 306. Jaime Borja, Pablo Rodriguez editores, Bogotá, Ed Taurus, 2011.  . Volver arriba

Descarga la guía de estudio

Imagen principal Media
Urbes Mutantes: Fotografía Latinoamericana 1941 - 2012
Imagen
https://d3nmwx7scpuzgc.cloudfront.net/sites/default/files/minisitios/urbes-mutantes-640x400.jpg