Podrá sonar odioso, pero en estos casos es mejor hablar sin eufemismos: el concierto del Dúo Lebensfreude el pasado jueves 5 de marzo en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango no salió bien. No es que el violinista Gustavo Adolfo Peña y el guitarrista Juan Pablo Barrero carezcan de cualidades musicales; de ser así no habrían sido programados en la Serie de los Jóvenes Intérpretes. Es que el repertorio escogido supera lo que en este punto de su formación artística podrían hacer con excelencia. Si bien hubo momentos en los que lograron una buena interpretación, confirmando su mérito para estar en tarima, estos fueron escasos y se vieron opacados por errores recurrentes que impidieron un recital exitoso. Pero de eso se trata recorrer ese tortuoso camino de la música. Uno se tropieza y con amor y convicción se pone en pie, se sacude el polvo y sigue adelante. El truco consiste en administrar los riesgos de forma adecuada, de tal manera que si se presenta una caída haya soluciones a la mano.
Mientras los escuchaba recordé mis años de estudiante universitario y reviví una época muy bella y llena de ilusiones. El deseo, ese necesario combustible para los músicos. Queremos tocar tal obra que nos encanta o sonar como cierto músico que admiramos. Es esa relación entre el anhelo de querer hacer algo y la frustración por no poder hacerlo ––todavía–– lo que nos permite avanzar. Pero a veces olvidamos nuestras limitaciones en lo técnico y lo interpretativo, anteponemos el deseo y el ego, y nos rehusamos a reconocer con humildad que hay obras para las que aún no estamos listos. Aquí nuestros maestros juegan un papel de suma importancia poniéndonos los pies sobre la tierra, desde luego, sin cortarnos las alas.
El caso de la música de cámara también tiene sus particularidades. Acá los deseos se comparten entre dos, tres, cuatro personas. Y como en una suerte de economía de escala se genera una cierta ilusión de que para formatos colectivos el esfuerzo individual podría ser menor al de montar repertorio solista o que en equipo se logra un resultado musical de manera más sencilla. Tanto así que a veces crees que tus errores no son tan importantes porque hay que seguirle el paso a los demás con quienes estás tocando, mantener el discurso musical, no dejar que la obra se caiga, etc.; y que tus errores quizás no son tan evidentes (para el público, porque para ti sí lo son). Pero si la obra está mal escogida se genera un cortocircuito entre el deseo y las posibilidades, y por buenas que sean las intenciones el resultado no será satisfactorio.
Lo que vi en el Dúo Lebensfreude es una magnífica intención, pero no muy bien conducida. Ambos músicos tienen sus cualidades técnicas y quisiera mencionar la ligereza de la mano izquierda de Gustavo Adolfo Peña y el sonido redondo y limpio de Juan Pablo Barrero. Como complemento, es notorio su interés en el conocimiento histórico, contextual y estilístico del repertorio pues guiaron al público de inicio a fin del concierto con comentarios orales a la música. Es decir, hay con qué trabajar. Me da la impresión de que la afinación del violín podría mejorar sustancialmente si Peña no se preocupara tanto por el volumen limitado de la guitarra (así es el instrumento, nada que ver con el intérprete) y no temiera ‘opacar’ a su compañero. De la misma manera, sus ataques de arco podrían ser más precisos. Nadie espera que en un dúo de violín y guitarra este último instrumento resalte considerablemente. En el caso de Barrero, noto que su manera de solventar ese desequilibrio de volúmenes no es el adecuado. Me atrevería a decir que para el guitarrista no debe haber pianissimos en la música en ensamble y que la mano derecha debería permanecer la mayoría del tiempo cerca al puente para lograr mayor volumen y brillantez.
Estas falencias, que pueden arreglarse con trabajo duro, fueron desafortunadas a la luz del repertorio escogido, el cual era muy exigente técnica e interpretativamente. De allí que faltara claridad en Paganini: evidenciar el rico juego armónico en la forma sonata del primer movimiento, elevar el dramatismo en un segundo movimiento contrastante por lo lento, y terminar con gracia en el tercero. Las canciones populares de De Falla podrán parecer fáciles a simple vista por su sencillez, pero su osada armonía llena de ricos colores debe tratarse con cuidado y gusto. La suite de Piazzolla es una obra complejísima en todo aspecto musical que requiere de una madurez que aún no ha logrado el dúo. En una palabra, considero que el repertorio estuvo mal escogido porque en vez de revelar sus fortalezas, dejó al descubierto todo aquello que el ensamble debe mejorar.
Alguna vez hablé con un colega que también hace crítica de los conciertos de la Biblioteca en este espacio. Ambos somos guitarristas y el tema era el sueño ––la mayoría de las veces frustrado–– entre nuestro gremio de tocar bien la música de Bach. «Es como querer hacer ciclismo de montaña en una bicicleta de ruta» ––me dijo. Totalmente de acuerdo. Como músicos debemos escoger sabiamente nuestros repertorios, conscientes de nuestras capacidades, exigiéndonos, pero sin que se nos vayan las luces. Mejor suerte para la próxima ocasión ––seguro la habrá.
Programa:
N. PAGANINI: Sonata concertata en la mayor, MS. 2
M. DE. FALLA: Selección de Siete canciones populares españolas.
A. PIAZZOLLA: Historia del tango.
L. SABOYA: Despasillo, por favor
Visita el programa de mano - Dúo Lebensfreude, violín y guitarra