Evidentemente, el año 2022 marcó un reencuentro que resonó con especial intensidad. En el caso de los artistas seleccionados para participar en la Serie de los Jóvenes Intérpretes, debido al alejamiento forzado de las salas de conciertos y los prolongados lapsos de tiempo entre el concurso de selección y la fecha de presentación final, se generó una situación especialmente interesante: muchos de estos músicos continuaron con su formación artística durante la pandemia fuera del país; después de haber avanzado considerablemente en estos nuevos programas de estudios, la oportunidad de presentarse finalmente en el ciclo de conciertos del Banco de la República significó la invitación para regresar al país y compartir con familia, colegas y amigos los logros artísticos que han cosechado desde la distancia. En muchos casos estos jóvenes intérpretes han regresado para socializar los frutos de una nueva carrera profesional con propuestas artísticas de un impacto muy profundo. Desde este punto de vista, considero que la Serie de los Jóvenes Intérpretes de este año fue particularmente emotiva y reunió conciertos que, de otro modo, no podrían haber reflejado ese nivel de desarrollo musical y sofisticación artística.
El concierto del pasado jueves 27 de octubre, el último de la serie dedicada a los jóvenes intérpretes ejemplifica perfectamente la situación anteriormente descrita. El regreso de María Camila Flórez a la Sala de Conciertos socializaba sus logros internacionales y el inicio de su carrera profesional fuera del país. Este reencuentro trascendió los intereses meramente musicales para celebrar con muchos de los asistentes un vínculo profundamente entrañable y familiar.
Centrándonos en el desarrollo del concierto y la propuesta musical, el primer punto para señalar es la exigencia interpretativa de todo el programa. Cada una de las obras demandaban un nivel de madurez expresiva considerable y de manera constante los retos técnicos para los instrumentistas no pasarían a un primer plano para distraer la atención del público con pasajes virtuosísticos desprovistos de profundidad emocional. Frecuentemente, los programas de concierto tienden a alternar obras de marcada profundidad expresiva con obras más ligeras emocionalmente, donde paradójicamente la ‘pirotécnica’ instrumental funciona como un ‘respiro’ para relajar el espíritu con aridez musical disfrazada de despliegue técnico. En esta ocasión, el programa mantuvo una propuesta uniformemente enmarcada por su profundidad expresiva; elocuentemente, las notas al programa de Guillermo Gaviria señalaban cómo las reflexiones sobre la inspiración artística serían un hilo conductor a través de todo el programa ¡una excelente invitación para descubrir una temática tan trascendente en cada una de las obras!
El concierto inició con la Sonata para violín y piano Op. 78 de Johannes Brahms; una obra que permitió a María Camila desarrollar una interacción camerística refinada con el acompañamiento al piano de Javier Mauricio Camacho. Aunque inicialmente la sonoridad del violín fue algo tímida, progresivamente afloró una aproximación bastante sobria y cuidadosa; me atrevería a invitar por una interpretación más arriesgada para explotar la intensidad emocional de los contrastes visceralmente expresivos que se esconden en la música de Brahms. Posteriormente, la Havannaise Op. 83 de Camille Saint-Saëns permitió al ensamble brillar con más vida para entregar una interpretación llena de carácter y colorido instrumental.
La segunda parte del concierto agrupó dos obras que, aunque distantes en sus fechas de creación y en las estéticas de sus compositores, compartían la misma fascinación sonora que el ensamble de violín y piano puede proyectar sobre la audiencia. La obra Andrómeda del compositor colombiano Jorge Humberto Pinzón pertenece a una serie de composiciones inspiradas en las constelaciones; casi con ritual recurrencia, las obras de Pinzón pertenecientes a esta serie han visitado regularmente la Sala de Conciertos para conectar a la audiencia con una inspiración tan profunda como renovadora. La interpretación de María Camila y Javier se desplegó de manera encantadoramente orgánica llevando al público por un viaje lleno de destellos sonoros; fue una rendición llena de imaginación. El concierto cerró con el Valse Scherzo Op. 34 de Piotr Ilich Tchaikovsky, una obra llena de sonoridades exuberantes y efectos vistosos que mantuvieron el mismo hilo conductor centrado en la profundidad expresiva renovada en cada una de las obras. Después de una merecida y prolongada ovación, el ensamble se despidió con Estrellita, una canción del mexicano Manuel María Ponce en arreglo para violín y piano de Jascha Heifetz; su interpretación fue el cierre perfecto para un recital caracterizado por la sobriedad expresiva, tenacidad técnica y refinada interacción camerística. No solo un cierre encantador para un concierto impecable sino también para una serie de conciertos llena de momentos entrañables y loables apuestas artísticas desarrolladas con ejemplar madurez musical a través de nuestros jóvenes intérpretes.