Hiraeth, del galés, se refiere a la nostalgia de lugares a los que no se puede volver, de lugares perdidos de nuestro pasado, o de lugares que jamás existieron...
El público fue llegando, de a poco y con afán. Ese día se corría la Media Maratón de Bogotá y, como suele suceder con cualquier acontecimiento extraordinario, el tráfico capitalino se dispuso a sabotear los demás eventos que la ciudad quería celebrar. La Biblioteca Luis Ángel Arango se había preparado para recibir a una dupla musical muy querida y ‘de la casa’, pues han compartido su música tantas veces, y durante tantos años, en el escenario de la Sala de Conciertos, que ya hacen parte indeleble de las casi seis décadas de historia de este complejo arquitectónico. Estos dos colombianos viajaron desde Europa; regresaron a Bogotá, y habían estado días antes en Villavicencio, presentando el mismo repertorio en la Biblioteca Germán Arciniegas.
Juanita Lascarro y Alejandro Roca; soprano y pianista, nos regalaron un momento que excedió, con creces, esas etiquetas que muchas veces pueden llegar a limitar lo que la música es capaz de ofrecer, en equipo con sus mensajeros: los intérpretes. Fueron mucho más que soprano y pianista, y utilizaron a la Sala, no como un espacio acústico, sino como un vehículo cuyo destino era desconocido por todos aquellos que nos encontrábamos en el público; cuya parada final era inimaginable para los asistentes que, si bien esperábamos confiados un concierto de la más alta calidad, no llegamos a dimensionar nunca lo que estos dos artistas tenían preparado; no anticipamos la magia, ni mucho menos la sacudida emocional que la música nos ofreció.
Entre aplausos y silencios, entraban quienes habían sido atrapados por las calles bogotanas y los dos músicos, con generosidad, les dieron la bienvenida, aunque esto pudiera significar una interrupción en el flujo del concierto. Lo importante, al final —y como debe ser— era comunicar un mensaje, más allá de los protocolos. El repertorio contaba una historia, aunque no de manera lineal y se presentó, más bien, como un caleidoscopio que nos mostró formas, colores, texturas y profundidades que nos ayudaron a contestar preguntas planteadas en voz baja: ¿A qué suenan el exilio y la nostalgia?; ¿de cuántas maneras se puede ser extranjero?; ¿cuán lejos puede estar una voz sin que dejemos de escucharla? Todas, preguntas que nos atañen, hoy más que nunca, pero que han calado a la humanidad desde que existimos como especie y que, con el arte como copiloto, hemos logrado responder o, siquiera, atender, desde hace siglos.
El concierto inició sin palabras, con un tarareo —o más bien, lalaleo— acompañado de acordes tan disonantes como necesarios, casi anticipando que, aunque las piezas que íbamos a escuchar fueron compuestas a partir de algunos de los poemas más hermosos, el lenguaje no iba a ser una barrera. Y es que de idiomas estuvo lleno este concierto: yiddish, italiano, español, francés medieval, alemán; todos expresados perfectamente por Juanita Lascarro, no solo en términos de dicción, sino del espíritu particular de cada uno. Mieczysław Weinberg y sus Canciones judías nos introdujeron en este relato, que hablaba del anhelo y la nostalgia y que comenzó con la sencilla imagen de un pedazo de pan, que bien podría parecer cándida y superflua, pero que, en tiempos bélicos puede significar ese polo a tierra, ese lugar seguro, ese enlace con un pasado sin guerra, tan frágil y lejano, que solo se puede recordar con la tristeza y la picardía de un niño al que no se le permite jugar. A partir de ahí, la canción de cuna, los relatos del cazador y de la montaña verde y, sobre todo, la carta de un huérfano a su madre, nos hicieron transitar por espacios desgarradores y ciertamente cercanos, aunque nos separaran de ellos las décadas y el lenguaje.
