Con estas hermosas palabras, transformadas en melodía, inició el concierto de la cantante colombiana Lizeth Vega el jueves 27 de abril en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. Esta obra bien podría entenderse como un anuncio de la temática general del concierto, es decir, una declaración de amor a las músicas colombiana y latinoamericana, así como una apertura al tema del amor romántico; a esos dolores y desengaños que han encontrado desde siempre, en la música y la poesía, una fuente de alivio. Este fue un espléndido abrebocas del concierto, no solo por su belleza, sino porque nos presentó a una joven intérprete y compositora perfectamente capaz de plasmar en sus letras un agudo sentido artístico y una profunda consciencia social.
Nos sorprendieron otras obras de su autoría como Limosnas, en ritmo de danza, basada en el tema del desamor o la canción Colombia libre, bambuco interpretado fuera de programa, pero memorable por su letra, abierta declaración de amor a la patria. La cantante también rindió un homenaje a sus raíces llaneras con la canción Añoranzas de un llanero en la que nos compartió parte de sus vivencias personales, al igual que con Como luceros de abril, homenaje de amor a su tierra. Cada una de estas canciones, maravillosamente interpretadas, nos reveló a una cantante con una paleta expresiva muy amplia, capaz de emitir sonidos profundos, dulces y brillantes sin perder el equilibrio vocal. Se destacó también por la perfecta dicción de sus textos, pero principalmente por su expresividad.
Este fue, sin duda, el hilo conductor que permitió que un repertorio conformado por ritmos tan disímiles como el bambuco, el pasillo y el tango que, a primera vista parecen venir de orillas tan distintas, fluyeran con total naturalidad. Influyó, por supuesto, el hecho de que los arreglos estuvieran pensados para el mismo conjunto de instrumentos que le acompañó (piano, contrabajo y tiple, guitarra o cuatro según la canción) y que el tema del desamor fuera tan recurrente. Parecía incluso que algunas obras habían sido pensadas específicamente para su voz, dado el nivel de compenetración que alcanzó con ellas, explicado quizá por la relación tan estrecha que confesó tener con ritmos como el tango, por ejemplo. Pienso específicamente en una obra como Nostalgia de José Escajadillo, tal vez, la mejor desde el punto de vista escénico, acogida con gran entusiasmo por el público.
La expresividad no solo escénica sino vocal fue el fuerte de la intérprete en cada una de las obras del concierto. En ningún momento excesiva (lo cual puede sucederles a algunos cantantes que interpretan repertorios similares) fue, sin duda, la marca de una artista sensible y apasionada por su arte. La elección del programa fue, por decirlo menos, audaz, dada la diversidad de ritmos que escogió pero que supo combinar con destreza. En todo momento se sintió honesta, genuina, dueña del discurso musical que transmitió con vehemencia, involucrada en cada obra.
Aparte de sus propias composiciones, también nos regaló obras de gran belleza como Mujer, niña y amiga de Robustiano Figueroa en ritmo de zamba, o la que quizá fue la más especial: Flamita de amor de Doris Zapata Londoño, un verdadero descubrimiento musical. Esta compositora de pasillos vocales tiene en su haber un amplio repertorio de canciones entre las cuales ésta –de carácter autobiográfico según Vega– puede ser una de las más bellas. En la pasión y sinceridad de su interpretación vislumbramos a una intérprete que supo transmitir con total honestidad, no solo la belleza de la melodía, sino la profundidad de sus palabras, uno de sus momentos más sinceros y encarnados. Fue un concierto íntimo y lleno de emociones que nos permitió descubrir a una talentosa intérprete, pero sobre todo a una gran compositora de la que esperamos pronto seguir recolectando frutos.