Una vida es, en realidad, muchas vidas. Vivir no es simplemente crecer y envejecer o ser testigo en carne propia de un cambio gradual. La vida suele ser una colección de temporadas, cada una con personalidad propia, con su propio ciclo de vida, sus propias rutinas, valores, propósitos y su propio sentido de trascendencia. No siempre es fácil reconocer cuándo se pasa de una temporada a otra —o de una vida a otra dentro de la misma vida—, pero sin duda el hecho de vivir implica transitar irremediablemente entre momentos para morir y otros para renacer. Lo mismo podría decirse de la historia misma y, en especial, de la historia de algunos pueblos, arrasados y deshechos una y otra vez, pero que, contra todos los pronósticos, sobreviven y renacen.
Hay un insecto cuyo paso por el mundo sigue justamente ese patrón: la cigarra, conocido también en varios países como ‘chicharra’ por la estridencia de su ‘canto’. Poco después de nacer, las cigarras caen de los árboles y quedan enterradas por una temporada que puede ir de uno a dieciséis años; pasado este tiempo, reemergen de la tierra, suben a los árboles, pasan por una nueva metamorfosis para convertirse en adultos, los machos ‘cantan’ para atraer a las hembras (aunque no es el sonido lo que las atrae, sino las vibraciones porque son sordas), se reproducen y, poco tiempo después, mueren. La ‘vida’ de las cigarras, metáfora veraz de la obstinación por sobrevivir y retoñar, fue la inspiración de la argentina María Elena Walsh (1930-2011) para su canción Como la cigarra, famosa, entre incontables versiones, en la voz de su compatriota Mercedes Sosa (1935-2009): «Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo, estoy aquí resucitando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal porque me mató tan mal …y seguí cantando. Cantando al sol como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.»
La canción apareció por primera vez en 1973 en un álbum de María Elena Walsh titulado justamente Como la cigarra. Tanto la canción como el álbum eran parte de una nueva temporada en la vida artística de Walsh. Luego de una larga y fructifica etapa como compositora y productora de obras infantiles, y estimulada por el fervor político de finales de la década de 1960, empezó a escribir ‘canciones para adultos’, si bien, a la larga, todo su arsenal creativo habría de calar hondo en el alma de argentinos y latinoamericanos de todas las edades. Pero la canción misma ha tenido vidas distintas en virtud de los distintos sentidos que se le han dado. Al comienzo era una reflexión personal sobre los vaivenes de popularidad en las vidas de los artistas, y de ella en particular: la necesidad incesante, diríamos hoy, de reinventarse de cara a los tropiezos inevitables de la profesión. Como explica Sergio Pujol, «(…) la había compuesto inspirada en los actores que pierden el tren, no pueden volver a trabajar y sufren una suerte de jubilación anticipada. Era un canto de esperanza pensado para ellos.»
Tres años después, sin embargo, el sentido de la canción ya era otro. El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 contra el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón instauró una de las dictaduras más atroces en la historia del continente. La cifra temeraria de treinta mil desaparecidos, aceptada por la mayoría de las organizaciones de derechos humanos, es un monumento estadístico de una barbarie cuyas historias cotidianas incluyeron millares de asesinatos a sangre fría, secuestro y comercio clandestino de bebés, torturas inenarrables y otros vejámenes. La resonancia emocional y política de la canción en medio de tal escenario fue simplemente inconmensurable: «Tantas veces me borraron, tantas desaparecí, a mi propio entierro fui sola y llorando. Hice un nudo del pañuelo, pero me olvidé después, que no era la única vez …y seguí cantando.»
Como era de esperarse el régimen militar de Videla y compañía prohibió la canción. Mercedes Sosa grabó una primera versión en 1978 para su álbum Serenata para la tierra de uno, pero fue tal la censura que la canción no pudo ser parte del disco. Poco después, Mercedes Sosa partió al exilio. La policía la había detenido al irrumpir violentamente en un recital suyo, acusándola de cantar canciones prohibidas y de tener «antecedentes ideológicos desfavorables». Como la cigarra habría de convertirse en una de las canciones más emblemáticas durante su exilio, aunque, según la propia Mercedes, ella no estaba exiliada: «Mi único problema es que no me dejan cantar en Argentina. Allí mi voz está prohibida». Y si para Mercedes Sosa y para todo el país la canción era un himno de resistencia, para la propia María Elena Walsh se convertiría en un símbolo personal de resiliencia, luego de luchar contra el cáncer y vencerlo.
Una vida es, en efecto, muchas vidas y el agobio cruel de los poderosos no determina el final de la historia de un pueblo. La pluma de María Elena Walsh y la voz de Mercedes Sosa nos han dejado un legado invaluable de esperanza: «Y a la hora del naufragio y la de la oscuridad alguien te rescatará …para ir cantando. Cantando al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.»
Parte 1 | Latinoamérica a lo Calle 13 »
Parte 2 | Antes de que nos olviden »
Parte 3 | Apesar de você… seguimos en pie »
Parte 4 | El derecho de vivir en paz »