Inolvidable. Esta fue sin duda la palabra que quedó grabada en la mente de los asistentes al concierto que tuvo lugar el pasado jueves 16 de marzo en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Un auditorio lleno de familiares y amigos recibió con gran expectativa a las cuarenta y cinco niñas del Coro Filarmónico Infantil de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, dirigido por la maestra Sandra Rodríguez. Desde la primera nota asombró el equilibrio de las voces en color y textura, así como el balance entre voces graves y agudas, uno de los aspectos más difíciles de lograr en coros de voces iguales.
Las sorpresas no pararon allí. Con una puesta en escena que incluía coreografías, baile y percusión corporal, estas jóvenes nos recordaron que “la música es para divertirse”, como lo señaló más adelante la directora. Empleando pañuelos de colores, guantes, velas y aviones de papel nos invitaron a formar parte de su mundo y, aunque algunas de las niñas comenzaron un poco tímidas, a medida que el concierto avanzaba, en sus rostros se empezó a expresar una profunda emoción que no menguó ni siquiera en los raros momentos en los que la coreografía no como se esperaba. Esto habla muy bien del proceso pedagógico que llevan: han aprendido a amar lo que hacen y lo pueden reflejar en escena. La coreografía más ambiciosa y mejor lograda fue la de la canción Tradicional de las islas del estrecho de Torres arreglada por Ibis Amador quien, además, se encontraba entre el público.
De pronto sucedió algo que nadie esperaba: tras el intermedio, cuando el público retomaba su lugar en la sala, las luces se apagaron. La penumbra incrementó la expectativa del auditorio disponiéndolo a escuchar con mayor atención. Así dio inicio la obra One Candle del compositor Andy Beck cuyo texto (leído por la directora antes de iniciar) describe cómo la unión progresiva de varias velas puede simbolizar la unión de los seres humanos en un gesto de paz y esperanza. En esta interpretación, casi teatral, del texto las coristas (algunas de las cuales habían aparecido detrás del público) encendieron progresivamente pequeños focos de luz mientras sus voces se sumaban gradualmente. Aunque el efecto fue hermoso personalmente habría sido preferible el uso de velas o focos de luz de un solo color (tal vez blanco), pues las luces de colores que titilan, distraen y pueden ser algo agresivas para la vista, en especial en la oscuridad. Sin embargo, eso no le restó mérito a la excelente calidad de la interpretación ni al efecto sorpresa de tener tan cerca las voces de las coristas en un ambiente íntimo y sobrecogedor del que parecíamos no poder escapar. La ovación no se hizo esperar.
Pero no todo fue danza y movimiento. En el aspecto musical, la afinación, el ritmo, la dicción, la técnica vocal y el acople con los músicos acompañantes estuvieron a la altura. Y es que el repertorio no era fácil: obras tan disonantes como el Kyrie de Sergey Pleshak o Aranya de sostre de Josep Vila I Casañas eran un verdadero desafío. La obra más difícil podría decirse que fue In memoriam de Bruno Coulais pues el staccato, la armonía y el ritmo presentaban grandes retos que el coro supo sobrellevar de la mejor manera. La delicadeza del fraseo y los matices al inicio de la canción Lunita Clara de Jesús Alberto Rey fueron sorprendentes. Pero la canción más conmovedora fue la de la compositora Ibis Amador, Un Lugar, estreno mundial de acuerdo con la directora Sandra Rodríguez. Los rostros conmovidos de las niñas al señalar a sus familias cantando “tengo un amor a simple vista” fueron quizá la cúspide emocional del concierto. En mi opinión la obra mejor lograda fue ¡Si en este momento te duermes, querube! de Alberto Grau por sus matices, fraseo y afinación, simplemente perfectos.
Con todo esto quedó claro que estábamos ante un coro de gran nivel. El amor por los detalles con los que prepararon cada obra; la precisión de las coreografías que hablan de horas y horas de ensayo; la concentración que implica cantar de memoria y pensar en el texto de cada obra, junto con la manera de interpretarlo, nos permiten asegurar que realizaron un trabajo muy destacado. En cuanto al montaje de la obra One Candle habría sido preferible emplear velas de un solo color (preferiblemente blanco), porque las luces de colores que titilan distraen y son un poco agresivas para la vista en especial en la oscuridad.
Sin embargo, eso no le restó mérito al excelente trabajo que realizó cada uno de los integrantes y acompañantes. La actividad coral es un ejercicio muy exigente y los resultados hablan de una labor rigurosa en el que hay que reconocer, no solo la labor de sus maestros, sino el acompañamiento de sus familias, que son parte esencial del proceso. El aplauso al final del concierto parecía no acabar y el coro decidió repetir dos de las obras que más gustaron: Like a Rainbow de Bob Chilcott y la canción tradicional de Kenya Wana Baraka, con la participación de la solista Lady Vanesa Sánchez, que se encontraba sentada entre el público, una más de las tantas sorpresas que nos dejó este concierto. Fue sin duda, mucho más de lo esperábamos.