El pasado jueves 27 de julio, escuchando al ensamble Latitud en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, vino a mí una reflexión sobre lo que conocemos como ‘música colombiana’: ¿A qué exactamente llamamos ‘tradición’ cuando hablamos de este concepto? ¿Cuáles son sus principales manifestaciones y cómo nos identifican? Desde luego —y en eso estarán de acuerdo conmigo los estudiosos del tema— no es posible aportar una sola respuesta a estos interrogantes, ya que, como sabemos, el tejido musical de nuestro país es, por decirlo menos, complejo. Y, sin embargo, algunas de sus expresiones son inequívocamente claras, o acaso ¿quién puede evitar pensar en la música andina colombiana (representada principalmente por el bambuco y el pasillo) al hablar de instrumentos como la guitarra, el tiple y la bandola? En ello pensaba cuando vi entrar a los tres jóvenes integrantes del ensamble Latitud enarbolando dichos instrumentos para interpretar un programa que, a primera vista, prometía ser un encuentro entre el pasado (tradición) y un presente que ellos mismos (entre muchos otros jóvenes que actualmente se dedican a la interpretación y a la composición de este género) encarnarán.
En efecto observamos, junto a los nombres de Pedro Morales Pino, Adolfo Mejía o León Cardona (adalides incontestables de la tradición), otros como los de los hermanos Lucas y Daniel Saboya o William Posada, actuales representantes de este complejo musical, y que han logrado ampliar las fronteras del estilo instrumental al que se asocia, a veces encasillado en esquemas repetitivos (en cuanto a ritmo, armonía y técnica). De hecho, no es de sorprender, dada esta perspectiva, que la mayoría de las obras fueran arreglos o adaptaciones de obras originalmente escritas para otros formatos como piano, guitarra o cuarteto de cuerdas con instrumentos solistas (clarinete, tiple o flauta) como una forma de ampliar dichos esquemas. ¿Estamos dando acá un paso al costado de la de la tradición? Creo que este programa nos demostró que es posible reconciliar las raíces del folclor con nuevas búsquedas estilísticas.
Un ejemplo concreto es el uso novedoso de técnicas instrumentales típicas de estos instrumentos como el rasgado y apagado para dinamizar la interpretación, evidente en obras como Tuve un sueño, de William Posada, con claros efectos asociados a la ensoñación. El uso de armónicos, el intercambio de roles entre los instrumentos o la búsqueda de matices, fueron elecciones interpretativas que contribuyeron a construir un audaz discurso musical, pues recordemos que, al ser adaptaciones, en ello, ya existe una elección personal. Este es el caso de la obra Maxixe de Agustín Barrios, original para guitarra, en la que cada instrumento parecía haberse repartido la voz principal sin quitarle en absoluto el protagonismo a la guitarra, quien fungió siempre como guía.
Saliendo un poco de los ritmos del pasillo y el bambuco el ensamble nos ofreció la obra Manopoli de Adolfo Mejía, en ritmo de zamba, invitando al escenario al bandolista Mateo Patiño con quien actualmente conforman el Cuarteto antioqueño. Esta bella melodía importada de regiones en donde los instrumentos de cuerda pulsada también tienen protagonismo, fue una de las más bellas del concierto, así como la obra Cantora de Lucas Saboya, escrita específicamente para Latitud. La obra Embrujo de Jorge Camargo nos abrió una nueva perspectiva al explorar armonías más complejas y refinadas sin alejarse del estilo, de la misma manera que la obra La ruta natural, cuyas vertiginosas exploraciones rítmicas también denotan la búsqueda de nuevos lenguajes instrumentales. Esto abre la puerta a otra discusión ¿música culta y refinada, o música popular? Creo que de alguna manera inexplicable este concierto demostró que todas las respuestas son válidas, aportando una nueva luz a esta vieja discusión que sigue abierta, promoviendo múltiples interpretaciones. Lo que sí es cierto es que resulta difícil abstraerse de la belleza de esta música, que lejos de ser repetitiva es fácil de disfrutar y de una u otra forma nos conecta con algo profundo.
Al final del concierto fue más que merecido el agradecimiento del grupo a sus maestros (algunos presentes en la sala) pero, sobre todo, el sentido homenaje a los compositores que labraron este camino que ahora ellos andan, aportando una nueva perspectiva que va más allá de una tradición blindada.