El miércoles 19 de julio se celebró el centenario de fundación del Banco de la República con tres conciertos simultáneos en Quibdó, Leticia y Bogotá, para representar así la presencia del Banco en el territorio nacional. El repertorio que se interpretó en estos conciertos proviene de las comisiones que ha realizado el Banco de la República a destacados compositores colombianos, obras que hacen parte de nuestro patrimonio cultural. Este fue el contenido general de las palabras que dirigió Leonardo Villar, gerente general del Banco, a los asistentes del concierto en Bogotá.
El cuarteto de cuerdas de la Bogota Chamber Orchestra -BCO- fue el grupo encargado de interpretar en Quibdó las obras: Cuarteto de cuerdas de Sergio Mesa, ADAS de Guillermo Carbó, y Cuarteto de cuerdas No. 5, Op. 198 de Blas Atehortúa. En Leticia se presentó el Bogotá Piano Trío con: Trío, Op. 32 de Amparo Ángel, Segunda suite de Bambuquerías de Luís Antonio Escobar, y Conversaciones, Op. 32 de Juan Antonio Cuéllar. Para el concierto en Bogotá se contó con la participación de Keyner Ramírez, Mauricio Velosa, Sebastián Carreño, Andrés Castrillón, Felipe Suárez, David Cristancho, Mari Kagehira, Viviana Pinzón, Melissa Ordóñez y el ensamble de cámara La Sociedad para interpretar las obras: Sinfoniæ Sacræ, para órgano y quinteto de metales, de Diego Vega; Obertura de inauguración, para órgano, de Fabio González Zuleta; Aspic, para ensamble, de Gustavo Parra; y Conversaciones, Op. 32, para trío con piano, de Juan Antonio Cuéllar. Es decir, se interpretaron nueve de las diecinueve obras que hacen parte de esta serie de encargos.
El órgano de la Sala de Conciertos fue el protagonista de la primera parte del concierto en Bogotá. Fue este instrumento, construido por Oskar Binder y de la mano del organista Carl Weinrigh, el que rompió el silencio de la Sala el día de su inauguración, el 25 de febrero de 1966. Para tan magno evento se le comisionó a Fabio González la obra de apertura a la que llamó de forma sucinta Obertura de Inauguración. Se trata de una obra de estilo neobarroco donde confluyen sucesivamente gestos musicales distintivos de preludios y tocatas de este período. Esta singular elección estilística de González Zuleta, pudo deberse al contexto del repertorio elegido por Carl Weinrich para los tres primeros conciertos de 1966 que incluía, por supuesto, a Johann Sebastian Bach. En cambio, las obras de Vega, Parra y Cuéllar son una buena muestra de la música académica de compositores colombianos, que continúan activos en la composición y han contribuido con su trabajo al desarrollo y consolidación del medio musical en el presente. En su conjunto, las tres obras representan la música contemporánea derivada del neoclasicismo, aunque cada uno le da importancia a un elemento estético y sonoro diferente.
Me explico: Sinfoniæ Sacræ de Diego Vega es una obra donde se plantea un diálogo entre el órgano y el quinteto de metales. La materia prima de este diálogo son amplios y pesados acordes que pasan entre los protagonistas. Como el órgano tiene la capacidad de cambiar continuamente su timbre, Vega aprovecha esto para individuar al órgano del quinteto –al usar registros de flautas y ocarinas–, como para ampliar la sonoridad del quinteto –usando los registros de trompetas y cornos del órgano–. También el compositor se vale del contraste de dinámicas (forte y piano) para evocar la resonancia de los órganos de las catedrales, revelando así la amplitud del espacio que contienen.
Por su parte, Gustavo Parra plantea una obra de cámara compuesta por varias secciones contrastantes; estas representan los diversos ingredientes del aspic, que están integrados por una gelatina, representada musicalmente, a su vez, por un ágil motivo minimalista. A favor de la interpretación, debo decir que esta versión tuvo una muy buena resolución de las secciones (empezando por el respeto de los diferentes tiempos), lo que permitió poder apreciar mejor la representación musical de la preparación a la que debe su nombre: Aspic.
El concierto finalizó con Conversaciones, Op. 32 de Juan Antonio Cuéllar. Esta es una compleja obra donde se entremezclan los estilos musicales de, al menos, ocho compositores. Sin embargo, este ‘poliestilismo’ no la hace incomprensible, de hecho, su principal cualidad es lo fácil que resulta escucharla pese a su complejidad inherente. Cada persona encontrará un camino diferente para disfrutarla y entenderla, al margen de si se tienen o no conocimientos profundos de estética musical. Esta diversidad en su profundidad semántica la hacen muy particular, aparte de la belleza de su tema principal y la fluidez con la que Juan Antonio utiliza el trío. Sinceramente creo, que Conversaciones, Op. 32 es una de las mejores y más importantes obras de cámara alguna vez compuesta por un colombiano, cuya existencia se debe, en mucho y en parte, a las comisiones del Banco de la República.