El pasado miércoles 27 de octubre, la Temporada Digital de Conciertos del Banco de la República 2021 presentó un recital a cargo de Wankara, ensamble colombiano de percusión fundado en 2011. El programa fue conformado exclusivamente por obras de compositores y compositoras de nacionalidad colombiana, muchas de estas piezas escritas para Wankara, y que juntas logran crear un paisaje sonoro diverso, rico en contenido, texturas y emociones, aglutinado por un discurso que raya en lo folclorizante, pues como explica Natalia Escobar—una de las integrantes del ensamble— el objetivo de Wankara con este recital consiste no solo en difundir la música contemporánea para percusión sino, «rescatar la música tradicional colombiana» .

Debo ser claro: la llamada ‘música tradicional’ no está en extinción, o necesita ser rescatada, ‘modernizada’ o fusionada para sobrevivir. Las prácticas musicales son siempre dinámicas y negar esto es anclar en el pasado a ciertas expresiones —como la música para marimba de chonta, por ejemplo, — mientras que otras, como la ‘música contemporánea’ (una categorización llena de problemáticas), estarían siempre situadas en el presente e, inclusive, en el futuro. Sin embargo, uno de los grandes logros de Wankara con este concierto es justamente el de demostrar que estos rótulos son a veces inservibles. ¿Por qué la música de José Antonio Torres Solís, mejor conocido como ‘Gualajo’, no sé considera como ‘contemporánea’ y la de John Cage, quién falleció hace ya muchas décadas, sí se considera como tal? Debemos tener mucho cuidado en no repetir discursos rescatistas comunes a la antropología de comienzos de siglo XX y que sirvieron para justificar empresas investigativas que hoy son consideradas poco reflexivas, si no abiertamente racistas. Me parecería, por ejemplo, un desacierto completo el enmarcar una de las obras interpretadas por Wankara en este recital como lo es Música de la tierra de Juan Jacobo Restrepo, dedicada por el compositor justamente a Torres Solís, quién fue maestro de Restrepo en el Conservatorio Antonio María Valencia, como una pieza que rescata las músicas del Pacífico colombiano. Lo que nos muestra Restrepo con esta magnífica pieza es el universo sonoro del sur del país en el que este compositor y percusionista ha transitado en su quehacer artístico, un lugar en donde el legado e influencia de Torres Solís en la escena musical es innegable, desde la vereda Sansón (Guapi) hasta los salones de clase del conservatorio en Cali.

 

No pretendo castigar con esta reseña al impulso que anima a Wankara, en especial en lo que concierne a su gran labor de comisionar nuevas obras. Todo lo contrario, aplaudo enormemente la iniciativa de transformar la sala de conciertos en un foro de lo actual y no una sala de museos, algo que he mencionado en otras reseñas. En este caso, es claro que aún existe un interés en usar la sala de conciertos como un espacio para mediar las contradicciones inherentes al performance de la ‘música erudita’ y ‘contemporánea’ en lugares poscoloniales como América Latina en donde ‘lo popular’, ’lo tradicional’,  ‘lo moderno’, y ‘lo global’ y ‘lo local’ están siempre en constante negociación y tensión. Este interés por explorar estas tensiones hace parte de la genealogía misma de los ensambles de percusión, pues piezas como Rítmicas, del compositor cubano Amadeo Roldán, fueron fundamentales para que este formato instrumental exista hoy en día en salas de concierto en todo el mundo. Las obras interpretadas por Wankara en este recital harían parte entonces de esta ‘tradición’, así se recurra a obras escritas recientemente.

También felicito a Wankara por comisionar piezas nuevas y por trabajar de la mano con compositoras y compositores jóvenes, un proceso colaborativo de suma importancia y cuyos frutos son palpables en el proscenio. Todas las obras del recital hacen una contribución importante al repertorio compuesto para este formato. Tanto Canto al Llano de Guillermo Andrés Ospina como Música de la tierra de Restrepo demuestran un uso creativo de gestos propios de aires regionales de los Llanos y del Pacífico negro colombiano, respectivamente, para crear atmósferas y paisajes sonoros vibrantes y llenos de vida. A estas dos obras le sigue el estreno mundial de La seño Mery de la cartagenera Melissa Pinto, una obra comisionada por Wankara e inspirada en el porro palitiao en clave de big band, dedicada a la madre de la compositora. Esta pieza—que me atrevería a decir que es el plato fuerte del recital, si bien es de corta duración—provee un contraste importante a las obras anteriores que son más bien de corte minimalista, pues se acerca más a los vocablos del jazz, pero también coloreada por tintes un tanto impresionistas. Pinto invita a que el redoblante (en este caso, en las manos virtuosas de Escobar) improvise, algo que le brinda al programa frescura y dinamismo. El recital cierra con La patasola de Sergio Méndez Sastre, una exploración gestual del bambuco viejo y sus polimetrías; y con Tamburo de Rodolfo Badel Castro, que nos lleva al Caribe colombiano con una obra de doce minutos de duración y dividido en cinco secciones durante las cuales se desarrollan varias ideas rítmicas y texturales (es la obra que requiere mayor número de instrumentos), dando fin al recital, valga el cliché, con ‘bombos y platillos’. A Wankara y al equipo de producción: Bravi.

Finalmente, una crítica que tiene que ver con la puesta en escena. ¿En vez de apoyarse en prendas de vestir que separan a los y las miembros de Wankara por género (vino tinto para los hombres y blanco para las mujeres) como puesta en escena, por qué no apostarle a una producción audiovisual inmersiva que complemente estas maravillosas composiciones? ¿No será tiempo de colaborar con artistas visuales también?

Programa

G. A. Ospina: Canto al Llano.

J. J. Restrepo: Música de la tierra.

M. Pinto: La seño Mery.

S. Méndez Sastre: La patasola.

R. B. Castro: Tamburo.

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