Hablar de paz en Colombia genera posiciones dividas, hay quienes apoyan el proceso de paz con las FARC y hay quienes objetan sus contenidos e implementación. Esta fue la sensación que percibí el pasado 12 de abril durante el cierre de “Nos tomamos la palabra en el Valle del Sol”, un programa de promoción de lectura y escritura que desarrolló el Banco de la República en la urbanización Valle del Sol al norte de Girardot.
La actividad se realizó utilizando el baúl de herramientas del proyecto La paz se toma la palabra.
Arribé al Valle del Sol a las tres de la tarde, hora acordada para el inicio del evento. Tenía muchas expectativas, todas creadas por el testimonio de Nayive Palacio, la funcionaria del Banco que lideró el proyecto, y quien cada semana asistió al lugar con una mochila de libros a cuestas. Su entusiasmo durante todos estos meses fue suficiente para despertar mi curiosidad.
La mañana de ese 12 de abril fue lluviosa, es posible que el cielo llorara de alegría al saber que una mínima parte de las víctimas de nuestro conflicto armado serían reivindicadas con rosas blancas y la promesa de “no repetición”.
Se notaban rezagos de barro y lodo alrededor de una superficie de cemento que, en ese momento, era ocupada por un conjunto musical de mujeres y hombres universitarios, que como armas de guerra portaban un violín, dos guitarras y una batería. ¡Vaya contraste hermoso!
Frente a los músicos, una niña con la ayuda de su madre plantaba la primera flor que simbolizaba el compromiso de reconciliación, perdón y olvido. La reparación, seguramente, viene creciendo como un arbusto frondoso y refrescante, replegándose en cada uno de los corazones de las víctimas, imposible de dibujar.
Como una promesa que se lanza al aire, al azar, para ver hasta dónde va, un grupo de adolescentes del Colegio de La Presentación de Girardot, cavaban inexpertamente la tierra, plantaban árboles, sembraban retoños de paz. No me atrevo a decir, a ciencia cierta, cuántas de esas promesas entendían el momento que vivían.
Junto a ellos, se encontraban integrantes del Semillero Sabia, un grupo perteneciente a la Red Cultural del Banco de la República, ayudando a “zanjar el camino” por donde debe transitar ese grupo de personas, producto inútil de una guerra.
Hubo un momento especial: a cada madre y a algunas niñas se les entregó por parte de los estudiantes una rosa blanca. Imaginaba yo, en ese instante, que tanto dolor anidado en aquellos cuerpos forjados por la fuerza atroz de la guerra, no podría ser remediado con pétalos blancos próximos a marchitarse. Pero sí ser la esperanza de estar construyendo un país mejor para sus hijos.
Dicen que la idea es construir una biblioteca lúdica sobre el pavimento que sirvió de tarima al grupo musical. Me reconfortaría saber después, cuando las canas me recuerden que no he podido vivir un solo día de paz en mi país, que en el mismo sitio sobresale imponente y amorosa una biblioteca permitiendo que los sueños de los niños salgan a jugar sin el miedo de las bombas y descansen plácidos y en paz bajo los árboles que un 12 de abril de 2018 se sembraron como promesas lanzadas al aire, al azar.
Texto: Elmar Dario Pautt
Fotografías: Nayive Palacio