El jueves 20 de abril tuvo lugar el primer concierto del talentoso contrabajista bogotano Holdan Silva dentro de la Serie de los Jóvenes Intérpretes. Con un despliegue titánico de musicalidad y fantástica creatividad, presentó un muy interesante repertorio acompañado por Francis Diaz en el piano y, posteriormente, por María Elvira Hoyos en el violonchelo. El recital de Silva fue un recorrido lleno de contrates tanto artísticos como emocionales.
Hay que abrir esta reseña aplaudiendo la selección del repertorio. Con una balanceada selección de estilos, Silva entrelazó obras originales com adaptaciones para su instrumento, lo que le permitió, en conjunto con los músicos colaboradores, establecer un diálogo camerístico refinado e interesantemente auténtico. La primera obra en el programa fue la sonata “Arpeggione” de Franz Schubert, una obra extremadamente retadora, tanto por su duración como por la profundidad emocional de cada movimiento; inició con un sonido noble, aunque algo lejano, que exigía a la audiencia cuidadosa atención para lograr empezar a disfrutar la igualmente cuidadosa interpretación que, entre contrabajo y piano, entretejían los artistas. A medida que se desenvolvía la obra, Francis Díaz, desde el piano, y con genial complicidad, proporcionó momentos que rápidamente podrían migrar desde una sonoridad melancólica y pensativa hacia propuestas joviales y caprichosas; verdaderamente fue una interacción camerística muy bien lograda.
Continuando con el programa, escuchamos Reverie de Giovanni Bottesini; una obra que paradójicamente nunca fue interpretada por el compositor, aunque en la actualidad es una de las más representativas de su lenguaje; intenso y reminiscente de la influencia de la ópera sobre la música instrumental del siglo XIX. Con una interpretación madura y sobria, Silva cerró la primera parte de concierto dejando a la audiencia gratamente impresionada y atenta al resto del repertorio que prometía ser igualmente fascinante.
Después del intermedio, el dúo entre Silva y Díaz recibió a la audiencia con el concierto de Serge Koussevitzky; una obra icónica en el repertorio profesional del contrabajo. La escritura de ésta exige por parte del solista un sonido intensamente visceral y constante conexión entre las frases; a pesar de sacrificar parcialmente la proyección del sonido, la interpretación de Silva envolvió a la audiencia con un lirismo íntimo y muy personal. Ese mismo lirismo fue la característica más evidente en la interpretación de la siguiente pieza; la Meditación Op. 34 de la colombiana Amparo Ángel. El lenguaje musical de esta compositora requiere un control completamente desarrollado de la técnica instrumental, el cual debe ser nutrido por una madurez interpretativa igualmente exigente; al ser una obra tan retadora, tanto para el contrabajista como para el pianista, la composición permite que ambos artistas compartan con la audiencia una propuesta sofisticada y elocuente que resuene con la altísima calidad de esta composición. Silva y Diaz hicieron un maravilloso trabajo con esta obra que, a pesar de ser muy poco conocida, con seguridad regresará a las salas de conciertos con mayor frecuencia.
El programa cerró con el Dueto para violonchelo y contrabajo de Gioacchino Rossini, con la formidable participación de la violonchelista María Elvira Hoyos. Fue una interpretación refrescante y dinámica; ambos músicos brillaron a medida que mantenían un interesante diálogo musical enriquecido con interesantes improvisaciones y refinados contrastes propios del estilo operático de Rossini. Un cierre que preludiaba una despedida igualmente maravillosa. Como encore este dueto presentó una composición especialmente escrita para la ocasión; el Divertimento negro en hermana menor del talentoso violinista y director Leonardo Federico Hoyos es una obra llena de vibrantes contrastes, tanto rítmicos como tímbricos, que espero poder volver a encontrar por muchos años en los repertorios de estudio y en los programas de las salas de concierto. La obra de Hoyos, fue un final completamente formidable.
En general el recital proporcionó emotivos momentos llenos de un despliegue musical ejemplar, a pesar de haber convocado a una audiencia en ocasiones particularmente dispersa y ruidosa. Aunque este tipo de situaciones puede desembocar en constantes susurros, grabaciones clandestinas y sorpresivos aplausos, es importante reconocer las bondades de contemplar en atento y respetuoso silencio los esfuerzos que los artistas ha puesto durante años para dominar su labor; la experiencia compartida de un concierto en vivo invita a artistas y audiencias a entrar en una sincronía íntima e irrepetible. Con seguridad reencontraremos las prácticas que nos permitirán generar las más gratas memorias en torno al fabuloso trabajo de artistas del prometedor calibre de Holdan Silva, Francis Diaz y Maria Elvira Hoyos.