Por Isaias Romero P.
Club de Crónica – Área Cultural – Banco de la República Bucaramanga
H.G. Wells dijo que cuando veía a una persona trepada en una bicicleta, recuperaba la esperanza en el futuro de la humanidad. Podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que si algo es esperanzador es ver a decenas de personas, miles, millones, todos los días y con finalidades diferentes, usar este maravilloso invento.
En sus inicios, los primeros diseños del alemán Karl Freiherr von Drais, proponían un vehículo de madera, sin pedales, que necesitaba impulsarse con los pies en la tierra. Han sido considerables sus cambios desde entonces: incluso ha sido rebautizada como “caballito de acero”. Muchas historias han corrido debajo de sus dos ruedas, historias que van desde momentos históricos y muy importantes para la humanidad en los que la bicicleta estuvo presente, hasta los recuerdos que todos podemos tener alrededor de ella, los anhelos por tener una, pasando por quienes se quedaron sin aprender a montar o hasta los pedaleadores valientes y aguerridos que han hecho del ciclismo uno de los deportes más apasionantes.
Tomando como pretexto la exposición Escarabajos: un país descubierto a pedalazos, en el mes de abril de 2024 los participantes del Club de Crónica del Centro Cultural del Banco de la República de Bucaramanga exploramos diversas crónicas escritas y audiovisuales que tenían que ver con la bicicleta. Hicimos un recorrido importante a través de la historia y conocimos algunos sucesos relevantes y otros muy curiosos en los que este elemento ha estado presente. Para este club, que se constituye como uno de los dinamizadores de encuentros culturales con más continuidad en Bucaramanga pues ha tenido actividades ininterrumpidas desde noviembre de 2013, la bicicleta fue también excusa para escribir y poner a prueba su propia pluma. Animados por la evocación, algunos de los participantes nos comparte sus crónicas y relatos en dos ruedas.
¡Aquí vamos!
Cuando llegué por primera vez a Taipei quedé impresionada por su organización urbana y su conveniente transporte. Me llevó alrededor de un año probar el sistema U-Bike (sistema público de préstamo de bicicletas para desplazarse por la ciudad de Taipei), pero una vez que me subí a la bicicleta quedé realmente asustada por lo difícil que puede ser hacer que carros, autobuses, peatones y bicicletas pasen por las tan estrechas calles que tiene la ciudad. A partir de ese día comencé a dudar un poco sobre usar la bicicleta en medio de las calles abarrotadas. Luego descubrí una opción alternativa: la orilla del río.
La orilla del río de Taipei cruza la ciudad de norte a sur. Conduce desde la vida tranquila alrededor del Zoológico, atraviesa su zona estudiantil y congestionada, hasta la parte rural de las afueras de la ciudad.
Mi día más memorable en Taiwán fue en el que mi amiga taiwanesa Christine me llevó a comprar una bicicleta que, debo decir, era la primera que tenía en mi vida. Mi padre, un entusiasta de la bicicleta e iniciador del día de las ciclovías en mi ciudad de origen, Bogotá, solía andar en una profesional, pero como mis hermanas y yo no compartíamos su pasión en ese momento, teníamos solo una bicicleta para las tres. Ahora en Taipei, me tomó unas semanas entrenar mis habilidades de ciclista, recuperar mis reflejos naturales y mejorar mi confianza en la bicicleta. Una vez que los retomé comencé a pedalear por todos lados de la ciudad, desde Jingmei, donde vivía, a mi antigua universidad, la Universidad Nacional Chengchi, de camino al zoológico. Me di cuenta de que ir a Gongguan (zona estudiantil de la ciudad) por la orilla del río era incluso más rápido que tomar un autobús.
Para mí fue realmente impresionante descubrir que la mayoría de las personas usan la orilla del río de forma habitual para desplazarse al trabajo u otras actividades del día. En Bogotá, para esa época, había algunas ciclovías, pero generalmente solo se usaban durante los fines de semana, ya que la ciudad estaba tan llena de autobuses, autos y camiones que, para cualquier persona sensible, ir en bicicleta a sus actividades diarias no era una opción.
