El pasado jueves 31 de mayo asistí a uno de los mejores recitales que he visto este año en el marco de la Serie de Jóvenes Intérpretes del Banco de la República. Se trataba del concierto del clarinetista César Camilo Cipagauta, acompañado al piano por Jesús David Prieto.

Desde el principio hasta el final del programa ambos artistas desplegaron habilidades que, a decir verdad, me sorprendieron sobremanera. Cipagauta, no obstante el uso del atril, deleitó con una postura corporal siempre expresiva, nunca predecible, y una limpieza de tono y fraseo impecable que me hizo olvidar sujuventud. Prieto, por su parte, no se quedó atrás: con un programa que incluía nombres como Bax, Muczynski y Atehortúa, el joven pianista acompañó como los grandes, leyendo sus partituras con una seguridad que parecía venir de una mente que se lo sabía todo de memoria, lo cual le permitió ser expresivo (hasta el punto de dar zapatazos en las tablas).Al decir todo esto, parecerá entonces un poco antipático que me concentre en esta breve reseña a señalar los pocos desatinos que vi en el concierto, pero lo haré con la única intención de que mis palabras se presten para una reflexión que, espero, lean jóvenes y experimentados artistas para que sus conciertos sean recibidos como lo merecen por parte del público.

Empecemos por el programa. Cipagauta eligió un repertorio osado y muy original, algo que debo aplaudir y elogiar sin rodeo alguno. En efecto, no recuerdo muchos conciertos de la Serie de los Jóvenes Intérpretes que estuviesen conformados exclusivamente por obras del siglo XX, y esta es una muy buena señal de que hay nuevas generaciones que pueden ver más allá del Barroco, el Clasicismo y el Romanticismo. Excelente.

El problema de este programa, por lo tanto, no fue su contenido sino su organización, defecto en el que lamentablemente incurren muchos jóvenes artistas. No puedo evitar preguntarme: ¿Qué está pasando con la vieja pero segura táctica del contraste? Cipagauta, en su recital, puso tres obras seguidas que utilizan una misma estética modernista y un mismo carácter agitado. Las primeras dos, de Arnold Bax y Robert Muczynski, fueron un latazo que se aligeró un poco gracias a sus grandes destellos de virtuosismo. Pero situar a Muczynski junto a Atehortúa, no obstante el intermedio que las separó, fue un verdadero descalabro. Pasadas las primeras tres obras, más de uno estaba mirando su reloj (o celular, que es peor) para ver cuánto faltaba para que se acabara el concierto, a pesar de que se trataba de dos excelentes intérpretes. Llegada la penúltima obra del concierto, el alivio que unos breves pasajes líricos y lentos despertaron en el público ya vino demasiado tarde.

Intérpretes, jóvenes y viejos, por favor tomen nota: el contraste es un principio fundamental para que cada una de las obras de sus recitales sea escuchada y recibida con toda la atención que merecen, razón por la que todo compositor –desde Di Lasso hasta Cage– siempre ha cuidado de organizar los movimientos o partes de su obra en secciones contrastantes. Esta fórmula, como la música de los grandes maestros, es sencillamente inmortal.

A esto debo agregarle una sugerencia que dudo se me tome en cuenta porque atenta contra la obsesión de la competencia que rige todos los campos de nuestra sociedad, pero debo mencionarla por el bien del arte: intérpretes, jóvenes y viejos, por favor no se obsesionen con el virtuosismo, pues esa obsesión está matando el lirismo y convirtiendo los conciertos en meros despliegues técnicos. En el concierto de Cipagauta hubo, contados, menos de tres minutos de pasajes líricos, y por más que su virtuosismo fuese impresionante, me quedé con las ganas de escuchar música que me recordara por qué el arte, y el arte solo, es la esperanza de nuestra triste especie.

Como me lo pregunté en otra ocasión, no sé si los jurados que deciden quienes se presentan en la Serie de los Jóvenes Intérpretes estén obsesionados con ver dedos y diafragmas veloces, casi mecánicos, y nada más para aprobar o censurar a un artista, pero sea la razón que sea no podemos, como artistas, permitir que nuestra profesión se convierta en una mera muestra de velocidad para impresionar a un público a la manera que se impresiona a una audiencia en una exposición de automóviles o robots. Porque precisamente lo que nos separa de tantos otros campos de conocimiento es el humanismo que caracteriza nuestra profesión y todas las imperfecciones y subjetividades que van con ella. ¿Será mucho pedir? Por el bien del mundo, espero que no. De lo contrario, a los artistas nos pasará lo que a muchos artesanos y profesionales ya les ha pasado: seremos reemplazados por máquinas. Y eso, en la música, no puede suceder.

Programa

A. BAX: Sonata para clarinete y piano. R. MUCZYNSKI: ‘Time Pieces’ para clarinete y piano, Op. 43. B. E. ATEHORTÚA: Sonata para clarinete y piano, Op. 214. E. BOZZA: Bucolique. J. FRANÇAIX: Tema y variaciones.

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Concierto de César Camilo Cipagauta realizado el jueves 31 de mayo de 2018 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en el marco de la Serie de los Jóvenes Intérpretes.