Hay objetivos que parecen imposibles. De ello dio buena cuenta en su momento el coyote tratando de atrapar al correcaminos, en la famosa serie animada de la Warner. No importaba cuan ingeniosos —o costosos— fueran los planes del coyote; el correcaminos siempre salía ileso pues simplemente era mucho más rápido. Incluso si por un instante pareciera que el coyote estaba a punto de atrapar a su presa —por medio de patines supersónicos, impulsado por un proyectil o usando alguna otra artimaña— el correcaminos solo tenía que acelerar un poco para volver a dejar una distancia insalvable para su perseguidor. Con seguridad muchos músicos nos hemos sentido así alguna vez: justo cuando parece que estamos muy cerca de alcanzar el nivel de destreza interpretativa que nos habíamos propuesto, nuestras expectativas de repente se hacen más altas, cruelmente inalcanzables. Basta con encontrar un nuevo desafío frente al que nos sentimos incompetentes o contemplar la grandeza de otro músico para sentirnos igual que el coyote, viendo que el galardón tan anhelado se aleja despiadadamente de nosotros.

Si las aventuras del coyote y el correcaminos no parecen del todo precisas para ilustrar el tornado de emociones y frustraciones que acompaña la vida de los músicos —porque en efecto no existen atajos marca ACME para el arte— el psicoanalista Jacques Lacan en cambio sí lo planteó claramente al decir que los humanos solemos lidiar con un objeto de deseo que inevitable y perpetuamente se aleja de nosotros en la misma medida que nos acercamos a él. Justamente eso parece ser lo que en el fondo quiso decir Paul Berliner cuando describió la vida de los músicos de jazz como “The Never-ending State of Getting There”, una frase cuya traducción literal es casi imposible pero que le apunta a algo así como ‘la imposibilidad perenne de cruzar la meta’ o ‘un viaje que nunca acaba’.

Al meditar al respecto, al menos dos implicaciones resultan fascinantes. La primera —y más obvia— tiene que ver con el desarrollo de las habilidades musicales. El viaje nunca acaba porque a pesar de cuanto se haya avanzado siempre hay más camino por recorrer, siempre se puede mejorar más y, aunque haya músicos cuyo despliegue artístico parece poner en evidencia que son capaces de hacer cualquiera cosa con su instrumento, las insatisfacciones con respecto al propio desempeño nunca se disipan del todo. Los testimonios abundan entre celebridades y figuras legendarias cuyas audiencias, ajenas al caudal de luchas internas que viven tales músicos, suelen asumirlas como infalibles. En efecto, casi por norma general, el desarrollo de habilidades musicales excepcionales viene acompañado de la sofisticación de otro talento, frío y cruel: la autocrítica. O como dijera apócrifamente Salieri: unos reciben aptitudes extraordinarias y otros la capacidad de reconocerlas desde lejos.

La segunda implicación, sin embargo, es más profunda y tiene que ver, por un lado, con la madurez de la musicalidad —aquella cualidad indescriptible pero perceptible— y por otro, con cierta suerte de pericia para sacar el mejor provecho del carácter impredecible del jazz. Esto último no está relacionado solamente con la espontaneidad que supone cada improvisación, sino con la forma en que tocar jazz es muy parecido a contar una historia. Pero no una historia que se conoce de antemano sino una que el autor va descubriendo apenas en la medida que la va contando, de modo que, con frecuencia, es el primer sorprendido con el desenvolvimiento de la trama. Una vez más, las palabras de Paul Berliner, comparando en este caso a los músicos de jazz con los escritores de novelas, son por demás elocuentes: «Para los novelistas, escribir no es simplemente registrar pensamientos premeditados sino perseguir las implicaciones inexploradas de tales pensamientos. Tan pronto como los escritores crean los personajes, luchan para controlarlos en virtud de las posibilidades infinitas con respecto su desarrollo e interacción. Al calor de la escritura, los novelistas son a veces cautivados por sus propios personajes, quienes, al igual que las melodías de los improvisadores, parecen cobrar vida y voces propias, trayendo consigo nuevas revelaciones que pueden transformar el énfasis de la obra de forma inesperada».

Los conciertos y las interpretaciones van y vienen, pero el viaje nunca acaba, al menos no en cuanto al potencial de sorpresas musicales se refiere. Esa es una de las razones por las que, más que cualquier tipo de características musicales específicas, lo que en el fondo define al jazz es su resistencia para quedar atrapado en un único estilo. Sin importar cuán emblemáticos hayan sido algunos estilos en ciertas épocas y a pesar de los esfuerzos incesantes de algunos por canonizar el jazz con fórmulas musicales prescriptivas, su historia también ha sido un viaje inacabado y lleno de sorpresas. Así ha sido por más de un siglo. Ya veremos qué nos depara el futuro.

Parte 1 | Jazz: entre rupturas y continuidades »

Parte 2 | Acerca del nacimiento del jazz »             

Parte 3 | ¿En qué piensa un músico de jazz cuando improvisa? »      

Parte 4 | El lenguaje del jazz »

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Charlie Parker, Tommy Potter, Miles Davis, Duke Jordan y Max Roach