El pasado 7 de julio, mientras buena parte del mundo seguía en cuarentena por la expansión descontrolada del Covid-19 y otra parte del mundo empezaba a experimentar los desafíos cotidianos de la ‘nueva normalidad’, la Sociedad [Norte] Americana de Compositores, Autores y Editores (ASCAP por su sigla en inglés) le otorgó en una ceremonia virtual el premio de ‘compositor del año’ al cantante puertorriqueño de reguetón Benito Antonio Martínez —conocido por todos como Bad Bunny. La decisión, como era de esperarse, causó una controversia de grandes proporciones, sobre todo en las redes sociales, donde una multitud de personas de edades y perfiles muy diversos se pronunciaron al respecto. La mayoría, como también era de esperarse, se rasgó las vestiduras frente a lo que consideraban una afrenta contra las buenas costumbres musicales —incluyendo incluso varios seguidores del famoso cantante. Alguien en Twitter, por ejemplo, escribió: «El mundo está en franca decadencia, el talento, el arte, los méritos, la belleza […] y demás valores los están desapareciendo, debemos rescatarlos». Pero también fueron muchos los que, entre sátiras y evocaciones nostálgicas de otros tiempos musicales, asumieron el galardón como un síntoma inequívoco de los males que está sufriendo el planeta en el 2020, entre estos, por supuesto, el coronavirus. Hubo quienes se mostraron a favor del premio, pero, contrario a lo que pasa con las reproducciones de la música de Bad Bunny en las plataformas digitales, fueron más bien una minoría.

Los cuestionamientos no iban solamente en contra de ASCAP, ni de Bad Bunny o de las letras de sus canciones —que muchos consideran testimonios líricos de simplicidad, incoherencia, indecencia, y en especial, de machismo. En el fondo, la llama de la controversia se avivó por lo que —consciente o inconscientemente— para muchos resultaba, cuando menos, una contradicción o una equivalencia imposible: ser compositor y hacer música como la de Bad Bunny. En efecto, no faltaron quienes criticaron el uso de una categoría usualmente asociada con personajes como Bach, Mozart, Beethoven o incluso ‘Tom’ Jobim, ‘Chavela’ Vargas o Juan Gabriel, auténticos exponentes, en su opinión, de lo que significa —o implica— ser un compositor. Dicho en breve, para ellos la música de Bad Bunny no cumple con las condiciones mínimas de trascendencia o sofisticación estética para merecer el apelativo de compositor —o ni siquiera el de músico— y por tanto asumen como un despropósito que se le dé un premio.

Lejos de haber sido fruto de una deliberación de expertos luego del escrutinio exhaustivo de los méritos melódicos, armónicos y líricos de canciones como Qué pretendes, Soltera o Callaíta, ASCAP explicó que el premio era un reconocimiento a la diseminación masiva que ha tenido la música del cantante puertorriqueño alrededor del mundo, y que han podido cuantificar en términos de reproducciones y visualizaciones en internet. Tan solo en YouTube, por ejemplo, algunos videos de Bad Bunny ya superan los mil millones de reproducciones, y día a día, minuto a minuto, tanto esos números como los réditos económicos que derivan siguen creciendo vertiginosamente. Sin embargo, a pesar de la aclaración de ASCAP, el furor colectivo en contra del premio no se detuvo, y aunque otras noticias de farándula se robaron pronto el protagonismo, la indignación de muchos sigue latente. Indudablemente, en materia de música resulta imposible reconciliar las preferencias y las pasiones estéticas. Tratar de hacerlo sí puede resultar en un despropósito. Y es que no se trata solo de Bad Bunny. Desde hace varios siglos los enfrentamientos entre quienes no se ponen de acuerdo si algo es ‘música’ o ‘ruido’ han sido pan diario —desde las reacciones negativas de los críticos cuando a Johann Sebastian Bach se le ocurrió incluir un solo extendido de clavicordio en su Concierto de Brandeburgo No. 5, hasta los conflictos intergeneracionales en materia de música —o ‘ruido’— entre padres e hijos hoy por hoy.

A lo mejor la controversia por el premio a Bad Bunny no es sino otra manifestación de dos ejercicios históricamente infructuosos: por un lado, la tendencia a establecer criterios fijos, universalistas y normativos de valoración para fenómenos culturales tan cambiantes como la música y, por otro lado, la insistencia en comparar lo incomparable. Mozart y Bad Bunny representan dos sensibilidades estéticas distintas, por lo que resulta más productivo apreciarlos en sus propios términos. Pero más allá de todo eso, quizás la reflexión más interesante al tenor de la controversia por el premio es lo que dicho reconocimiento —y los millones y millones de reproducciones en internet— nos plantea con respecto al tipo de sociedad global y virtual que caracteriza al siglo XXI; y en últimas, lo que nuestros patrones cotidianos de consumo reflejan con respecto a lo que atesoramos como prioritario, esencial e imprescindible.

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