Se nos fue el 2018 y creo no estar solo si digo que este acontecimiento es, en términos generales, una muy buena noticia. Basta con mirar los titulares de la prensa nacional e internacional para concluir, sin temor a exagerar, que el mundo junto con Colombia está pasando por momentos que inducen escalofríos.
Con tal prontuario, resulta irónico afirmar que mientras el país se envuelve cada vez más en conflictos de toda naturaleza y clase, la oferta cultural en Bogotá sigue con la frente bien en alto, gracias en su mayoría a un grupo reducido de gestores culturales que año tras año han hecho un excelente trabajo.
Uno de esos gestores es Mauricio Peña Cediel, jefe de la Sección de Música de la Subgerencia Cultural del Banco de la República). Porque a vísperas de terminarse el año, la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango está cerrando con creces otra temporada de conciertos que tuvo una amplia oferta musical para casi todos los gustos, tanto del ámbito académico o clásico como del ámbito popular (excluido queda el reguetón, aunque debo admitir que me daría curiosidad verlo en versión acústica y con el fondo escénico del órgano tubular que adorna el auditorio de la Biblioteca). Como hablar de cada uno de los conciertos que se presentaron en la BLAA este año tomaría demasiado espacio y requeriría de lectores muy dedicados, me limitaré a hacer un sondeo general de la temporada con el ánimo de apreciar, y agradecerle al equipo de trabajo de la Sección de Música por la gran labor que estos profesionales han invertido en un campo que no es nada fácil de sostener en un contexto como el colombiano.
En primer lugar, hay que resaltar los invitados internacionales que hubo en el género de la música antigua europea. A pesar de ser un género difícil de vender, los conciertos de músicos como el organista James Johnstone y de agrupaciones como La Main Harmonique de Francia tuvieron excelentes concurrencias, debido no solo a su programación en días familiares sino a la calidad de los artistas. Adicionalmente, es de notar que los cuatros invitados internacionales de este género se dividieron en dos exponentes de la música vocal (La Main Harmonique y Stile Antico) y dos exponentes de la música instrumental (Johnstone y el dúo Temmingh/Weidanz de flauta y clavecín), lo cual balanceó la oferta de formato musical.
En segundo lugar, no hay bogotano alguno que pueda quejarse de la oferta de jazz que hoy posee la BLAA, porque si bien el género no ha sido la especialidad histórica de la Sala de Conciertos de la biblioteca, algunos de sus exponentes internacionales pasaron por el escenario este año sin descuidar la presencia colombiana de músicos como Ricardo Gallo y Carolina Calvache. Si hay algo, entonces, posiblemente criticable de la presencia del jazz en la BLAA, es que el género norteamericano ha adquirido una clara prelación sobre otras músicas del mundo, fenómeno que podría deberse más a la popularidad que el jazz tiene en Bogotá que a una falta de interés por parte de Peña y su equipo de trabajo en importar músicas de procedencias menos predecibles (o por lo menos eso me gustaría creer).
En tercer lugar, la música de cámara de corte europeo todavía sigue siendo el gran fuerte de la programación musical de la BLAA: año tras año algunos de sus mejores exponentes mundiales han pasado por la Sala de Conciertos ante boleterías que si no están agotadas casi lo están, y este resultado habla por sí mismo. Dentro de este género, no hay que olvidar resaltar la valentía que se ha tenido a la hora de darle un lugar prominente a la música contemporánea, por más que sus resultados no siempre hayan dado frutos en cuanto a la receptividad del público: de las diez agrupaciones internacionales que se invitaron en este año, casi la mitad ofrecieron obras de los siglos XX y XXI, oferta que más allá de su variedad cumplió la siempre importante misión de darle un espacio a los compositores de nuestra era.
En cuarto lugar, la Serie de los Jóvenes Intérpretes continúa rindiendo los frutos que siempre ha producido desde su primera temporada en 1985, iniciativa que no es exagerado considerar como una de las más importantes –si no la más importante – de su género en el país. Aquí hay que resaltar el agregado siempre obligatorio de una obra colombiana en cada concierto, pues en varias ocasiones han sido los jóvenes –y no los adultos– quienes se han arriesgado más para estrenar obras novedosas de talentosos compositores colombianos que hoy viven en el anonimato.
Para terminar esta nota, parece apropiado señalar algunas posibles mejorías que podrían convertir las próximas temporadas de conciertos en iniciativas aún más valiosas para promover la vida cultural en Colombia, y una de esas mejorías sería darle un espacio a la música antigua del país, específicamente de los siglos XVII, XVIII, XIX e incluso del siglo XX. Por décadas, y en varios casos por siglos, la música de nuestros compositores antiguos ha sido condenada a recoger polvo en archivos y bibliotecas (como la propia BLAA) donde solo los musicólogos más intrépidos del país van a escucharlas, pero únicamente en sus mentes porque los conciertos y las grabaciones bien hechas de esta música casi no existen. En los últimos años, varias de estas obras han sido rescatadas del olvido por varios académicos por medio de ediciones bien hechas que podrían ser interpretadas por un sinnúmero de músicos más que capaces para llevar a cabo la tarea ¿Será mucho pedir abrir este espacio para que los colombianos puedan apreciar el rico pasado musical que tiene este país, tanto en música académica como en música popular? Sinceramente creo que no, y tampoco estaré solo si digo que rescatar nuestra memoria histórica debe incluir el ámbito artístico, porque es en el arte, y en nada más, que la humanidad puede vanagloriarse de su existencia en este mundo.