Me llamó la atención ver a todos recorrer la orilla del río en bicicleta siguiendo el mismo horario que el mío. Empecé a toparme con las mismas personas que iban todos los días en sentido contrario a mí: la mujer con su perro en la canasta, con la cara y los brazos cubiertos para evitar los efectos del sol o el viento en su piel; el hombre que anda en bicicleta todas las mañanas con tres de sus amigos, hombro con hombro, charlando y bromeando todo el camino; la mujer con una radio colgada de su bicicleta aprendiendo japonés a través de un programa de radio, iba tan centrada en el idioma que una vez casi chocamos. Ella conducía su bicicleta por el lado izquierdo como es norma en Japón, mientras que yo conducía por el derecho como lo hacemos aquí en Taiwán... ¡Quizás estaba demasiado absorta en su estudio!
Me convertí poco a poco en una usuaria entusiasta de la ribera del río. Creo que para los locales no es tan común ver a una extranjera andando en bicicleta tan temprano en la mañana como ellos. Pero igual me gusta despertarme con el amanecer, primero porque soy madrugadora desde pequeña y segundo porque en Colombia no tenemos estaciones, así que todos los días empiezan a las 6 de la mañana y terminan a las 6 de la tarde, para nosotros también es una forma de disfrutar de toda la luz del día antes de adentrarnos en la noche.
Con el tiempo, las personas con las que me cruzaba empezaron a reconocerme también y empezamos a sonreírnos cuando nos mirábamos a los ojos. Incluso comencé a extrañar a los ausentes si no los encontraba a la hora habitual: ¿Qué pasó, será que la mujer con el perro está enferma? ¿Está enfermo el perro? ¿lo perdió? Pensaba en esas cosas.
Cuando compré mi bicicleta eran principios de otoño; el clima durante esa estación es ideal para andar por el río. Durante el invierno se vuelve bastante difícil seguir, no me gusta mojarme y todavía no he aprendido el truco taiwanés de mantener el equilibrio con una mano sujetando el timón de la bicicleta, y la otra sosteniendo un paraguas. La primavera también es una estación ideal para disfrutar de la suave brisa a la orilla del río. El verano, sin embargo, parecía el fin de mi placer diario: demasiado caluroso, demasiado húmedo y demasiado soleado para andar en bicicleta. Comencé a notar, desde mi ventana con vista al río, que todos prefieren montar en bicicleta un poco antes del atardecer. De repente, la orilla del río se llena de gente corriendo y montando en bicicleta con la suave brisa. Extrañando mi pasatiempo durante estos días calurosos, finalmente descubrí la magia del verano cuando comencé a imitar a los lugareños montando en bicicleta después de las cinco de la tarde. Y quienes ya han experimentado esta increíble y suave brisa saben muy bien de lo que hablo; esta época también es una buena ocasión para apreciar el paisaje que normalmente uno ignora durante la ardiente luz del día.
Finalmente, las distintas estaciones a lo largo del río ofrecen a la vista muchos tipos de aves migratorias, como la urraca azul de Taiwán (o Formosa), un pájaro azul oscuro sorprendentemente elegante, que también es el símbolo nacional de Taiwán.
La orilla del río me permitió descubrir los tesoros de mi entorno y comencé a apreciar este corredor que conecta mi casa con el mercado nocturno de Jingmei. Se puede decir que Jingmei es un pequeño pueblo cerca de la ciudad, y me encanta escuchar a los lugareños negociar precios en taiwanés en sus calles siempre congestionadas, incluso si no entendía una sola palabra del dialecto local.
En conclusión, la orilla del río de Taipei me ha brindado la oportunidad de experimentar mi primera bicicleta sin ninguna pretensión y me ha ayudado a abrir los ojos para poder apreciar plenamente los encantos de Taipei.
