Puedo obstinarme en narrar con pormenores de qué manera llegó hasta nuestras tierras, desde siglos inmemoriales, la música Sacra o Gregoriana.  De pronto hasta convencerlos de lo especial que puede resultar, en una época en donde la religiosidad y la búsqueda de Dios, nos apresura a encontrarnos con manifestaciones artísticas como esta.

Malgastaría mi tiempo, no porque no valga la pena explicarlo o porque ustedes -lectores asiduos o circunstanciales-, no merezcan tan elevada introducción. Prefiero, más bien, centrarme en lo impactante, en lo extremadamente inhabitual de historia: cómo se desarrolló un concierto de música Gregoriana en Girardot.

Prefiero, más bien, centrarme en lo impactante, en lo extremadamente inhabitual de historia: cómo se desarrolló un concierto de música Gregoriana en Girardot.

Aquel 12 de abril, quienes estábamos en el auditorio del Centro Cultural del Banco de la República presagiábamos que este concierto tendría “una soledad a medias”, lo que se traduce —de manera franca— en que nuestro público no se siente cómodo escuchando esta clase de música y que, por lo tanto, su ausencia sería lo más común.

¡Pues la equivocación fue mayúscula! Cuando arribamos al auditorio todas las sillas estaban ocupadas, solo quedaban dos reservadas por mi hermana, a quien advertí de hacerlo con suficiente antelación.

Una vez la sala completó su aforo, los murmullos se acallaron cuando desde la parte externa del auditorio una melodía gregoriana interpretada con voces agudas y graves, aparentemente todas masculinas, inundaron de solemnidad el ambiente.

Segundos después, al mejor estilo de la Inquisición, cinco hombres vestidos con túnicas blancas de monjes o algo similar, ingresaron a la sala en un orden estricto, manteniendo la armonía uno detrás del otro.

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Cinco, de los que integran la Schola Gregoriana de Bogotá, tuvieron el atrevimiento, el talento y la energía de mantener despiertos y animados a un público que no paraba de aplaudir, gracias, por supuesto, al salvoconducto que le extendió el grupo de hacerlo cuando les placiera.

Personas de todos los estilos, profesiones y edades disfrutaron de una velada en donde lo ceremonial, mayestático y místico, contrario a la tradición, encendieron los ánimos y permitieron explorar un género que, por desconocido, resulta ser a priori desagradable. Esta fue la oportunidad de derribar ese mito.

¡Vaya sorpresa!  Nos hubiéramos quedado toda la noche en vela arropándonos con melodías como Salve Mater, Sancta Mater Teresia, Ecce Quam Bonum o Flos Carmeli. 

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Texto y fotografías: Lina Marcela Velásquez, analista del Centro Cultural del Banco de la República en Girardot.

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Concierto de la Schola Gregoriana de Bogotá en el Centro Cultural de Girardot.