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Nunca un gerente tomó la actividad cultural como una de sus prioridades directas en la forma en la que lo hizo Miguel Urrutia
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Por: Jorge Orlando Melo González

Historiador y exdirector del Departamento de Bibliotecas y Artes del Banco de la República.

Desde Luis Ángel Arango hasta hoy –o incluso desde antes- todos los gerentes del Banco de la República han dado apoyo firme y convencido a las actividades culturales. Por las tradiciones e informaciones que han llegado hasta nosotros, sin embargo, es fácil advertir que la relación del gerente general del Banco con los programas culturales de la institución ha cambiado. En algunas ocasiones, los responsables inmediatos de ésta área actuaban en el marco de un apoyo general del gerente, sin que éste tuviera una intervención cercana en la marcha de los programas; en otras ocasiones los gerentes, por formación e interés, seguían de cerca una o dos líneas de trabajo; en otras querían ante todo verificar que los programas seguían las reglas de gestión presupuestal y administrativa del Banco.

Nunca, sin embargo, un gerente tomó la actividad cultural como una de sus prioridades directas en la forma que lo hizo Miguel Urrutia. En este caso, el gerente intervino personalmente en la definición de la estrategia general del Banco, en el estudio y toma de las decisiones principales e incluso, en muchos casos, en las determinaciones sobre aspectos concretos de la actividad cultural. Su formación personal le daba los elementos de juicio para intervenir en temas relacionados con las artes plásticas, la música, las bibliotecas o la investigación como experto, con el conocimiento apropiado para cada área.

Para mostrar, no mediante consideraciones abstractas, sino en forma más clara la relación directa del gerente con la cultura, puedo evocar algunos ejemplos de esta intervención personal, que volvieron realidad ideas que los más audaces apenas creían sueños de ilusos. Uno de ellos es la decisión de convertir algunas sucursales en bibliotecas. Lo normal es que esta decisión hubiera sido pensada por gente de biblioteca, y aunque tal vez algunos se les pasó la idea por la cabeza, la decisión de abrir la biblioteca de Honda, y luego las bibliotecas de Santa Marta, Sincelejo, Valledupar, Popayán, Buenaventura y Florencia fue esencialmente de la gerencia y hasta cierto punto nos cogió de sorpresa, una magnífica sorpresa. Otra fue el comienzo de la serie de discos de Música y Músicos de Colombia, tan lógica y de acuerdo con la tradición de la sección de música que todos sentimos como surgida de nuestros propios deseos. Y otra también fue la eliminación del cobro de entrada a las colecciones y exposiciones de artes plásticas, en la que respondió a un memorando en el que le remitíamos un análisis de poeta James Fenton acerca del cobro de entradas a los museos ingleses con la petición inmediata de un memorando en el que se justificara brevemente la idea. La decisión final combinaba, como en todos los casos, una atención al impacto cultural con los aspectos administrativos y económicos del tema: mientras que se eliminó el cobro en los museos de artes plásticas, donde la capacidad estaba subutilizada y en cierto modo los cobros marginales de atención se acercaban acero, se mantuvo en el Museo del Oro, donde la demanda apenas podía ser atendida con la infraestructura existente. Quizás el caso más inesperado para mí, sin embargo, fue cuando supe, con gran satisfacción, que había decidido apoyar el Plan Nacional de Bibliotecas y el desarrollo de las colecciones de música, de libros de arte, de cine, se apoyó en muchos casos en la recomendación concreta del gerente de adquirir una obra importante o revisar un catálogo interesante, para no mencionar la participación en las decisiones sobre la colección de artes plásticas.

La combinación feliz de ese interés y estos conocimientos personales con una amplia visión de la cultura y sus relaciones con las tareas del Banco produjo unos resultados que de otro modo habrían sido imposibles. En estos doce años de gestión, las actividades culturales se transformaron, de un área importante, pero algo exótica, que pudo quizás desaparecer como consecuencia indirecta de la reforma constitucional de 1991, en línea central de la gestión de la institución, en uno de sus objetivos normales, en parte natural de la lógica administrativa del Banco de la República. El desarrollo del área cultural parece hoy, visto en reprospecto, de una coherencia impensable: si alguien me hubiera dicho hace 10 años, cuando asumí el puesto de Director del Departamento de Bibliotecas y Artes, que íbamos a establecer el préstamo a domicilio, la Biblioteca Virtual, una red nacional de 18 bibliotecas; que el Banco de la Republica apoyaría de forma decisiva el desarrollo de un sistema de bibliotecas en Bogotá y en todo el país, que se abrirían al público las colecciones de artes plásticas y la colección numismática, que se harían todas las construcciones y adecuaciones del Museo de Artes del Banco de la República –para no hablar de lo inimaginable, del Museo Botero- habría pensado que estaba frente a un soñador sin ningún realismo. Pero al mirar atrás, es para mí evidente que el gerente tenía una visión muy clara de lo que podía lograrse, y que esa coherencia que hoy es visible hacía parte, creo, de una estrategia que se desarrolló en tiempo muy corto con una precisión sorprendente, como si todo, hasta los detalles más nimios, hubiera estado cuidadosamente planeado.

Fuente: Revista El emisor y su gente - No. 31 Diciembre 2004

Fecha de publicación
Plan de Transparencia y ética pública