Silvia Medina tiene una Maestría en Estudios Latinoamericanos y otra en Estudios Internacionales. Disfruta aprendiendo sobre culturas para crear puentes de entendimiento entre ellas y fomentar la tolerancia. Vivió en Taiwán durante varios años.
Amor Prohibido
A finales de 1971, la vida para mi hermana y para mi cambió de manera drástica: mi mamá decidió que nos iríamos a vivir a la ciudad de Cúcuta para ofrecernos unas mejores opciones de vida. Allí tendría la oportunidad de trabajar en Venezuela, ganar en Bolívares y recibir un poco más del dinero que se ganaba en Colombia, entonces. Mi hermana era muy pequeña y a ella no le afectaba mucho, para mí era muy difícil adaptarme a esa ciudad, por eso decidí irme a vivir a Ocaña con mi papá.
Inicié el año escolar y fue una gran experiencia. Era un colegio mixto, yo siempre había estudiado en colegio femenino y me di cuenta que muchos de los niños llegaban en bicicleta. Quería tener una, aprender a montarla porque me parecía que era muy fácil, sin embargo, no lo era, sería más difícil que me compraran una y casi imposible que me dejaran montarla.
Vivía muy cerca del colegio, entonces sin decirle nada a nadie lo decidí: llegaba más temprano de lo habitual, en esa época el horario de clases era de 7:00am a 12:00m y en la tarde de 2:00 a 5:00pm. Yo siempre llegaba media hora antes de la jornada de la tarde solo para esperar que llegara el primer niño con bicicleta al colegio y decirle: “me la presta para dar una vueltica”. La verdad es que yo no sabía cómo manejarla, pero ellos siempre terminaban ayudándome y enseñándome. Así lograba dar una vueltica o dos, con mucho cuidado para no dañarla y sobre todo ciudadano de no caerme, si me raspaba o me pasaba algo la consecuencia sería una golpiza de mi papá.
Para evitar que mi papá descubriera el porqué de mis llegadas temprano al colegio solo podía hacerlo esporádicamente. Algunas veces nadie llegaba en bicicleta; entonces entraba aburrida a clases.
No duró mucho tiempo, en Semana Santa mi papá me envió obligada a Cúcuta a solicitud de mí mamá y allá conocí a un “chamo”, un amigo del que nos hicimos buenos amigos. Para él era más fácil encontrar quien le prestara una bicicleta, cuando lo lograba me contaba y yo les decía a mis abuelos “ya vengo” y disfrutaba por ahí media hora máximo. Siempre eran bicicletas diferentes, viejas, a veces oxidadas, desgastadas y muy pesadas, pero eso no importaba, era fascinante montarse en ellas.
En una oportunidad a mi amigo le prestaron una Monareta, rosada, nuevecita; tenía unas tiras de plástico colgadas del manubrio, y una campana. La Monareta me gustaba más porque no tenía barra y además era muy bonita, fácil de manejar, debía tener mucho cuidado, si me caía la iba a dañar, las calles no eran pavimentadas y yo no tendría como justificar un golpe, ni mucho menos cómo pagar un arreglo.
Como suele suceder, no falta el vecino que está sufriendo por los demás, la demora era que mi mamá se diera cuenta, alguien le contó y me prohibió hacerlo porque eso era para los niños y si me caía, me amenazó con una buena tunda para que no se me olvidara nunca hacer caso. Por evitar problemas para mis abuelos y mi amigo y por evitar una golpiza, no volví a hacerlo, además era ya muy difícil encontrar quien prestara una bicicleta.
