¿Cuál puede ser el sentido de escuchar música en vivo en nuestros días? Me preguntaba durante el concierto del pianista Alexander Ullman el pasado domingo 28 de mayo en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Varios factores motivaron esta inquietud; uno de ellos fue constatar la homogeneidad del público (lo cual no es raro en este auditorio) y otro –no menos importante– fue observar, una vez más, la devoción con la que se recibe a estos grandes artistas. ¿Qué nos sigue convocando a estos espacios que desafían el consumo ‘facilista’ de la música? ¿Por qué seguimos siendo fieles a esta cita con lo intangible, con el mundo de lo sensorial, de la belleza? Este concierto me dio la oportunidad de responder a varios de estos interrogantes en más de una ocasión.

Un auditorio casi lleno, expectante y emocionado recibió al concertista quien, con sobriedad, hizo su entrada para tomar posesión del magnífico instrumento. El programa prometía un concierto de gran intensidad emocional: dos sonatas de Beethoven, una obra de Ravel y otra de Franck fueron suficientes para llenarnos de ilusión. Sin embargo, la primera obra fue un guiño al pasado; una transgresión temporal, podría decirse, por haber sido compuesta para un instrumento más antiguo: el virginal. Cuatro danzas de Orlando Gibbons nos llevaron muy lejos a los salones de alguna corte inglesa de finales del renacimiento en los que se escuchaba esta música elegante, refinada y llena de audacias técnicas, que le merecieron ser incluida en este programa. La necesaria adaptación de un instrumento a otro también suponía retos, por ejemplo, el uso de los pedales, inexistentes en el virginal, o la diferencia del peso del instrumento y, por lo tanto, de su capacidad sonora. Esto no fue impedimento para que Ullman nos ofreciera una versión digna de un verdadero conocedor del instrumento y de los estilos asociados a diversos instrumentos de tecla. 

Su postura física traducía serenidad e introspección, además de un gran dominio de la técnica. Pero, poco a poco, ese mundo de ensoñación se transformó dando paso a una sensibilidad musical muy distinta. En sus manos y cuerpo se evidenciaba la presencia de un espíritu más inquieto, rebelde y apasionado que término por poseerlo: Ludwig van Beethoven, con todas sus luces y sombras, sus pianos y fortes, su calma y su serenidad, se hallaba entre nosotros. Esta es una experiencia que solo se puede tener al escuchar y, sobre todo, al ver a un intérprete de este nivel en vivo. Cada nota, cada movimiento, cada frase y cada sección fueron planeadas, estudiadas y analizadas minuciosamente. Al dejarse habitar de este modo por la música, Ullman demostró que, además de ser un conocedor de su instrumento, es un intérprete capaz de trasmitir diversidad de lenguajes y sensibilidades musicales. 

Las sonatas que eligió (Op. 109 y 110) pertenecen a un periodo tardío y no se cuentan entre las más reconocidas del compositor. Caracterizadas por la prevalencia de movimientos lentos, permitieron al intérprete construir un tejido musical más denso. Una vez que el lenguaje romántico nos alejó de la técnica depurada del virginal inglés para adentrarnos en la exploración pura de las posibilidades del piano, llegó con gran pompa la última sección del concierto. Una bella y delicada interpretación de la Pavana para una infanta difunta de Ravel, nos presentó a un músico transformado por una voz interior que cantaba y casi bailaba al ritmo de sus manos. No podía terminar el concierto sin una obra virtuosa, de esas que quitan el aliento: el Preludio, coral y fuga de Cesar Frank parecía un resumen de todo lo que ya había pasado: técnica depurada, intensidad romántica, expresividad lírica y gran virtuosismo. El mismo instrumento, que inicialmente se había transformado en virginal, se convirtió súbitamente en un órgano de iglesia, dejándonos muy en claro que a Alexander Ullman nada le queda grande y, sobre todo, que a la música en vivo nada la puede reemplazar.    

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Concierto Alexander Ullman (Reino Unido) en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá.