El pasado jueves 11 de mayo recibimos con beneplácito al coro 'Canta Bogotá Canta', grupo representativo del proyecto de la Secretaria Distrital de Educación que lleva el mismo nombre y que en los últimos 10 años ha persistido con valentía en su gesta de llevar a los colegios de la capital el canto coral. Este ensamble de voces mixtas liderado por la maestra María Teresa Guillén, fundadora del programa, demostró a cabalidad que nada tiene que envidiarles a los mejores coros profesionales de la capital.

Y es que de eso se trata. La Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango brinda la oportunidad a los jóvenes talentos de nuestro país de presentarse en las mismas condiciones en las que lo haría cualquier grupo profesional, nacional o internacional. El estricto proceso de selección, la preparación previa y la ardua organización del concierto por parte de profesionales especializados, han garantizado por más de 50 años la calidad que ha hecho de ésta una de las salas de concierto más reputadas del país. Y así lo entendió la directora, quien recordó al público el honor que para ellos representa cantar en el escenario que ha recibido a algunos de los mejores músicos, no solo del país, sino del mundo.

Pero –y esto lo digo con tristeza– éste sentimiento no parece haber sido compartido por muchos de los asistentes al concierto. En los largos años en que he frecuentado este templo de la música (porque para mí lo es) pocas veces he visto a una audiencia más dispersa. Las conversaciones de comentaristas espontáneos que, sin disimulo, se sentían con el derecho de compartir sus impresiones con su entorno sin ningún respeto por la música, fueron en exceso recurrentes. Si bien muchos de ellos aplaudían emocionados y con entusiasmo al finalizar cada pieza, durante la presentación la desconexión fue casi total (en no pocos casos reemplazada por la conexión –esta sí permanente– al celular). Desde luego no fue el caso de todos los asistentes, ni tampoco es la primera vez que sucede, pero sorprendió que en esta ocasión fuera tan notorio y persistente.

La directora hizo una mención especial al coro ‘cachaquitos’ (niños pequeños en proceso de formación) que fue invitado para que, como ella misma señaló, aprendieran a 'ser público'. El comportamiento de los menores que tanto preocupaba fue impecable, lamentablemente no se puede decir lo mismo de muchos de los adultos. ¿En qué momento se nos olvidó la magia que representa la música en vivo? ¿cuándo se nos volvió costumbre que, al encontrarla siempre a un clic, no debamos apreciarla como lo que es: efímera, fugaz, intangible? ¿cómo puede alguien ser indiferente frente a la entrega de estos jóvenes a tan noble arte? A continuación, narraré brevemente, para aquellos ausentes, algunos de los aspectos más relevantes del concierto.

Un programa en el que figuraban obras del repertorio coral clásico, adaptaciones de música popular latinoamericana y obras de compositores colombianos comisionadas para el coro, podría parecer, a simple vista, poco menos que un potpurrí. Bastó escucharlos para entender que la unidad lograda por el color, timbre y calidad de la emisión vocal era suficiente insumo para crear un sello propio.  Impresionantes los matices, especialmente en obras como Letra a Nuestra Señora del topo de José Cascante o Lluvia de Marta Gómez. Sin embargo, lo que más me conmovió fue su actitud escénica, siempre tan importante en los coros. Sincronía, concentración, dicción y pasión; eso fue lo que vi. Entendían lo que cantaban y sentían las palabras, entregados a la música con auténtica pasión. Aún recuerdo obras como Agua de Jorge Alejandro Medellín o Rio de Jorge Alejandro Salazar: impecables. Mención especial al verano porteño de Ástor Piazzolla, obra instrumental adaptada para coro y una verdadera prueba de fuego, muy bien lograda.

Sin duda en esto se encuentra la mano del maestro, o, en este caso, la maestra, quien implacablemente sostuvo las riendas de su coro, atenta a cada detalle, no solo musical sino, casi diríamos, espiritual de la formación de estos jóvenes, de su voz interior, de ‘su otro yo’, como explicó al inicio del concierto. En esta catedral sin vitrales ni columnas que es la sala de conciertos, estos jóvenes demostraron cuán seria y solemne es la música, una manifestación casi religiosa que, como tal, exige respeto. Entendieron lo que solo se aprende de la mano de una gran maestra como María Teresa Guillén. Bravo.

Imagen principal Media
Concierto Coral ¡Canta, Bogotá Canta! (Colombia) en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá. Jóvenes intérpretes 2023.