Cuando tuve mis hijos tan pronto tuvieron la edad les compré sus respectivas bicicletas, quería que ellos disfrutaran de lo que yo no tuve oportunidad. Era muy feliz cuando mi hijo pasaba volando en esa bicicleta dando vueltas al conjunto donde vivíamos, se reunía con un grupo de niños que vivían allí mismo y hacían competencias, ellos la llamaban la vuelta “Conavi”. Y ahora soy feliz porque mi hija la usa como medio de transporte; allá donde vive, en Adelaide, Australia, es muy normal llegar en ellas al trabajo, es más fácil hacerlo, aunque deben llevar casco y además una luz roja pequeña para que los conductores identifiquen a los ciclistas, eso es obligatorio. La ciudad donde vive mi hija, está adecuada con unas ciclorutas separadas del tráfico de vehículos, paralelas al río, lo cual permite disfrutar de una muy buena vista y un aire puro, aunque obvio hay trayectos donde se debe transitar por una calle donde termina la cicloruta y deben hacerlo junto a los vehículos, pero allí los conductores son muy respetuosos con los ciclistas.
Ahora ya con los años, las que sí disfruto son las bicicletas estáticas, de las que hay en el gimnasio, así evito caerme, rasparme o que me la roben.
Libia Camargo Guzmán, en Contadora Pública de profesión y tiene dos hijos, Karen y Andrés Felipe. Ha vivido en varias ciudades del país y se ha desempeñado en empresas y oficinas en el área administrativa y contable. Aunque goza de buen retiro, aun labora en asesorías de su campo profesional porque dice que eso la mantiene viva. Su mayor orgullo es haber logrado que sus hijos sean profesionales.
¿Qué? ¿Dónde? ¿Para Quién?
Está en el interior de un hogar y observa que envejece con el tiempo, se desgasta, destruye y mata, va a purificar. Un rostro bordado de arrugas la hacía bella y fascinante, los surcos de la piel contaban la historia de una mujer que tenía buena relación consigo misma, con mucha sabiduría para compartir y que acoge con serenidad el pasar de los años.
Da una lección de envejecer con gracia. Saborea cariñosamente cada bocado. Inhalando, calma sus dolores y exhalando, sonríe aliviada y la vacuna anti vejez de su compañero de camino son los viajes y los eventos culturales, además se dan la oportunidad de vivir en armonía con la naturaleza, no se quejan de envejecer y disfrutan de los baños de bosque. ¿Qué creen que esta pareja todavía puede conseguir? Pasan la página y descubren un regalo.
La máquina andante diseñada por Karl Drais en 1816 conocida como Draisiana en honor de su inventor, es el prototipo de la bicicleta proyectada para adultos mayores. Este maravilloso invento les simplificó la vida. Una bici para los veteranos, su creador el octogenario Albrecht Schnitzer, con ayuda de su hijo, Heinrich Schnitzer, crearon su propia empresa “Sollso” que manufactura esta bicicleta a “Laufrad” fabricante de bicicletas en Alemania.
La idea detrás de esta bicicleta sin pedales, fabricada en fibra de carbono con ruedas de aluminio, pesa aproximadamente 4,5 Kg, liviana y admite hasta 100 Kg de peso, es ofrecer a las personas de más edad una alternativa para facilitar su movilidad que no implique un estigma como ocurre con los caminadores. No es necesario saber ir en bici, mover los pies para desplazarla, sin problemas de equilibrio. Es una cicla normal y corriente con frenos y sillín, sin pedales ni cadena.
Los Masina, la pareja del relato, consigue beneficios al aprovechar este regalo: respiración constante y suave, mayor oxigenación cerebral, activación de las rodillas, hay estabilidad en el core, esos músculos conectados con el abdomen, espalda y la musculatura profunda de la columna que, son además, de suma importancia para el equilibrio corporal, generando endorfinas, la hormona de la felicidad, potenciando el sistema inmunológico.
Andar en bicicleta puede tener mejores resultados de lo imaginable: es un ejercicio aeróbico, divertido, alentador para el cuerpo y para el espíritu, por la súbita fraternidad que se introduce en la piel y los músculos lanzados en la pista adelante. Claro está, es importante asesorarse sobre medidas de seguridad.
