Desde su salida al escenario, Tania Betancourt mostró el carácter y el sello personal con el que desarrollaría su recital en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Su postura, firme y segura, se mantuvo al servicio de la música y del repertorio escogido, un programa que evidenció su gusto y preferencia por el periodo Romántico y la música francesa. La primera parte se centró en tres obras representativas para clarinete: la Fantasía No. 1 de Georges Marty, la Primera rapsodia de Claude Debussy y la Sonata para clarinete y piano de Francis Poulenc. De entrada, estas tres obras, y sobre todo las dos últimas que son íconos del repertorio del instrumento, plantearon un reto suficiente para la intérprete y un disfrute asegurado para la audiencia.
En la obra de Marty, la clarinetista cautivó con el sonido oscuro y dulce de su registro medio, su expresividad y su buena conducción de las frases. Mientras tanto, en la Rapsodia de Debussy, sus dinámicas, cambios de carácter, color y tempo estuvieron muy bien manejados, con lo cual logró generar esa atmósfera fantasiosa y libre de estilo impresionista. De la misma forma, en la Sonata de Poulenc, los pianísimos fueron fantásticos, los tempos fueron precisos y bien medidos y su carácter fue tan contrastante como lo demanda cada movimiento: Allegro tristemente, Romanza, Allegro con fuoco. En esta obra, el registro medio y grave fue profundamente conmovedor, sólido y penetrante; sin embargo, las notas sobreagudas flaquearon un poco con respecto al resto de su registro.
En ciertos puntos como la introducción de la obra de Debussy o el inicio del segundo movimiento de Poulenc hubo ciertas desconexiones en el ensamble que se resolvieron tras un par de compases. Sin embargo, el diálogo entre piano y clarinete fue positivo, el balance fue bueno y la afinación, excelente. En la mayor parte del repertorio escogido, el piano es protagónico en varias de las secciones, por lo que hubiera sido bueno sentir una mayor proposición y liderazgo de este instrumento, lo cual habría propiciado nuevos balances y sonoridades.
La segunda parte del recital marcó un claro contraste con la primera por el carácter de las obras. Para empezar, la intérprete tocó una adaptación del Preludio, fuga y variación, Op. 18 de César Franck, original para órgano. Debo decir que esta obra fue el punto débil del recital, y no por la ejecución, sino porque es una pieza que en el clarinete no aporta un discurso musical significativo. Considero que, habiendo tantas obras para el instrumento, la elección de esta no fue la más inteligente, aunque aprecio también el riesgo que tomó la intérprete por proponer algo nuevo. No tengo claro si la escogencia de esta pieza fue por un gusto personal de la clarinetista, sin embargo, las numerosas secuencias y figuraciones arpegiadas agotaron la escucha desde muy temprano y, también, la resistencia física de la instrumentista.
La pieza colombiana que escogío Tania Betancourt es una composición de Julián Pernett titulada Ecuación para clarinete y piano, que, aunque toma elementos de la música popular como células rítmicas o recursos como el glissando, está enmarcada en una estética más bien romántica, muy similar y coherente con la temática del programa que escogió. No obstante, considero que un replanteamiento del orden del programa habría logrado que esta obra sobresaliera más. Además, para lograr un mejor balance entre el clímax tan intenso del primer bloque del programa y estas dos obras un tanto más aquietadas, habría sido bueno intercambiar, por ejemplo, la Rapsodia de Debussy con la obra de Franck.
Para terminar la velada, la joven intérprete escogió una pieza impactante y climática: la Sonatina para clarinete y piano de Joseph Horovitz. La obra, con claras influencias del jazz, el blues y la música popular norteamericana, le dio un giro a la sonoridad general del recital. Resalto, sobre todo, la emocionalidad y musicalidad logradas en el segundo movimiento –Lento, quasi andante–, al igual que los súbitos cambios de tempo del primer movimiento y el virtuosismo de toda la obra. Considero que las dos obras que precedieron la Sonatina, por sus frases continuas, figuradas y extensas, desgastaron a la clarinetista para esta última pieza tan demandante técnicamente. Su fraseo y musicalidad se mantuvieron, pero la calidad de su sonido y su capacidad respiratoria se vio afectada por el cansancio. No obstante, el recital de Tania Betancourt fue una presentación de alta calidad en el que todas sus cualidades musicales y técnicas salieron a relucir y dieron muestra de su trabajo disciplinado, su talante y presencia escénica y su gusto particular por un periodo musical que le regaló al clarinete su repertorio más significativo.
Programa
M. GEORGES: Fantasía No. 1, IGM 8. C. DEBUSSY: Primera rapsodia, L.116. F. POULENC: Sonata para clarinete y piano, FP184. C. FRANCK: Preludio, fuga y variación, Op. 18. J. PERNETT: Ecuación para clarinete y piano. J. HOROVITZ: Sonatina para clarinete y piano.