Escuché el concierto digital del Cuarteto Arianna en medio de la tensión que en las horas de la tarde se vivió en el país por las protestas sociales. Es inusual para asistir a esta cita semanal en medio de una situación que me increpa y cuestiona. Necesitamos el silencio para poder escuchar y la música nos recuerda cómo hacer este necesario ejercicio. ¿Es entonces la música un mero escapismo? No, tener el coraje de despejar la mente ayuda a reconocer salidas que en medio del aturdimiento podemos pasar por alto y sobran ejemplos de grandes decisiones que se tomaron después de un compás de espera.
Los cuartetos de cuerda de Felix Mendelssohn y Edvard Grieg fueron apropiándose de mi espacio personal de la mano del reconocido y excepcional Cuarteto Arianna. Poco a poco, empecé a contemplar la belleza de su interpretación y la complejidad de esta, los admiré con mis oídos y mis ojos. Pude darme cuenta, por ejemplo, de que sus instrumentos no son de una construcción reciente. Siempre se ha dicho que los instrumentos antiguos gozan de un mejor sonido que los de más reciente construcción, característica que los hace objetos codiciados por coleccionistas que especulan con su valor. No podría estimar esta afirmación como totalmente cierta, pero debo admitir que sí adquieren un cierto timbre que es muy placentero. Si alguna vez tuvo usted, querido lector, la inquietud de saber cómo es la sonoridad de un grupo con estas características, este concierto virtual le servirá de referencia.
Pero, cualquier músico estará de acuerdo con que la calidad del sonido de una agrupación no es solamente una cuestión de la edad del instrumento sino también de las capacidades del virtuoso que lo toca. Si algo llamó mi atención fue precisamente la presencia particular que tiene el violonchelo. Me refiero a que Kurt Baldwin no oculta la resonancia de su instrumento frente al conjunto, de hecho, en algunos pasajes no tiene miedo de sobrepasar la altura de los demás instrumentos; algo que hace en lugares muy específicos para dar profundidad, energía y textura. Esta aproximación colabora en el entendimiento de que el cuarteto de cuerdas, como obra musical, es en realidad una sinfonía para cuatro instrumentos donde el violonchelo asume el papel que cumplirían en la orquesta los contrabajos, el timbal o el fagot, además del suyo propio.
Siguiendo esta analogía entre el cuarteto y la orquesta, es apreciable en el concierto cómo el violinista John McGrosso asume la mayor parte del tiempo el papel del director, siendo responsable de hacer la correcta articulación entre las secciones y movimientos, indicar el tiempo de cada pasaje e imprimir la vitalidad que requiere cada obra en su conjunto; algo que no se logra sin un alto número de horas de ensayo grupal donde siempre hay debates y consensos. El video también nos permite ver de cerca la comunicación visual entre la violinista Julia Sakharova y la violista Joanna Mendoza quienes tienen la importante responsabilidad de mantener el balance instrumental sin perder su propio rol como solistas. En realidad, el ensamble que se requiere es como el de una pequeña compañía de actores que conoce muy bien las habilidades particulares de cada actor en escena. El arte del cuarteto de cuerda, como el de la música de cámara en general, radica en la precisión, la coordinación y el equilibrio para mantener las tensiones del discurso musical a través del ritmo de la escena.
El Cuarteto de cuerdas No. 1, Op. 12 de Felix Mendelssohn y el Cuarteto de cuerdas No. 1, Op. 27 de Edvard Grieg evidencian el auge y grado de desarrollo que alcanzaron los cuartetos como obras de concierto durante el siglo XIX. En Mendelssohn encontramos una obra exquisita en su arquitectura musical, con texturas delicadas y transparentes que son muy efectivas para el goce estético, mientras que en Grieg encontramos una obra que podría fácilmente traducirse a la orquesta sinfónica por virtud de su lenguaje dinámico, contrastante y grandilocuente. La habilidad arquitectónica de Mendelssohn le permitió plantear una obra de tipo cíclico donde los movimientos extremos se conectan por medio de un tema común, mientras que las texturas propuestas por Grieg sirvieron de base para la construcción del lenguaje sinfónico en compositores como Gustav Holst.
Ningún detalle pasó inadvertido para el Cuarteto Arianna. Cada unísono estuvo perfectamente sincronizado y afinado, cada pasaje solista mantuvo la atención y la tensión escénica requerida, cada efecto de arco y pizzicato fueron ejecutados conforme al sentido del pasaje y la textura, las dinámicas y el tiempo fluyeron de tal modo que parece como si la obra se estuviera componiendo ante nosotros. En un nivel de ejecución tan alto es difícil hacer una exigencia adicional, de hecho, los asistentes al concierto se rindieron ante el arte de esta agrupación e incluso, agradecieron bastante en sus comentarios virtuales que se haya transmitido precisamente en un día donde la fatiga emocional se hizo presente. A veces, son los pequeños gestos de consolación los que nos permiten seguir adelante y, sin proponérselo, este concierto y sus intérpretes nos los dieron.
Programa
F. Mendelssohn: Cuarteto de cuerdas, Op. 12.
E. Grieg: Cuarteto de cuerdas, Op. 27.