Últimamente me sorprenden los programas propuestos por los intérpretes de los conciertos que se presentan en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. El que fue interpretado por la joven mezzosoprano Allison Borda, el pasado jueves 3 de agosto no fue la excepción: en sus propias palabras, este concierto era especial para ella, no solo por haber sido —en parte— el mismo que diseñó para su recital de grado, sino porque muchas de estas obras le llegaron al alma. Al ver el programa y leyendo atentamente las traducciones de las canciones, entendí a qué se refería. No es usual encontrar en estos programas obras de compositores como Reynaldo Hahn o Samuel Barber, ni mucho menos las de otros como Gustav Mahler o Pyotr Ilyich Tchaikovsky, más conocidos por sus obras sinfónicas, así es que, ya de entrada, nos encontrábamos ante una novedad.
Además de la evidente dificultad que implica cantar en varios idiomas —habilidad por cierto esencial en la formación de los cantantes líricos— se encontraba el reto de la interpretación. En la ópera un cantante tiene —por lo general— un solo rol y debe adaptarse a un único personaje, en cambio en la música de cámara, bien sean melodies, canciones o lieder, la interpretación exige otras habilidades. Una de ellas es una verdadera compenetración con el texto que, contrariamente a lo que sucede en la ópera, no suele narrar una acción que forma parte de un argumento general, sino que constituye un todo y es deber del cantante encontrar el tono adecuado para transmitirlo. Este fue uno de los primeros aspectos que destacaron: en la primera parte del programa, las obras de Tchaikovsky y Hahn estuvieron marcadas por un tono de melancolía y tristeza resaltadas por las notas más profundas de la voz de la mezzosoprano, con —hay que decirlo— una muy buena dicción, a pesar de la dificultad de los idiomas (ruso y francés), además de una dosis perfecta de dramatismo. No pude dejar de notar cierto nerviosismo en la cantante, y no era para menos; para los jóvenes intérpretes suele ser un reto sobreponerse a la tensión de presentarse en un auditorio de este nivel, frecuentemente visitado por músicos de la talla de Juanita Lascarro (a quien habíamos escuchado hace solo unos días y quien, por cierto, se encontraba en la Sala) lo que, sin duda, aumenta el nivel de exigencia. Sin embargo, la cantante superó el nerviosismo, justo a tiempo para abordar la segunda parte del programa.
No es exagerado decir que después del intermedio fue otra la cantante que salió a escena. Con una sonrisa que anunciaba mayor tranquilidad y autocontrol reveló un nuevo aspecto de su personalidad musical: cantando en inglés y español parecía sentirse más conectada con los textos, y ¡qué textos! Realmente hay que reconocer que la elección del programa fue estupenda y algunas obras parecían haber sido compuestas para ella, pues le calzaron estupendamente. De la selección de Samuel Barber la bellísima melodía de In the Wilderness nos presentó a una cantante especialmente conectada con la línea melódica, pero lo mejor vino con la interpretación de las obras de Jaime León, en especial Rima, una verdadera joya. Aunque no aparecían en el programa las dos canciones populares de Carlos Guastavino, fueron un complemento perfecto a la selección de obras en español. El lenguaje corporal, que denotaba pasión, ternura e intensidad, estuvo perfectamente dosificado; ni poco, ni demasiado. Sin alejarse de la colocación necesaria para la voz lírica, la interpretación del texto fue perfectamente inteligible, lo cual no suele suceder con muchas voces trabajadas que, por favorecer el vibrato y la técnica, deforman frecuentemente el texto.
La relación con el acompañamiento también es de resaltar. El pianista, Miguel Pinzón, tuvo un papel importantísimo en la conducción de la intensidad melódica y emocional de las palabras, sin opacar a la cantante, permitiéndole expresarse como ella deseaba; en este aspecto hubo mucho equilibrio. El concierto culminó con tres obras de Gustav Mahler del célebre ciclo de canciones Rückert-lieder con el que la cantante confesó tener una relación muy especial. Y fue finalmente la mezcla de todo esto lo que dio por resultado un concierto marcado por la emoción y por la expresividad, por la generosidad del alma conectada con la música y por la belleza del sonido que ennoblece la palabra. Hermosa experiencia.