Museo del Oro Quimbaya
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Este proyecto fue interpretado por Salmona como un edificio para conservar y divulgar el arte de una civilización y cultura precolombina y, a la vez, introducida en el espíritu de una obra contemporánea. Se trató de concebir el encargo más allá de un proyecto museográfico en sentido estricto, para ser una apuesta arquitectónica que dialogara de forma directa con la cultura y las piezas exhibidas.
El emplazamiento
Basándose en el principio de arquitectura horadada en la tierra —como se aplica en ciertos centros ceremoniales prehispánicos—, Salmona dispuso de una solución en el entorno asignado, que consistió en enterrar la edificación adaptando desniveles del terreno para aislarla del ruido, a la vez que creaba un recorrido dirigido al descubrimiento de un entorno propio, variado y sorpresivo. Con ello, se propuso, a su vez, la construcción de un imaginario social, espacial, paisajístico y material.
Paisajes inventados
El paisaje como configuración cultural es expresado por Salmona desde el diseño y construcción del Parque del Museo del Oro Quimbaya. Un espacio marcado por un conjunto de jardines que se proponen reproducir el paisaje quindiano; un paisaje que pareciera haber estado siempre en ese lugar. Así, el Parque como paisaje inventado remite a la idea de una arquitectura que recrea experiencias previas y las recompone en función de un proyecto.
Se trató, en este caso, de la intervención de un terreno con ausencia de vegetación, llevado al diseño paisajístico de una vegetación plenamente desarrollada.
Jardines
El Parque del Museo del Oro Quimbaya se puede entender como un conjunto de jardines que ocupan las áreas libres del proyecto y marcadamente caracterizadas. A lo largo de los recorridos propuestos por Salmona se pueden identificar cinco jardines en el perímetro del museo que se enlazan con senderos sinuosos y con los ejes que propone el orden de la edificación, desde su sucesión de patios y su eje transversal de las dos aulas mayores, hoy el auditorio y la sala de exposiciones temporales.
Los cinco jardines se diferencian por los atributos ambientales y de trazado que los distinguen: el jardín del agua, la luz y la sombra; el jardín del camino de palmas; el jardín del agua, las texturas y el color; el jardín de los aromas; y el jardín arqueobotánico.
El jardín del agua, la luz y la sombra
Es un área conformada por dos zonas diferenciadas: la sombría, marcada por árboles de gran porte que proveen de una zona de resguardo contra el sol, la luminosa y colorida, pero también húmeda, a través de la cual se pueden vislumbrar las demás áreas del parque, y la edificación con su carácter monolítico, cerámico y excavado. Con la presencia del agua, como hilo conductor de la experiencia del proyecto, aparecen dos estanques, como piezas principales del arranque del recorrido. Los estanques a su vez están rodeados de especies vegetales de gran follaje y expuestas a gran cantidad de luz, cuya caída anuncia la pauta del tiempo y el efecto de la gravedad que acompañará buena parte del recorrido.
Las texturas y el color
Se trata de un área protegida de la incidencia solar, con la presencia destacable de un gran estanque de agua, a manera de lago, que reproduce con mayor contundencia el paisaje del Quindío. Un espacio diseñado para invitar a la pausa y contemplación. Como aspecto complementario, dentro de esta zona se encuentra un hallazgo arqueológico, el cual también podrá ser observado por el visitante contando con una plazuela para poderlo apreciar.
Todo lo anterior contrasta con el interior del proyecto, donde la severidad de la arquitectura de los patios solo se ve puntuada por el hilo de agua que los surca y la disposición de las cuatro palmas en el tercer patio, que será la antesala de los salones de la colección arqueológica del museo.
Jardín aromático
Como complemento al recorrido de los jardines del parque, el proyecto paisajístico de la renovación, dispuso un área en la que se hace presente la experiencia única de aromas, sabores, colores y texturas, producidas por hierbas aromáticas y medicinales, las cuales están sembradas alrededor de una plazuela en la que se puede apreciar sus características y dar a entender sus beneficios y su utilidad en la vida cotidiana.
El hilo de agua
Los hilos de agua forman parte de los jardines del parque, y su presencia como parte inseparable de esta arquitectura demarca a, su vez, la sucesión de patios. El agua señala el sentido del recorrido y los ejes que ordenan toda la composición de la arquitectura.
En la sucesión de patios se demarcan diferentes trazados y la presencia en los extremos de los espejos de agua. También las palmas zanconas [originalmente palmas de cera], con su presencia y morfología de tallo alto y follaje en la cúspide, marcan un punto de referencia en el paisaje del sector, el cual, desde la entrada superior del proyecto, anuncia el destino final de la travesía.
Tejidos arquitectónicos
La arquitectura de Rogelio Salmona se caracteriza en buena medida por su impronta como objeto cultural, otorgado desde su propuesta de materiales, especialmente el ladrillo. En este sentido, su arquitectura se particulariza desarrollándose a partir del muro como su elemento más característico. De hecho, a partir de finales de la década de los setenta, la homogeneidad del tratamiento del muro estuvo sometido a un minucioso trabajo de elaboración, como un tejido más complejo de tipo “filigrana”.
A partir de los años ochenta, Salmona inicia una experimentación en la elaboración del muro al introducir una serie de unidades de mampuestos que le abriría la paleta de posibilidades para descomponer la homogeneidad del muro. Así, la edificación del Parque Museo del Oro Quimbaya, será una de las primeras obras que contará con un repertorio de piezas de mampostería diseñadas por Salmona.
En este sentido, puede notarse el despiece de los pisos de los patios, a partir de la geometría de la figura del cuadrado, y cómo aparece la impronta de la trama de los ladrillos, retomando las figuras geométricas de las culturas precolombinas colombianas.