Etna Garnica en sus primeros años aprendió jugando en San Joaquín, un pequeño pueblito de Santander. De ahí llegó a Bucaramanga con su familia. Ejerció la labor docente durante más de 37 años, y afirma haber compartido saberes con niños de primaria. Su mueve entre talleres y actividades de la ciudad como el Club de Crónica y Club de lectura Lectopolítica que ofrece el Banco de la República. Dice que “estas vivencias me ayudan a reconocer el valor de nuestra Historia practicando la escucha, la lectura y la escritura”.
Mi Bicicleta
Tuve mi primera bicicleta por allá en 1972, cuando las autoridades retrogradas de Bucaramanga exigían en esa época el porte de la placa para transitar. Sin embargo, tener esa experiencia de movilizarse en bicicleta era muy atractivo y ágil, no como hoy en día, donde la inseguridad, el exceso de vehículos en la misma vía por donde van las ciclas, estorba. No deja de ser muy placentero, aunque se incremente el riesgo de accidentabilidad al hacer de su uso una necesidad, un deporte, un domicilio y una recreación.
Atesoré la oportunidad de tener otra bicicleta en los llanos orientales exactamente en San José del Guaviare en el año 2000 y allá, por ser el terreno plano, su uso es común, es menor el agotamiento porque no hay cuestas, también hay una menor cantidad de vehículos, pero las vías en su mayoría son sin pavimento, con la excepción eso sí, de las que quedan alrededor de la Alcaldía, la Gobernación y la casa del Obispo.
Cuando dejé esa región del país por asuntos laborales, le regalé la bicicleta a la primera persona que vi cuando salía para el aeropuerto a subirme en la avioneta con destino Villavicencio. La persona quedó atónita sin saber por qué le hacía un regalo tan apreciado en esa región. Le dije: “Que la disfrute”.
De las cosas curiosas que hallé en mi libro de los bellos recuerdos, es la sensación que sentía cuando me montaba en la bicicleta para hacer ejercicio, pedalear por más de una hora buscando descensos que permitieran dejar de hacerlo y levantar los brazos para sentir la brisa fuerte en el pecho y las axilas, era como si fuera a levantar vuelo al estilo de los aviones cuando despegan de una pista. Una sensación de alegría y deleite acompañada de la exclamación a todo pulmón: ¡Soy el viento!
El más novedoso de los descubrimientos del hombre fue poder andar sobre dos ruedas antes del internet y creo que hasta hoy, eso no ha sido superado, aunque su locomoción sea en forma diferente. Actualmente se ven bicicletas muy livianas y con varios cambios al pedalear con menor esfuerzo y acorde al terreno, pero la sensación de montar es la misma, salvo que se esté en unas competencias deportivas donde el calibre de las bicicletas, marca y precios ya tienen un mayor valor. Y no hablemos del ciclismo femenino, las mujeres pedalean mejor que los hombres, con toda, y con menos trampas (me refiero al dopaje).
Los años pasan y saber que se pudo gozar de esos bellos momentos al montar en bicicleta tradicional es placentero, transmitir esos recuerdos escribiendo como si los fuera a mostrar en un video o en una foto también lo es, es relevantes y por eso comparto mi sentir. También tuve la bella oportunidad de enseñar a montar en bicicleta a varias personas para dejar así un rastro en el camino.
Álvaro Rondón Azuero, nacido en Bucaramanga en 1957, es abogado y economista, trabaja como gestor en la supervivencia del tejido social del Barrio mutis de la Comuna 17 de Bucaramanga. Hace el esfuerzo en el género literario de la crónica para conservar en la memoria social, tanto la historia de su localidad como los aconteceres de la biodiversidad cultural colombiana.
Sobre ruedas por la vida
Imagino los primeros tiempos del planeta, cuando el ser humano con sus manos rústicas realizaba sus labores y su mente ávida de conocimientos se enfrentaba a los retos de un mundo por domesticar. En medio de este escenario primitivo, aparece un invento que transformaría el mundo: Se cree que fue en la antigua Mesopotamia alrededor de 3500 a.C. cuando el hombre creó la rueda, uno de los inventos más antiguos y fundamentales de la historia.
