LEXICÓGRAFO. Escritor de diccionarios; inofensivo esclavo del trabajo que se ocupa de rastrear el origen y detallar el significado de las palabras.
SAMUEL JOHNSON
El Dr. Adams lo encontró un día muy ocupado con su diccionario, cuando el siguiente diálogo tuvo lugar:
ADAMS. Pero, señor, ¿cómo puede hacerlo en tres años?
JOHNSON. Señor, no tengo duda de que puedo hacerlo en tres años.
ADAMS. Pero a la Academia Francesa, que consiste de cuarenta miembros, le tomó cuarenta años compilar su diccionario.
JOHNSON. Señor, así es. Ésa es la proporción. Déjeme ver; cuarenta veces cuarenta es mil seiscientos. Esta proporción, de tres a mil seiscientos, es la proporción de un inglés respecto a un francés.
Con tal desvergüenza y humor podía hablar de esa prodigiosa labor que se había propues o ejecutar.
Boswell’s Life of Johnson
EMILE LITTRÉ
“Los ejemplos – precisa Littré – no carecen de atractivo por sí solos”. Estos “jirones de púrpura” transformaron su diccionario en una especie de antología razonada de la lengua francesa; digamos más bien: razonadora, o mejor: racionalista. Aunque hubiese querido, ¿habría podido Littré, el médico, olvidar su filosofía de las ciencias? Pero, además, no quería. De manera que, aunque nunca traiciona el sentido histórico de la lengua, esta antología (de la Edad Media a principios de siglo XIX) está poderosamente orientada. Trátese de Dios: “nombre del principio, único o múltiple, que en todas las religiones está por encima de la naturaleza”; del hombre “animal racional”, las citas componen, para quien sabe leer, una antología militante; a veces un discreto panfleto.
Etiemble, El diccionario como género literario
LOS HERMANOS GRIMM
Casi a mediados del siglo XIX, cuando las obras del movimiento romántico habían obligado a reaccionar a todo el arte europeo, Jacob y Wilhem Grimm sintieron la necesidad de dar cuerpo a un diccionario de la lengua alemana. Una certidumbre guió a los dos curiosos hermanos: el alemán, que da vida a una cultura, lo envuelve todo, religión, política, arte, literatura, ciencia, oficios, tradiciones. La comprensión de la lengua implicaba la comunión con el “alma del pueblo” y este ánimo “universalmente nacional” –que abarca el concepto de la “tradición”- tomó cuerpo en una empresa de investigación de magnitudes colosales.
Alberto Cue
JAMES MURRAY
Contratado por Oxford University Press para editar el reemplazo del diccionario de Johnson y capturar todas las palabras del inglés en sus distintas significaciones durante toda la historia del idioma. Murray convocó publicamente a enviar “tantas citas para palabras comunes [como] raras, obsoletas, anticuadas, nuevas, peculiares o utilizadas de una manera peculiar.” Pronto mil papeletas diarias estaban llegando, y para 1882 ya tenía tres millones y medio. Del correo le mandaron a instalar un buzón enfrente de su casa exclusivamente para recibir su correspondencia. Muchas de ellas traían como remitente la dirección de un manicomio. Murray asumió que era un doctor, pero una vez al ir a visitar al misterioso y talentoso lexicógrafo aficionado resultó ser uno de los reclusos que estaba allí porque en un ataque había matado a su mujer.
Tema de la novela El profesor y el loco, de Simon Winchester
MARÍA MOLINER
Creo que doña María Moliner, la inolvidable, lo tuvo muy en cuenta cuando se hizo una promesa con muy pocos precedentes: escribir sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario de uso del español. Lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Lo que quería en el fondo era agarrar al vuelo todas las palabras desde que nacían. Sobre todo las que encuentro en los periódicos - según dijo en una entrevista -, porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida. Es decir: una empresa infinita, porque a las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos no significan lo que pensaron su inventores.
Gabriel García Márquez