Este fue uno de los conciertos de los cuales vale la pena presumir el haber estado con la típica frase ‘no sabes de lo que te has perdido’. Un verdadero éxito: así fue la primera presentación en Colombia del Ensamble Etnos de Polonia que fue dirigido de forma amena por su chelista Piotr Gach, quien no dejó de agradecer la calurosa acogida del público y de admirar la acústica de nuestra Sala de Conciertos. De forma breve, Gach introdujo cada una de las obras que ciertamente sirvieron para que nosotros –el público– disfrutáramos más de estas versiones de la música popular de diferentes naciones y pueblos de Europa del Este; mezcla cultural que fue bien explicada por Alexander Klein en las notas al programa. Este concierto se hará también en Armenia, Neiva y Florencia gracias al trabajo conjunto del Banco de la República con la Embajada de la República de Polonia, el Ministerio de Cultura y Herencia Nacional de la República de Polonia, y el Instituto Nacional de Música y Danza.
La sencillez de la puesta en escena permitió entrar rápidamente en el goce de cada una de las piezas. Una de las características más destacables de Etnos es su compacta sonoridad como ensamble, que le permite exhibir una amplia gama dinámica, desde lo imperceptible hasta su extremo opuesto. Las nueve piezas del repertorio fueron, a su vez, dispuestas en orden creciente de animosidad, al punto que ofrecieron dos bises al cierre del evento. Esta inflexión sucedió con Kazimierz, obra que refiere al distrito judío de Cracovia y que hoy se asimila a una práctica musical de ‘judíos para judíos’, como nos lo explicó Piotr Gach. En este sentido, se puede decir que el concierto llegó a su clímax con Eden (Edén), melodía polaca inspirada en la fantasía de imaginar cómo sería pasar una noche en este paraíso perdido.
En América Latina hay una fuerte asociación, casi directa e inconsciente, entre ritmo y percusión, que no se da de la misma manera en la música popular de Europa del Este. Esto se debe a que las lenguas eslavas y arábigas tienen una fuerte influencia en la creación de melodías, al punto de que su ritmo gramatical se lleva al canto de forma directa. Por esta razón, sus métricas son más variadas que las nuestras, como pudimos apreciarlo en piezas como Danza en círculo (probablemente un oberek), Eden, y Shisha, cuyo título refiere a la pipa de agua que aquí llamamos narguile. De igual modo, ciertas inflexiones fonéticas pasaron al canto y a la música instrumental. Por ejemplo, en Cometa, Jinn y Ederlezi pudimos apreciar este tipo de efectos en el clarinete (efecto ‘wa-wa’), el acordeón (vibrato con la mano izquierda) y el chelo (glissando). Vale la pena destacar que en Jinn el chelista usó un plectro de guitarra o púa, para emular así el sonido del oud, o laúd árabe. Dentro de este juego de simulaciones destacaron las realizadas por Konrad Merta en el acordeón. En Ederlezi y en Hutulca bin Brodina el acordeón emuló sonidos de flautas y del propio clarinete; incluso en Shisha, utilizó la registración más grave para apoyar al chelo, recurso que también utilizó en El pianista - Bandido.
Pareciera entonces que el trabajo del percusionista Przemysław Pacan no fue relevante. Pero fue todo lo contrario; si bien no intervino de corrido en todas las piezas, su presencia fue bien notada cuando lo hacía. Su batería consistió en un cajón que tocó principalmente con un pedal, aunque también lo hizo con sus manos y con escobillas; además intervino con el darbouka (un pequeño tambor que se reconoce por su forma de reloj de arena), platillos y un redoblante; instrumentos que tocó percutiéndolos con sus manos. El rol de Pacan no fue solamente rítmico sino también tímbrico. En líneas generales, podemos afirmar que la solvencia de los intérpretes permite que cada uno desempeñe distintos roles durante cada pieza, algo que generalmente se logra en un cuidadoso trabajo de arreglos, ensayo por ensayo. Es decir, muchas de estas piezas que escuchamos no tienen una partitura donde están fijos todos los elementos interpretativos; esta sirve solamente de soporte para los rasgos característicos de cada una, lo cual no implica que todas las obras de su repertorio la requieran necesariamente.
En este sentido, es probable que el arreglo de las piezas El pianista de W. Kilar y Bandido de M. Lorenc tenga una partitura, puesto que ambas obras provienen de la música de cine, donde la partitura sigue siendo un soporte necesario. De hecho, Etnos presentó una serie de cuatro obras originales (compuestas por los miembros del ensamble), y cinco arreglos propios de melodías tradicionales romaníes (gitanas), judías, polacas y moldavas. Esta amplia variedad logró su unidad gracias a que Etnos es fiel a una propuesta estética-sonora que los hace diferenciarse de otras agrupaciones con solo escucharlos. Ciertamente, hay una amplia gama de agrupaciones que, como en el caso de Etnos, buscan su identidad a partir de una singular conformación instrumental con instrumentos de diferentes prácticas musicales.