Este invento, aparentemente simple, fue utilizado en un comienzo por los alfareros para moldear la arcilla. A través del tiempo, el hombre ha encontrado en este descubrimiento un cúmulo de posibilidades infinitas. La rueda se convirtió en arquetipo del movimiento. Posibilitó el transporte de cargas pesadas, luego llevó al hombre a trazar caminos que unieron pueblos y civilizaciones, facilitando el comercio y el intercambio cultural, se fue convirtiendo en un símbolo de progreso y libertad.
Sin embargo, fue necesario esperar hasta el siglo XIX para que la rueda llevara al hombre a la creación de la bicicleta. Este ingenioso invento inspirado en la idea de la locomoción sin motor, fusionó la rueda con el pedal, creando una máquina que permitía al ser humano desplazarse con una eficiencia y velocidad sin precedentes.
Ambos inventos, la rueda y la bicicleta, han tenido un impacto significativo en la historia y la evolución de la humanidad, transformando la forma en que nos desplazamos, trabajamos y exploramos el mundo que nos rodea.
Mi propia historia sobre ruedas comenzó en la infancia, con un triciclo como mi primer medio de exploración. Aún permanece en mi memoria la sensación de libertad que me invadía al pedalear por los senderos de la infancia ese mundo poblado de maravillas y aventuras fantásticas.
Un día dejé atrás el triciclo y me lancé valientemente sobre el asiento de mi primera bicicleta. Esta transición marcó un hito donde la sensación de libertad se mezclaba con la ansiedad de mantener el equilibrio sobre las dos ruedas. Mi hermano mayor fue mi guía. Al principio, mantener la estabilidad era un desafío, pero con su ayuda, lo conseguí rápidamente. Recuerdo cómo me explicó el uso del freno antes de emprender mi primera vuelta a la manzana. Pero como no todo es perfecto en la vida al doblar una esquina, tuve mi primer accidente. Me encontré de repente con un hombre que bajaba el andén para atravesar la calle. Los nervios me ganaron la partida y sin poder evitarlo, la rueda delantera de mi bicicleta chocó contra su pierna, y los tres: hombre, bicicleta y niña, caímos al suelo hechos un enredo. Recuerdo la sarta de groserías del furioso hombre y entre ellas una frase que me causó impacto: “Si no fuera una mocosa la levantaría a golpes”. Asustada por la amenaza y dolida por esas palabrotas que nunca antes me habían dicho, como pude me paré y salí corriendo.
Lejos de acobardarme insistí en mi aprendizaje. Mi hermano me enseñó no solo el arte de controlar la bici, sino también las propias emociones que nos embargan inesperadamente.
Por aquellos días, el aire vibraba con la emoción de la Vuelta a Colombia en bicicleta, las ondas radiofónicas se llenaban de relatos apasionados sobre cada etapa de la competencia. Mi padre y mis tíos, aún jóvenes y llenos de emoción, se reunían frente a la radio, pendientes de cada palabra que narraba las hazañas de los valientes ciclistas. Su entusiasmo era tan grande que nos enviaban, a los niños, a la iglesia con una moneda en la mano para encender velas a la virgen y pedirle que ayudara a su corredor favorito.
Mientras tanto, yo seguía mi propia carrera sobre ruedas, creciendo libre y feliz entre las calles de mi barrio. Llegó el amor y en aquellos días de ilusión y búsqueda de nuevos horizontes el destino me llevó con mi esposo a trazar un camino nuevo, en una ciudad pequeña de la costa atlántica.
