Sabemos que todo aquello que tiene que ver con lo que llamamos ‘cultura’ lo aprendemos de nuestro entorno familiar y social; es decir, que no hay nada estrictamente ‘natural’ en la forma en que hablamos, nos vestimos, comemos, o incluso, en lo que nos parece ‘hermoso’, ‘agradable’ o ‘afinado’. Sin embargo, curiosamente, tendemos a asumir la cultura como un asunto natural y de allí las sorpresas inevitables cuando nos encontramos por la vida con personas que hablan distinto, se visten distinto y comen distinto, o cuando nos enfrentamos a situaciones en donde nuestra cultura es la minoritaria y, de repente, somos los extraños, los exóticos. Una anécdota común entre los colombianos que viajan por otros países hispanohablantes, por ejemplo, es descubrir lo extraño que resulta utilizar la formula ‘me regala’ cuando van a comprar alguna cosa. Pero en Colombia, al lado de la música, la religiosidad, la comida, el decir ‘me regala’ y otros rasgos idiosincráticos, existe otra cultura, mucho más lamentable y dolorosa, que a pesar de ser una formación histórica forjada por nombres conocidos nos parece simplemente natural e inevitable: la cultura del clientelismo, la corrupción y la de una clase política que ‘vive a costillas’ del tesoro público. Pocas canciones expresan aquella realidad con tanta vehemencia y precisión como Su madre patria, de Edson Velandia y Adriana Lizcano.

La idea de ‘la madre patria’ nos remite, por supuesto, a España y al pasado colonial. Como lo expuso magistralmente Bernardo Tovar en un texto con uno de los mejores títulos en la historia de la historia, Porque los muertos mandan, la idea de España como madre y del Rey de España como padre fue uno de los bastiones ideológicos y emotivos más estables del imperio español en América. Pero desde comienzos del siglo XIX, al tenor de las luchas por la independencia y la nueva república, tales figuras parentales se trastocaron y se redefinieron. Casi en clave psicoanalítica, tras la victoria sobre el padre Rey, los próceres de la independencia se convirtieron en los (nuevos) padres de la patria a la vez que la patria misma, inestable, ‘boba’ e indefensa, tomó el lugar de la madre por antonomasia. Sin embargo, ello no implicó, en absoluto, el final de la cultura clientelista que los españoles habían instituido en estos territorios. Al contrario, en el fondo la ‘independencia’ no fue más que un endoso de poderes y de privilegios de una élite a otra, y luego de doscientos años, a pesar de algunos altibajos en las clases políticas que siguen con las riendas del país, el panorama no ha cambiado mucho.

Por eso resulta elocuente la continuidad que, en materia de corrupción, extracción y abuso, sugiere el comienzo de la canción: «Hace más de cinco siglos que los vagos del gobierno arribaron del infierno en los barcos de un pirata con lepra, curas y ratas a llevarse sin pagar oro, plata y Reficar, agua, tierra, pan y leche, y a lavar con Odebreche las lucas en Panamá». En efecto, a pesar de tener aparentemente muchos años entre sí, ‘oro, plata y Reficar’ hacen parte de la misma secuencia; los ladrones fueron distintos en cada siglo, pero el sistema ha sido el mismo. Y algo parecido podría decirse de ‘los requisitos pa’ ser multimillonario’, una definición a rajatabla en medio de la canción del clientelismo criminal que sigue azotando al país sin misericordia: «Pague el mínimo salario al que necesite un puesto, evada todos los impuestos y apoye su candidato pa' que agilice contrato, dele coima al enemigo, cianuro dele al testigo y dele cuota al paraco».

Aquello de ‘pague el mínimo salario’ es literal pero también es metafórico: la cultura del clientelismo, del pago descarado y colosal de sobornos y del mantenimiento de una clase política en su mayoría inútil y apoltronada deja muy poco para invertir en educación, salud o justicia social. La ‘plata de la gente’ se pierde a la vista de todos, a la vez que los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres y las instituciones de la patria pierden más legitimidad. De allí que una frase metafórica de la canción por momentos resulte literal: «En la Casa de Nariño secuestraron al Estado». Tan abyecto como el secuestro de seres humanos es la monopolización del sistema de gobierno con miras a perpetuar mecanismos clientelistas para el mantenimiento de los mismos privilegios y privilegiados de siempre.

Pero si bien la canción ‘no deja títere con cabeza’ también insinúa, entre líneas y en las pausas para respirar, un futuro utópico, un sueño: «(…) que los mantenga su madre…» o, dicho de otro modo, que se hagan cargo de lo suyo, que, como dice otra canción de Velandia y Lizcano, ya no quieran ‘todo regalao’, que podamos tener gobiernos responsables, que pongan las necesidades de la gente primero. A lo mejor es posible que un día ya dejemos de decir ‘me regala’ cuando en verdad queremos comprar, y quizás, de la misma forma, podamos evocar la mala cultura política como un asunto del pasado.

Parte 1 | Latinoamérica a lo Calle 13 »

Parte 2 | Antes de que nos olviden »

Parte 3 | Apesar de você… seguimos en pie »

Parte 4 | El derecho de vivir en paz »

Parte 5 | Y seguir cantando »

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Desembarco de Cristóbal Colón