El pasado domingo 25 de septiembre el Cuarteto de Cuerdas José White se presentó en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá; un concierto que resonó de manera especial con muchas iniciativas que convergen para abrazar a las audiencias en torno a la música de cámara, la búsqueda de nuevas expresiones artísticas y la construcción de patrimonio cultural. En esta oportunidad, el ciclo de conciertos ofrecido por este ensamble mexicano en Neiva, Bogotá y Florencia, como parte de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República, se conjugaba con el inicio del Festival Internacional de Cuartetos de Cuerda organizado por nuestro entrañable Cuarteto Q-Arte; una alineación de impulsos institucionales y artísticos que con seguridad seguirá cosechando frutos.
En el ambiente previo a este concierto dominical era evidente una alegre expectativa por conocer la propuesta del Cuarteto de Cuerdas José White; la inclusión en el programa de obras y compositores poco conocidos por muchos de nosotros, pero enmarcados en el reconocimiento de la tradición musical mexicana a través de los cuartetos de cuerdas, despertaba bastante curiosidad. Con una sala notablemente concurrida, el ensamble no tardó en cautivar a la audiencia; luego de entrar al escenario con los tapabocas bien puestos, casi a manera de melancólico recordatorio de la ‘nueva normalidad’ pandémica, el Cuarteto llevó al público por un recorrido lleno de gratos hallazgos en un repertorio pleno en posibilidades expresivas.
El concierto inició con el Cuarteto Op. 14 de Guadalupe Olmedo. Bajo el desconcertante título de ‘Estudio clásico’ esta obra, que además de ser posiblemente el primer cuarteto de cuerdas compuesto en México, marcó la primera de muchas sorpresas que esperaban a ser compartidas a lo largo del concierto. Apoyándose en las notas al programa escritas por Rodolfo Acosta, como siempre muy elocuentes, la audiencia pudo acercarse a algunos interesantes detalles del desarrollo de la formación musical en el México del siglo XIX. Acosta señaló que esta primera obra fue uno de los requisitos de graduación de la compositora, razón por lo cual debía estructurarse como una muestra del dominio del lenguaje y técnica de composición de los modelos clásicos.
La interpretación del cuarteto fue una mezcla entre técnica cristalina y contundencia expresiva. Una de esas maravillosas ocaciones donde las consideraciones técnicas del repertorio son completamente superadas para permitir que el mensaje artístico pueda ser recreado de la manera más fiel al ideal que reposaba en la mente del compositor años atrás. Este tipo de interpretaciones permiten conocer las obras de la manera más auténtica posible; con esta autenticidad es evidente que más allá de ser un ‘estudio’ del estilo clásico, la obra de Olmedo es una fuente inagotable de genialidad expresiva. Teniendo en cuenta el creciente interés por rescatar la obra de mujeres compositoras de todas las épocas, así como también el de restituir el legado cultural de muchísimos artistas latinoamericanos, con seguridad Guadalupe Olmedo irá cobrando mayor vigencia académica y sus obras podrán ser cada vez más conocidas. La carta de presentación del cuarteto fue un saludo encantador para compartir con la audiencia un repertorio fascinante.
La primera mitad del concierto cerró con otra obra igualmente fascinante; las Cuatro miniaturas para cuarteto de cuerdas de Manuel María Ponce proporcionaron un contraste estilístico tan interesante como refrescante. En cada uno de sus movimientos, el ensamble hizo gala de su versatilidad interpretativa y, en especial, de su precisión rítmica. Una atmósfera sonora envolvía a la audiencia dejándola inmersa en diversas impresiones estéticas propias de la vanguardia musical de inicios del siglo XIX, al tiempo que lograba entretejer un discurso orgánico entre cada miniatura.
La segunda mitad del programa también incluyó dos composiciones. La primera obra, Tres rostros del agua de Rodrigo Nefthalí, se caracterizó por su tono introspectivo y reflexivo, al tiempo que era enriquecido por destellos de virtuosismo individual y una ampliación de recursos tímbricos bastante interesante. La combinación entre fragmentos de independencia instrumental y momentos de ensamble cuidadosamente engranado lograron mantener un discurso constantemente interesante. El programa cerró con una obra de Silvestre Revueltas, el compositor más conocido entre la selección presentada por el ensamble. Con una electrificante ejecución de su Cuarteto de cuerdas No., el ensamble logró concluir su presentación con una obra que conjugada momentos de profundo suspenso con explosiones de éxtasis sonoro.
Para su despedida después de las ovaciones, con un arreglo de La bella cubana, el ensamble rindió un homenaje a José White, aquel violinista y compositor cubano que fue uno de los precursores del reconocimiento internacional de la música latinoamericana. El concierto de inicio a fin fue una propuesta llena de sentido y consciencia histórica; claramente el legado de José White fue una inspiración para este ensamble que con seguridad dejó una cálido recuerdo en una audiencia contagiada por el descubrimiento de un patrimonio cultural orgullosamente mexicano.