Mi compañero me regaló una bicicleta de carreras. Pero mi diversión en la bici se tropezó con algo inesperado. Cada vez que me aventuraba a las calles a sentir la libertad del viento en mi rostro, la música alegre de los pedales, era opacada por los gritos masculinos que cortaban el aire y llegaban a mis oídos como puñaladas: “¡Ey sinvergüenza ve a lavar los chismes (la loza)!, ¡Vete a cocinar!, ¡atiende a tu marido!” Para ellos, mi lugar estaba supuestamente entre los muros del hogar con las tareas domésticas y cuidando de mi esposo e hijos. Pero mi corazón se negaba a aceptar esa limitación impuesta por una sociedad que aún no comprendía que los placeres de la vida, no tienen género ni fronteras. A pesar de las críticas y los juicios, seguí saliendo en mi bicicleta. Cada pedalada se convirtió en una declaración de independencia; me aferré con fuerza a mi derecho de ser quien soy, más allá de los roles asignados por otros.
El tiempo pasó y las responsabilidades de la vida adulta me alejaron temporalmente de este medio de transporte tan querido. Mi último encuentro memorable con la bicicleta se remonta a no más de una década atrás. Siendo ya una mujer mayor, emprendí un viaje a Alemania, donde mi hijo estaba completando sus estudios. Apenas un día después de mi llegada, fuimos a un lugar donde se alquilaban bicicletas y decidimos escoger una para los meses que estaría allí. Esta bici se convirtió en mi fiel compañera, mi medio de transporte principal y mi fuente de aventuras. A pesar de los años transcurridos desde mi última vez en bicicleta, pedalear de nuevo despertó en mí emoción, aunque también un poco de temor. Con los días, fui recuperando la confianza en mí misma y en el vehículo que me llevaba a explorar los rincones de Heidelberg, el pueblo donde residía. Cada tarde, daba un apacible paseo por el malecón del río, donde tanto niños, jóvenes y adultos se mezclaban compartiendo la misma pasión por las dos ruedas.
La bicicleta se convirtió en más que un simple medio de hacer ejercicio; se convirtió en mi puente hacia la exploración de los alrededores. Al partir de allí para volver a mi país, me despedí con pesar de esa fiel compañera que había dejado tantos recuerdos en mi corazón. Ahora, en mi ciudad, muy de vez en cuando me aventuro por las ciclorrutas, reviviendo aquellos momentos de libertad y conexión con el entorno.
Mientras tanto, entre las montañas imponentes de los Andes colombianos, han surgido auténticos titanes del ciclismo. Nombres de mujeres y hombres que tejen historias de gloria sobre ruedas: María Luisa Calle, Mariana Pajón, Milena Salcedo, Diana Peñuela, Paula Ossa, Nairo Quintana, Egan Bernal, Rigoberto Urán, Miguel Ángel López y muchos más.
Estos hijos de la tierra colombiana, con sus piernas de acero y sus grandes sueños, han forjado un legado indeleble en el alma del ciclismo mundial, llevando consigo la pasión y el orgullo de un país que late al ritmo de sus hazañas.
María del Carmen Pineda es licenciada en Idiomas con Especialización en Español e Inglés. Tiene un Postgrado en Literatura Hispanoamericana Crítica y Docencia y ha sido docente de secundaria y universidad. Fue participante de Relata UIS en Bucaramanga y ha publicado algunos textos en Cuentos Monte adentro y Un viaje inútil, en la Antología de cuentos del Taller de literatura Renata, Vivencia Me busco en la Antología VI Premio Orola en Madrid, España, entre otros. Fue ganadora Becas Bicentenario en la categoría de Literatura Infantil Ilustrada y de las Becas Bicentenario 2017, modalidad libro de cuentos, con la obra Andar Los Caminos
Sobre ruedas I.
Las añoranzas de mi infancia están ligadas directamente con las experiencias para aprender a montar bicicleta. Empezamos a jugar con cualquier bicicleta de hombre adulto, y como podíamos tratábamos de pedalear metiendo las piernas de lado. Pero no era fácil hacerlo, nos enredábamos terriblemente. Después de innumerables caídas, hace su aparición el "Pony de acero" que me regaló mi padre al terminar el quinto de primaria, allá en Popayán. Quizá esta bicicleta, La Monareta, se convirtió en un icono popular cuando se hizo famosa en la década del setenta y ochenta por su uso urbano y recreativo, dejo huellas en todas las niñas, niños y adolescentes de la época. La forma del marco era ideal para las mujeres y sus manubrios en V recuerda a un ciervo de gran cornamenta. Cuando ya tenía cierta destreza la manejaba con una sola mano y luego sin ellas.
