El jueves 4 de mayo se llevó a cabo, en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, el reconocimiento a los ganadores de la convocatoria Jóvenes Compositores 2022. Fue un evento que, como bien lo señalaba Rodolfo Acosta, fundador del Ensamble CG, en su charla introductoria al concierto, evidencia la importancia de la construcción de patrimonio cultural desde las mismas instituciones: la creación musical en Bogotá, a través de diversos géneros y estilos musicales se ha consolidado como una práctica continua incluso desde pocos años después de nuestra fundación y de una u otra manera nuestras instituciones han acompañado estos procesos de creación.
Rodolfo Acosta ha estado presente a través de los años en una gran cantidad de iniciativas dirigidas por el Banco de la República; en esta ocasión participó en el concierto como el director del ensamble CG, un colectivo de músicos concentrado en la interpretación de repertorios contemporáneos y vanguardistas. Asimismo, Acosta fue uno de los profesores que acompañaron a los compositores seleccionados a través de clases de composición y otros modelos pedagógicos. Luego de su reflexión inicial, fue claro para los asistentes que en realidad no estábamos asistiendo a un concierto más de las series de conciertos programados cada jueves; ese día todos hacíamos parte de una larga historia de procesos fundamentales en la construcción de patrimonio cultural y celebrábamos los aventurados aciertos creativos de cuatro jóvenes compositores que se encausaban en una tradición fundamental para el desarrollo de nuestra identidad como país.
La obra que abrió el programa fue Diletante, un trío compuesto por Juan Sebastián Toro. La composición hizo realmente honor a su título; fue una exploración en donde la dirección de las masas sonoras parecía perderse a medida que acumulaban diversos motivos melódicos. El trío fue interpretado por José Gómez en el clarinete, Hernán Guzmán en el fagot y Santiago Velásquez en el piano y, a pesar del carácter íntimo de este formato instrumental, para la interpretación también fue necesaria la participación de un director sobre el escenario. Si bien la ejecución de la obra fue atenta y comprometida, la composición parecía no aprovechar al máximo las capacidades tímbricas de cada instrumento; esto podría tomarse, tal vez, como un desacierto afortunado, en la medida en que la obra podría reencarnar en una gran variedad de combinaciones instrumentales para continuar su camino. Evidentemente, hay una propuesta reflexiva por parte del compositor y con seguridad su lenguaje armónico, tonal y melódico resonará con mayor intensidad conforme vaya absorbiendo las bondades que cada instrumento le pueda ofrecer.
La segunda obra del concierto fue el Trío Impetuoso, de Juan Posada Londoño, el compositor más joven del programa; nació en 2005. La interpretación estuvo a cargo de Juan Carlos Higuita en el violín, Diego García en el violonchelo y, nuevamente, Santiago Velásquez en el piano; también con el acompañamiento en la dirección de Acosta. En tres movimientos bien estructurados, el compositor aprovechó elocuentemente este ensamble a través de una propuesta balanceada con momentos de protagonismo instrumental coherentemente entrelazados y compartidos. La escritura de Posada es muy ingeniosa, claramente interesada por un resultado estéticamente expresivo e idiomáticamente aprovechado. La interpretación de la obra no parecía ser sencilla en muchos fragmentos, pero esto, en lugar de actuar como un obstáculo, fue asimilado por los intérpretes como aliciente expresivo que proporcionó momentos de verdadero desfogue artístico.
Después del intermedio, Una cierta irregularidad para clarinete, fagot, violonchelo y piano, compuesta por Tomás Díaz Villegas, abrazó a la audiencia en una lógica, pero poco orgánica atmósfera sonora. La obra se desenvolvía a través de una sutil aglomeración de texturas que cobraban sentido si se percibían como fragmentos sonoros de una densidad peligrosamente inconsistente. Fue un interesante ejercicio de percepción que, se podría decir, dejó a los oyentes inmersos en una masa volátil de registros interesantemente desbalanceados.
El concierto finalizó con Observatorium naturalis de Sergio Hugo Ortíz, una composición decididamente pintoresca donde tres paisajes sonoros descubrían la riqueza tímbrica inspirada en el Valle del Cauca, Boyacá y Sucre. La obra fue un ejercicio de percepción alucinante, a través del cual el oyente, incapaz de predecir con claridad el comportamiento de cada obra, no tendría más remedio que dejarse llevar por la corriente sonora que lo conduciría por un recorrido lleno de color y atmosféricas sensaciones acústicas.
La respuesta del público fue igualmente cordial y entusiasta para todas las obras; de manera bastante esperanzadora podría decir, sin duda alguna, que las nuevas generaciones de artistas seguirán inspirando y alimentando nuestro patrimonio.