Hace treinta y ocho años inició una discreta tradición en donde el objetivo de tener la ‘casa llena’ pasó a un segundo plano y se vio relevado por un proyecto formativo que hoy no es solo tradición, sino uno de los pilares de la labor musical del Banco de la República. La Serie de los Jóvenes intérpretes celebró su primer concierto el 4 de marzo de 1985 en un auditorio que vio y ayudó al nacimiento muchas cosas, muchas iniciativas y muchas historias: La Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango que, por esos tiempos, estaba a casi un año de cumplir sus dos primeras décadas de existencia. Los conciertos de artistas nacionales e internacionales que hoy llamamos la Serie profesional no cesarían, simplemente acompañarían y casi que guiarían el proceso educativo de estos jóvenes solistas y ensambles que se aventuraron a la difícil labor de pararse frente a un público y compartir un repertorio con él.
El calificativo ‘discreto’ ya no cabe en la definición de este proyecto y los jóvenes intérpretes que son seleccionados para hacer parte de esta serie, no solo se presentan en la Sala de la BLAA, sino que tienen la oportunidad de realizar, posteriormente, girar nacionales en las demás 28 ciudades que hacen parte de la red cultural del Banco. Y los conciertos son solo un punto dentro del proceso que comprende una formación escénica, estética, de curaduría, y de preparación de todos los materiales necesarios para presentar y ejecutar una propuesta musical en toda regla. En otras palabras, un pequeño vistazo a lo que significa elegir el camino de esta profesión.
Cada uno de los conciertos de los jóvenes intérpretes seleccionados en la convocatoria es diferente; cada repertorio es distinto; se han escuchado infinidad de géneros y cada puesta en escena varía. La timidez suele ser la sensación más generalizada en los protagonistas, pero hay quienes se atreven a interactuar con el público dentro del ‘guion’ de su presentación. Hay otros que prefieren hablar por medio de la música y de su puesta en escena, como sucedió en el concierto de Santiago Duque que se llevó a cabo el 8 de junio de 2023 en la Sala de conciertos de la BLAA.
El pianista antioqueño solamente habló para anunciar el bis, pero no por esto su expresividad se vio mermada; al revés, habló por medio de los compositores que eligió interpretar; por medio de sus decisiones interpretativas y, sorpresivamente, por medio de su puesta en escena, cuyo rasgo más llamativo fue el vestuario, no tanto por su apariencia sino por el hecho de que decidió utilizar dos colores de camisa para cada una de las dos secciones que conformaron el concierto. Una camisa gris acompañó las obras de Franz Joseph Haydn, Adolfo Mejía y Heitor Villa-Lobos y, después del intermedio, sorprendería con un color amarillo que iría de la mano de Robert Schumann. Como si quisiera resaltar los contrastes que caracterizaron el recital; como si se tratara de un guiño a Eusebio y Florestán, aquellos personajes que el propio Schumann creó para expresar las dos caras de su personalidad que tan asiduamente conversaban en sus obras, esas que todos tenemos, pero a veces tememos dejar salir.
El pianista inició con una sonata para piano en Do mayor de Haydn, una obra que pertenece a aquel universo musical mal publicitado como fácil y ligero: el clasicismo. La valentía de enfrentarse a la sencillez no debe darse por sentada, pues aproximarse a este repertorio implica la madurez de apreciar algo que es fácil de escuchar, pero cuya filigrana es maravillosamente compleja y caleidoscópica. Esto lo logró Santiago Duque en su interpretación que, además, puso en evidencia ese carácter bromista del compositor austriaco que pocas veces podemos escuchar. Los contrastes no se dieron a esperar y el movimiento casi hipnótico del preludio del cartagenero Adolfo Mejía llegó con una calma que evocaba la ‘luminosidad de las aguas’. Pudo haber sido por coincidencia, porque el público no supo que la pieza había terminado, o por decisión del intérprete; sea lo que sea, funcionó maravillosamente pues, omitidas las interrupciones entre una obra y otra, el preludio de Mejía funcionó como lo que realmente es: como un preludio prestado a la Suite floral de Villa-Lobos, que nos evocó esos paisajes bucólicos brasileros dibujados con colores lejanos, franceses, impresionistas, que Santiago Duque supo entregarnos con una claridad admirable.
La técnica estuvo en todo momento presente, pero siempre al servició de la interpretación, no viceversa, como es común que suceda. Y esta fue absolutamente necesaria –claro está, no porque no lo fuera en las obras anteriores– en el famosísimo Carnaval de Schumann; esa obra monumental que obliga al intérprete a meterse en la piel de múltiples personajes y a transitar por contextos tan dispares que parecería imposible lograrlo con un único instrumento, tan uniforme, además, como el piano. Aparecieron Pierrot, Arlequin, Colombina, Paganini, e incluso su gran amiga y antiguo amor, Ernestine (Estrella). Santiago Duque supo, no tímidamente, entregarnos los contrastes intrínsecos dentro del guion de estas veinte miniaturas y su tránsito fue claro, al mismo tiempo que orgánico, sabiendo exaltar la brillantez de Florestán; de los valses y los personajes de la Commedia dell’arte, al mismo tiempo que la dulzura de los retratos de Chopin, Chiarina (su esposa) y Eusebio.
Un aplauso duradero y caluroso, además de una ‘sobremesa’ de fotos y autógrafos en el foyer de la Sala, nos asegura que estos treinta y ocho años, más allá de un simple ‘vistazo’ hacia la vida musical profesional, es una ventana hacia un futuro que cada uno de estos Jóvenes intérpretes puede firmar con su propia letra.