Los relatos de Sofoco tienen en su centro (y valga el juego de palabras) a la periferia colombiana: lugares como Palenque, la frontera con Ecuador y otros pueblos innombrados, así como el campo basto ⎯toda la tierra que está lejos de los centros urbanos más importantes⎯, son escritos, reescritos, retratados por Laura Ortiz Gómez con una mirada o, más bien, con un oído compasivo que capta el dolor de sus semejantes, pero sobre todo su alegría y ganas inmensas de vivir. Quizás otra forma de decir esto es que el libro rescata la belleza que permanece ⎯la belleza que insiste en permanecer⎯ luego de la violencia y de las experiencias de vida intolerables. 

Cuando los relatos se alejan de la periferia colombiana, como es el caso de cuentos como Mingus el ardiente o El último Pibe Valderrama, Colombia aparece como periferia geopolítica. Es decir, cuando el libro aparentemente busca el centro, se forma una nueva periferia. El libro, así, es permanentemente político al reconocerse y estar siempre en los márgenes.  

En Sofoco, la violencia está escrita sin ser fetichizada, y en cada relato prevalece la vida. Eso es, quizás, lo más conmovedor del libro, lo más inspirador: que toda su fuerza poética y narrativa está al servicio de la vida y no de la violencia. En uno de los cuentos leemos: “En el vacío de su ritmo perfecto, habitaba una tristeza inmensa y un milagro diminuto”. En esa línea está condensada, para mí, la poética de Sofoco, ahí está la pulpa de las decisiones escriturales que tomó Laura en todo el libro. Porque ella escribe la tristeza con una música propia y sin dejar de ver el milagro que pervive.

Destaco el sonido por encima de la mirada porque la sensación permanente durante la lectura es que Laura sustrajo, al decir de Lucrecia Martel en el libro de Jerónimo Atehortúa Arteaga, Los cines por venir, unas estructuras narrativas del sonido, estructuras que nada tienen que ver con la linealidad del desarrollo, nudo y desenlace, y todo que ver con las ondulaciones, pausas, aceleraciones, abreviaciones de los acentos de los lugares que retrata. 

Este libro ganó el Segundo Premio Nacional de Narrativa Elisa Mujica. En el acta del jurado, Claudia Ulloa Donoso, Nubia Macías y yo destacamos, entre otras cosas, el realismo lírico y sensorial de los cuentos, y la mirada original a la tierra, a la memoria, a la naturaleza y a la violencia. A esto quisiera agregar, ya a título personal, que es una alegría inmensa leer en un primer libro una propuesta estética y política tan clara y contundente. Realmente inspirador.

Mira la conversación de la escritora la escritora Laura Ortiz con Giuseppe Caputo, parte del ciclo Primeras impresiones:

 

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Sofoco, de Laura Ortiz Gómez