Por: José Fernando Isaza Delgado
Ingeniero electricista de la Universidad Nacional de Colombia con Maestría en Física Teórica de la misma universidad. Maestría en Matemáticas de la Universidad de Strasborg, Francia
La revolución en marcha
En 1974 Alfonso López Michelsen ganó las elecciones presidenciales y, si bien la plataforma política de las extinguidas Juventudes del M.R.L. se había atenuado, era claro que la elección de López introducía fuerzas que podía vencer la inercia que caracteriza a los partidos tradicionales.
En esa misma época, todavía laboraba en el Departamento Nacional de Planeación un grupo de egresados de la Universidad Nacional, cuyos integrantes compartíamos las memorias recientes y algunos ideales de los turbulentos años que vieron nacer a las FARC, el ELN, el MOEC, el MOIR, y también la “mano negra”, organización de ultraderecha que atentaba contra la vida, no de quienes habían optado por la lucha armada, sino de quienes propugnaban por el fin de la exclusión que significaba el bipartidismo; se les tildaba de “auxiliares de la guerrilla”. López Michelsen había denunciado en muchas ocasiones esa organización. […]
Poco antes de iniciarse el gobierno, López anunciaba su equipo de trabajo y, para el DNP designó a Miguel Urrutia. En la concepción de “blanco o negro” que permeaba la política en esa época y que hoy, en mala hora, quiere revivir; en un sector del DNP causaba inquietud ese nombramiento. Aun cuando hijo de un importante diplomático cuyo nombre nos tocó aprender en las clases de geografía en el capítulo de los tratados de límites, y vinculado a una universidad alejada geográficamente e ideológicamente de la Universidad Nacional, el hecho de gozar de un amplio reconocimiento académico internacional y de ser egresado de la Universidad de Berkeley atenuaba las inquietudes.
Las sorpresas pronto empezaron, sus libros analizaban aspectos de pobreza y distribución del ingreso, no circulaban muchas publicaciones serias sobre estos temas que hoy llamaríamos “sociales”, las más leídas eran el estudio sobre la pobreza en el tránsito del siglo XIX al XX, narrado por Jorge Villegas más con el corazón y con la ideología que con rigor estadístico, y la monografía de Camilo Torres sobre la proletarización de Bogotá, que incluía un ensayo de metodología estadística. El libro de Miguel mostraba que no sólo desde la “otra orilla” podía analizarse la pobreza y plantear políticas para disminuirla.
Pocos meses pasaron y el gobierno acogió como programa prioritario otra idea de Miguel, el Plan de Nutrición, los estudios previos al programa mostraba el impacto de la desnutrición en el rendimiento escolar, en el mayor costo de la salud; analizaba “dietas regionales” las cuales comprobaban que dietas ricas en calorías de menor costo le permitía al organismo sintetizar las proteínas. A la bienestarina –mezcla enriquecida de proteínas y carbohidratos- se le conocía en algunos círculos como la Urrutiarina. No es de extrañar que 30 años después cuando el alcalde de Bogotá propuso el plan Bogotá sin Hambre, algunos asesores de ese plan hubieran recurrido a Miguel Urrutia en busca de ideas y consejos.
[…] Miguel, además de ser un excelente economista y un destacado comunicador que le permite expresar complejas teorías e ideas inteligibles adobadas con un agudo sentido del humor, es a la vez un pensador original y un editor imaginativo. En la terminología de Édgar Moran, es un humanista de pensamiento complejo, cualidad bien necesaria ante los valores que proponen muchos medios y buena parte del sistema, el afianzamiento de la ligereza o liviandad para evitar el molesto pensamiento crítico. La imaginación editorial la plasmó en su libro La distribución del ingreso en Colombia, en el cual en lugar de una pasta de litografía en color, pegó un billete de $1; claro que tuvo que explicar que la litografía costaba más que el peso . En algún trasteo perdí el libro y cando compré uno usado le habían arrancado el peso, el librero comentó que esa era práctica común, afortunadamente en el Banco de la República de Pereira me vendieron un billete nuevo. El peso en 1975 equivale a $192 pesos de hoy, con seguridad sigue siendo más económico que la litografía.
No debe dejarse de mencionar el aporte de Miguel a la política petrolera puesta en ejecución en 1974, basta recordar que la modificación cambiaria y una fórmula equitativa de precios permitieron desarrollar los campos gasíferos de la Guajira, sustituyendo el fuel-oil cuya exportación palió los efectos de la crisis de 1980. Los campos de Cusiana y Caño Limón que hoy generan el grueso de las exportaciones petroleras, se desarrollaron bajo los contratos diseñados por Miguel Urrutia y Jaime García Parra.
Su insistencia en la necesidad de diversificar las exportaciones cafeteras aceleró los proyectos de níquel, carbón y la explotación del oro. [..] estos productos permiten tener superávit cambiario y los bajos precios del café no condujeron a una crisis cambiaria. […]
La confianza, la inflación y el arte
Algunos cínicos afirman que la Constitución de 1991 es una heterodoxa mezcla entre el populismo latinoamericano y la Banca Central de Alemania.
Para bien de la credibilidad del país y del precario equilibrio en las dos concepciones, a la cabeza del banco central ha estado un respetado académico a quien no puede tildarse de insensible a la realizada social, que tiene muy claro que la riqueza no se crea imprimiendo papel moneda. Las periódicas dificultades cambiarias y fiscales se han sorteado sin sumir al país en catástrofes económicas, gracias a la credibilidad del Gerente del Banco de la República, esta institución ha demostrado su independencia y su apego a las funciones constitucionales, aún bajo las frecuentes presiones de los presidentes. […]
Si bien el paso de la historia hará olvidar las metas de inflación de cada año, y si se cumplió o no el déficit fiscal con la precisión de 2 cifras significativas, se recordará y disfrutará la transformación urbana del centro histórico liderado por Miguel y muy particularmente, el haber entregado a la ciudad los museos de arte, las colecciones permanentes y haber hecho posible conocer la colección Rau e integrar al patrimonio de la ciudad la colección Botero.
Esta faceta de sensibilidad al arte que también se manifiesta como curador de algunas exposiciones, unida a su actividad de promotor de la cultura hacen de Miguel un humanista, especie que debe preservarse parodiando a Dieudonné “por el honor del espíritu humano”.
Fuente: Revista El emisor y su gente - No. 31 Diciembre 2004