Hace seis años murió Jaime León Ferro, pianista, compositor y director de orquesta colombiano, baluarte indiscutible —y ojalá inolvidable— en la historia musical del país. Este año habría cumplido 100 años. Decir que Jaime León fue un apasionado por la música y que consagró su vida a ella sería subestimar su trayectoria. A lo largo de nueve décadas incursionó prácticamente en todos los ámbitos del quehacer musical, desde la interpretación instrumental y la composición para distintos formatos hasta la pedagogía y la gestión institucional. Y en todo ello se destacó como pocos, y como pocos dejó una huella indeleble. En estos tiempos, en que la oferta de contenidos de todo tipo desborda nuestra capacidad para asimilarlos y cavilar sobre ellos, y en que la inmediatez y fugacidad del internet amenaza a cada instante nuestra concentración y lo mejor de nuestro ánimo reflexivo, vale la pena detenernos por un instante para apreciar una vida y una obra gestadas al tenor de una comunión íntima y paciente con la música. Jaime León ya no está entre nosotros pero todavía tenemos mucho por aprender de él.

Jaime León nació en Cartagena de Indias el 18 de febrero de 1921, tres semanas antes que el músico argentino Astor Piazzolla y, como Piazzolla, pasó parte de su infancia y comenzó su entrenamiento musical en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, aunque al igual que Piazzolla y que otros músicos de su generación su estilo musical estuvo inspirado por fuentes diversas y transitó sin mayores prejuicios entre los mundos de la música clásica y la música popular, Jaime León permaneció mucho más perfilado en dirección de la música académica. Se graduó como pianista clásico del Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia a los 16 años, habiendo sido pupilo de la célebre pianista Lucía Pérez —quien también fue responsable de la formación, entre otros pianistas colombianos excepcionales, de Helvia Mendoza, Ruth Marulanda, Amparo Ángel y Eduardo de Heredia. Jaime León pasó la siguiente década de nuevo en Estados Unidos. A la par que Europa se iba convirtiendo en un campo de batalla, León pasó la mayor parte del tiempo estudiando en la famosa escuela de música de Juilliard, en Nueva York, primero piano y luego dirección de orquesta y composición. Entre sus maestros de piano tuvo al alemán Carl Friedberg, quien a su vez había sido estudiante de Clara Schumann —un dato que parece poner en evidencia, de paso, una serie de eslabones estéticos que podrían explicar no solo el estilo lírico de Jaime León en el piano sino, en términos más amplios, la persistencia en el siglo XXI, y en incontables géneros musicales, de patrones inevitables de interpretación heredados del romanticismo europeo.

Y algo similar podría decirse del influjo de sus profesores de composición en Juilliard, entre ellos Vittorio Giannini y Bernard Wagenaar, representantes respectivamente, en sus propias faenas creativas, de las corrientes que vendrían a conocerse como ‘neoromanticismo’ y ‘neoclasicismo’. Ambas corrientes representaron apuestas por revitalizar valores artísticos —y hasta ideológicos— de épocas anteriores, aunque al amparo de la agenda estética de sus principales abanderados a comienzos del siglo XX. Por tanto, al tenor de dichos valores, dichas ideologías y dichas agendas, el neoromanticismo y el neoclasicismo constituían, en buena medida, iniciativas musicales opuestas y quizás hasta irreconciliables. No obstante, por lo visto, Jaime León logró sacar provecho de lo mejor de los dos mundos, y al hacerlo, confeccionó una serie de obras que por momentos ponen en evidencia una síntesis sólida de ambos estilos, aunque no tan ambiciosa y sobre todo sin muchos aspavientos.

Pero antes de entregarse en cuerpo y alma al ejercicio de la composición —y luego, a la vez que lo hacía— Jaime León estuvo al frente de distintas orquestas y colectivos artísticos. A su regreso de Estados Unidos, en 1947, se convirtió en director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, …al mismo tiempo que era profesor de piano en el Conservatorio, donde había sido estudiante diez años atrás. Tenía 26 años. Pero aquella temporada en Colombia solo duró dos años, pues habría de emprender un periplo de más de dos décadas a través de distintas orquestas dedicadas al teatro musical en Estados Unidos y, a la cabeza de algunas de ellas, a través de distintos lugares del mundo. Así pues, León fue director asistente o titular de las orquestas del American Ballet Theatre (de Nueva York), del State Fair de Dallas (Texas) y del Theater Under the Stars (de Atlanta, Georgia). Tras regresar definitivamente a Colombia en 1972, se convirtió en director de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, y posteriormente, actuó como director del Teatro Colón, director asociado de la Orquesta Sinfónica Nacional y director de la orquesta de la Ópera de Colombia, además de asesor de Colcultura, pedagogo, director invitado en incontables orquestas y conciertos y pianista activo casi hasta el final de sus días.

La música le dio forma hasta a sus relaciones familiares. No solo su papá había sido violinista, estudiante en su momento de Guillermo Uribe Holguín, sino que su suegro terminó siendo Leopoldo Carreño, otro violinista colombiano famoso de comienzos del siglo XX. Como el propio León había de compartir en su vejez, Leopoldo Carreño y su padre eran «enemigos», de modo que el noviazgo de Jaime con Beatriz, la hija de Carreño, no le cayó en gracia a su padre: «¿Con quién andas?», le recriminó, y eso fue un «estallido espantoso». Pero de todas formas se casaron. Esa misma determinación, en la forma de una fidelidad irrestricta y sin concesiones a su sensibilidad musical, también fue una marca distintiva en sus composiciones. Si bien su mundo era mayormente el de la música clásica, peregrinaba con versatilidad y fluidez no solo entre ésta y la música tradicional colombiana, sino entre las demandas del contrapunto y las peculiaridades del teatro musical, a la vez que admiraba por igual a Gershwin y a Chopin. Aunque escribió música orquestal, música religiosa y varias piezas para piano, por lo que más se le recuerda —y quizás lo que más se sigue interpretando de su obra— son sus canciones para voz y piano, muy al estilo de los lieder de Franz Schubert, inspiradas en poesías de autores como Eduardo Carranza, Daniel Lemaitre y José Asunción Silva. Canciones como Aves y ensueños, Algún día, Siempre o el ciclo de Pequeña pequeñita son tan encantadoras en su lirismo vocal como extraordinarias en el acompañamiento que León escribió para el piano; a menudo los oyentes no saben cuál de las dos cosas cautiva más su atención o cómo es que al escuchar esas canciones, de repente y por un instante, los afanes inclementes de la vida ya no tienen mucho sentido.

Los homenajes son importantes, en especial cuando se trata de personajes que vivieron con tal plenitud y convicción su oficio en este mundo, y quienes, al vivir de ese modo, dejaron tras sí un legado inolvidable. Pero a menudo, no olvidar implica un esfuerzo deliberado y la disposición de poner nuestros sentimientos al descubierto. Al fin y al cabo, la misma etimología de la palabra ‘recordar’ es un testimonio elocuente de estas transacciones nostálgicas. Recordar es, en efecto, «volver a pasar por el corazón». No olvidemos a Jaime León Ferro —ni a Pedro Morales Piano, ni a Luis A. Calvo, ni a Lucía Pérez, ni a tantos que nos han pasado por la vida y por la historia. Quién sabe si su música puede ser, aunque sea por la duración de una canción, un remanso y un refugio, en tiempos donde abunda casi todo menos los refugios. 

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Jaime León Ferro, músico y compositor colombiano. Fotografía Colección Hernán Díaz, Banco de la República.