El dúo conformado por el clarinetista Jonathan Leibovitz y el pianista Ariel Lanyi inició su gira de conciertos el pasado domingo 26 de marzo en la Sala de Conciertos del Banco de la República, la cual continuará por Ipiales y Pasto. Esta es la primera vez que ambos intérpretes están en territorio colombiano, aunque Ariel Lanyi ya había hecho parte de la Temporada virtual de conciertos del año 2021, a causa de la pandemia.
Las obras interpretadas en la primera parte pertenecen al canon que debería interpretar (o conocer) un clarinetista en formación, a saber: Primera rapsodia para clarinete en si bemol, de Claude Debussy; Sonata para clarinete y piano, de Francis Poulenc; y Cuatro piezas, Op. 5, de Alban Berg. Obras que han sido interpretadas en varias ocasiones en la Sala. En la segunda parte escuchamos la Sonata para clarinete y piano, Op. 28, de Mieczyslaw Weinberg; y Preludios de danza, de Witold Lutoslawsky. El público llenó casi por completo el aforo, si bien varios ingresaron después de la primera obra.
En general, las obras del programa fueron escritas para que el clarinetista fuera protagonista, mientras que el pianista cumpliera con su función de acompañante; situación que hizo menos relevante la importancia del segundo sobre el primero. Sin embargo, recibí el mismo comentario de algunos asistentes, sobre la excelencia en el acompañamiento de Ariel Lanyi. Su dominio de dinámicas es perfecto, como lo constatamos en la romanza de la Sonata de Poulenc, y en el allegro molto de los Preludios de Lutoslawsky. Citas que en realidad no llegan a revelar la calidad desplegada durante el concierto. Por su parte, Jonathan Leibovitz mostró su amplio abanico de recursos interpretativos desde el inicio del concierto. Su expresión corporal realza las cualidades y dificultades de las obras, especialmente en la respiración continua y en pasajes con saltos extremos de registro. Esta tendencia marca una diferencia con el aplomo y sobriedad de décadas atrás, donde lo que se buscaba era, precisamente, ocultar corporalmente tales dificultades para hacer sobresalir la belleza ‘puramente musical’. De esta forma, el cuerpo adquiere una nueva dimensión en la escena que le permite trascender de su rol de vehículo de la ‘música pura’ al de medio de expresión y cercanía con un nuevo público. En esto veo una influencia de la música popular sobre la música académica a través, por ejemplo, del video clip y el documental making off, en donde al público se le permite ver de cerca al músico que canta, baila, ensaya, suda.
El repertorio en general no permitió advertir cambios notorios en la sonoridad del clarinete, a excepción de algunos pasajes ‘exóticos’ insertos en el segundo movimiento de la Sonata de Weinberg, mismos que pudimos apreciar ampliamente en la pieza de bis Shalom aleihem. Básicamente la diferencia radica en que para la música popular judía el timbre del clarinete tiene menos resonancia y más brillo, mientras que, en la música académica, se busca mantener el sonido resonante y oscuro. La otra pieza del repertorio que permitió mostrar algunas técnicas específicas, movimiento tras movimiento, fue Preludios de danza, por ejemplo, en el manejo de diferentes ornamentos como trino y mordente del tercer preludio.
La calidad del concierto fue tal que no hubo en realidad una obra que sobresaliese más que otra; esta elección queda pues al gusto del oyente. De mi parte, valoro la interpretación de las Cuatro piezas, Op. 5 de Alban Berg. Esta obra es un conjunto de cuatro microestructuras de breve duración y de ahí viene su dificultad, pues el tiempo restringe poder hacer un amplio despliegue de musicalidad, y, aun así, el dúo Leibovitz - Lanyi logró una unidad estética coherente al evitar hacer grandes pausas entre cada pieza. Para otros asistentes la Primera rapsodia de Debussy fue una de las mejores, especialmente porque se interpretó de memoria y porque surgió desde un pianísimo tan sutil, que capturó nuestra atención por completo. De igual modo, para aquellos que gustan de sonoridades más robustas, las obras de la segunda parte cayeron como anillo al dedo. La Sonata, Op. 28 de Weinberg es un claro ejemplo del estilo neoclásico, pues en ella encontramos algunas referencias nacionalistas (sionistas) en los movimientos segundo y tercero, último en el que se entremezclan continuamente tonalidades mayores y menores. Por su parte, los Preludios de danza de Lutoslawsky son un homenaje explícito a la música de Béla Bartók tanto en su concepción —similar a su Suite de danzas— como en el lenguaje. De igual modo, quienes disfrutan de la ironía y la sátira pudieron deleitarse en la Sonata de Poulenc, donde entremezcla motivos bachianos con melodías pomposas y reposadas del Romanticismo. Así como para el comediante el humor es un asunto serio, para Poulenc, la sátira musical también lo es. De hecho, si esto no se comprende bien, la interpretación puede caer en banalidad.
Un concierto lleno de detalles y sorpresas, que, ante todo, supo mantener un equilibrio preciso entre la ligereza de la forma y la robustez del contenido.