Por: Salomón Kalmanovitz
ExCodirector del Banco de la República.
Aunque Miguel Urrutia es de recia estire conservadora, siempre ha manifestado una gran atracción hacia la heterodoxia. Esa gravitación hacia la negación de sí mismo se puede encontrar en que fue el primero que hizo una historia del sindicalismo en Colombia, que fuera su tesis doctoral, que haya trabajado con Mauricio Arrubla –quien junto con Estanislao Zuleta fue líder de una verdadera revolución cultural que vivió Colombia en los años sesenta- en un texto de Estadísticas históricas de Colombia y su colaboración con Albert Berry en el libro L distribución del ingreso en Colombia, que fue bastante crítico de la sociedad colombiana.
Yo me acuerdo de Urrutia en 1970 cuando comencé a dictar clases en la Nacional. Él estaba terminando un contrato con el CID de la misma universidad, financiado por la Fundación Ford, lo que a mí me parecía un anatema en ese tiempo, y no lo consideré sujeto de mi amistad. Pero en varios foros de historia económica en los años setenta él me toreaba y me pareció más simpático y accesible. Más adelante, en los años noventa, siendo ya él Miembro de la Junta Monetaria del Banco de la República, surgió la idea de vincularlo al departamento de economía de la UN y él aceptó gustoso, pero comenzaron a surgir problemas con su contrato, debido a que su diploma doctoral no estaba autenticado debidamente, como lo exigía la Sociedad Colombiana de Economistas. Él argumentó en algunas de sus ultra columnas de prensa que el gobernador de California en la época de su grado era Ronald Reagan y que su firma en el diploma era claramente reconocible.
Yo me metí en la diatriba en una columna que llevaba en El Espectador y argumenté que en la Nacional debían estar los mejores profesionales del país, que las trabas que se le estaban imponiendo a Miguel surgían del miedo a la competencia que impedían el avance académico de la universidad pública. Antanas Mockus, saltó matones y logró contratar a Urrutia, quien dictó un curso de desarrollo económico. Lo primero que hizo Urrutia fue llevarse a las mejores estudiantes de todo el programa de economía de la UN para el Banco de la República, lo cual era uno de los sentidos que tenía con el contar con profesores que facilitaran el surgimiento de estudiantes muy talentosos pero de escasos recursos.
Mi llegada al Banco me permitió un acercamiento mayor con Urrutia. Aquí le fui aprendiendo de su juicio, de su temperancia, de su consideración por el largo plazo no sólo en política monetaria sino también en el rol arquitectónico y cultural del Banco de la República en la ciudad y en el país. También tuvo una precisa visión sobre el fortalecimiento del banco central colombiano en sus áreas más delicadas y que tuvieran un mayor efecto sobre la sociedad. Me refiero al aumento constante del nivel técnico de la institución, de la libertad académica de que gozaron sus investigadores, y a las bibliotecas, en lo cual sirvió de catalizador para que Bogotá y el estado colombiano asumieran la tarea en serio.
Creo que yo le facilité, de alguna manera, el que se apartara un poco de la ortodoxia monetarista para aceptar que la política monetaria tuviera un carácter contra cíclico -aunque él también guardaba un pequeño Keynes en su corazón- como el que surge del régimen de inflación objetivo que finalmente adoptamos después de muchas discusiones en 1999. Lo cierto es que la formación multidisciplinaria de Urrutia, su ser cosmopolita y su actitud devoradora del arte, del cine y de la literatura le prestaban sofisticadas herramientas de juicio con las que no contaban los técnicos demasiado especializados en economía. Sus propuestas fueron casi siempre las mejores y fueron además aceptadas por la Junta debido a la fuerza de sus argumentos, aunque también concedía o comprometía su posición cuando captaba la validez de otras propuestas. Él nunca permitió que se tomara una decisión sin fundamento técnico o sin documento previamente discutido, lo cual en varis circunstancias hubiera podido ser desastroso.
Lo cierto es que Miguel Urrutia dejó una marca muy alta para el que le siga los pasos, aunque por un tiempo su sucesor contará con una hoja de ruta muy rica en resultados para la economía y la cultura del país que él dejó claramente demarcada.
Fuente: Revista El emisor y su gente - No. 31 Diciembre 2004