A medida que llegaba el público, la cantante hizo un alto y se dirigió a los asistentes; nos explicó por qué había elegido ese repertorio —aunque su voz y el acompañamiento de Alejandro Roca estaban siendo ya traductores impecables de los mensajes que cada una de las piezas tenían escondidos. Se refirió al exilio, a la guerra, al desplazamiento forzado y a esa red que nos une, pero que, en una lucha contra la vulnerabilidad, nos negamos a reconocer. Nos contó que la nostalgia puede tomar muchas formas, y la música que vendría a continuación lo iba a ratificar. Con Maurice Ravel y los Cantos populares tuvimos una muestra de la nostalgia por las tradiciones; por esos pasados que cada nación anhela y, al tiempo, descuida con el paso del tiempo. Pero podría decirse que el momento más especial de todo el concierto fue cuando sonó Kaddish, esa plegaria judía a la que el compositor francés le regaló una de las melodías más conmovedoras del repertorio vocal y que la soprano supo entregarnos cual regalo inesperado.
La nostalgia por el pasado llegó con George Enescu y Arthur Honegger, quienes dedicaron sus ciclos de canciones a Clément Marot y Guillaume Saluste du Bartas, personajes del siglo XVI. Y, aunque con un carácter mucho menos solemne y con un virtuosismo más discreto que lo que habíamos escuchado hasta el momento, hicieron patente que anhelar los tiempos pretéritos significa sentirse, de una u otra forma, extranjeros del presente.
El amor no podía escapar al programa, y este personaje sempiterno pocas veces se ha visto tan bien representado como en la voz de la soprano colombiana. Haciendo equipo con Joaquín Turina y Jesús Bermúdez Silva, Lascarro y Roca posicionaron a este concierto como uno de los más emotivos de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República, en lo que va del año. Con un virtuosismo nunca forzado, llegaron, sin buscarlo, a la perfección y nos regalaron un momento que nos acogió, nos abrazó, pero también nos estremeció y sacudió.
La voz de Juanita Lascarro es difícil de describir; difícil y, tal vez innecesario. Basta decir que con ella es capaz de llorar, reír, arrullar, sollozar, gritar, consolar y transitar por los más dispares escenarios sonoros de una forma tan natural que solo puede venir de años y años de trabajo, convivencia y, hasta lucha, con la música. Con ella supo encarnar a cada personaje, y generosamente, nos abrió una ventana a su alma y a la de los compositores a quienes les daba voz. La dupla Lascarro-Roca nos ayudó a entender, en un solo concierto, que la música, sí, puede hacernos felices, pero que también puede acompañar la tristeza y ser el mejor mensajero entre puertos que, sin ella, estarían incomunicados. Supieron hacernos entender que nuestras historias son las mismas de quienes creíamos lejanos y que son estas las que nos ayudan a reconocer nuestra humanidad. La soprano y el pianista fueron el vehículo de ese mensaje que décadas, e incluso siglos atrás, nos habían enviado Weinberg, Ravel, Enescu, Honegger, Turina y Bermúdez. Era un repertorio difícil y con una carga emocional fuerte, pero en el escenario Juanita y Alejandro lograron contarnos que ningún dolor es ajeno; se convirtieron en lo que todos esperamos de los músicos: en mensajeros de historias que ni siquiera sabíamos que existían en nosotros; en traductores de paisajes que no habíamos sabido escuchar hasta ese momento.
La ciudad y sus vicisitudes no lograron aplacar el anhelo del público bogotano por escuchar, no solo a esta grandísima artista, sino a la persona detrás, esa que a veces olvidamos que existe, pero que en este caso fue imposible que pasara desapercibida. El concierto no terminó con la última nota, ni con el último aplauso que resonó en la Sala. A la salida, el foyer acogió a un coro espontáneo que, relevando a quienes habían sido protagonistas momentos atrás, cantó en estilo renacentista: ‘¡Que vivas por muchos años, Juanita!’ repetidas veces, emocionando a todos los que tuvimos el placer de presenciarlo. Como pasa con los grandes nombres que no nos han abandonado en siglos y siglos de historia musical, podemos estar seguros de que el legado de Juanita Lascarro resonará perenne y que las paredes de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, nunca se cansarán de guardar su voz.