Salíamos varias chicas a estos "paseos" sobre dos ruedas y llevamos también, puestos, patines de cuatro ruedas para practicar los dos deportes.
La clásica bicicleta de origen nórdico, empezó su fabricación en Cali en 1951, no solo sirvió como recreación, sino también nos recuerda a varios ciclistas famosos, como Martín Emilio "Cochise", gran campeón mundial de persecución individual, que trabajó como mensajero precisamente en su Monareta. Lamentablemente la fábrica desapareció en 1990, pero en la actualidad en Bogotá y Medellín existen mecánicos dedicados a restaurar y personalizar bicicletas de este tipo.
Yolanda Tinjacá es Historiadora de la Universidad Industrial de Santander. Profesora de alemán, con estudios en Graz (Austria) es aficionada a la literatura y los idiomas. Se desempeñó como profesora de Ciencias Sociales en Secundaria, y profesora de alemán en el Instituto de Lenguas UIS y en la Universidad Pontificia Bolivariana. Formó parte del grupo Relata UIS y actualmente de la “Tertulia Ramiro Lagos” y el Club de Crónica. Varios textos suyos de poesía y otros relatos han sido publicados en diversas antologías.
En contravida
Cuando murió la señora Débora María del Tránsito, casi todo el pueblo fue al funeral. Su esposo Job revelaba honda consternación; su piel, sus brazos, las piernas y parte del ceñudo frente tenía raspaduras.
—¿Cómo fue? —preguntó un ladino paisano.
—¿Por qué demoraron tanto en encontrar el cuerpo sin vida de la señora?
—¿Las bicicletas se malograron?
A cada interrogante, en medio de sus dolencias, Job respondía…
—Íbamos bien. Ella con su pericia ancestral y conocedora de las señales de tránsito me indicaba: ¡pare!, ¡siga!, gire a la izquierda, gire a la derecha.
Obediente como ningún otro, Job no le objetaba ni media sílaba. Las pocas veces que la contradecía, ella volvía y corregía; era tal el cúmulo de conocimientos en la materia, que hasta presagiaba que, en el camino, saldrían mulos, de donde ni siquiera había potreros.
Durante la travesía, corrección iba, corrección venía, y ante cualquier señal, ella de manera hiperbólica reafirmaba la advertencia y se imponía. Pero ese día, ocurrió que Job le gritó que el puente no estaba terminado, y con la contraorden, terminaron en el caudal del río.
Job chapaleaba, ella también, ambos luchando contra el destino. Job soltó el pedal del estribo y se libró, nadó como pudo, buscó y rebuscó a Débora, que, entre tanto, se la devoraba el torrente. Unos metros más adelante, bien maltrecho, Job alcanzaba la orilla.
—Y, ¿cómo la encontraron?
—Pues, muerta —gritó otro conocido—. La encontraron, pero tres días después del accidente y eso, con la ayuda de Job, que todavía, maltratado, acompañó a las autoridades y les indicó el lugar de la tragedia.
El convite de búsqueda quedó asombrado cuando Job no adelantó el rastreo río abajo, sino río arriba; motivo por el cual el comandante del Cuerpo de Bomberos lo interrogó al respecto…
—Como ella todo lo contradecía —replicó Job.
Renzo Orlando Gutiérrez Rivera, es santandereano, peina canas, es egresado de la UIS. Escritor, ha publicado siete libros entre ellos, El Profesor Resabio, La Licenciada Ribeira, Para eclesiásticos y Apostolicales. Es corresponsal de la revista Ciudad Literaria. Sin presunciones auto declarado adicto a los libros.