Los conciertos suelen ser homenajes –muchas veces póstumos– a compositores que admiramos, o cuyas obras han dicho tanto a lo largo de la historia que queremos hacer parte de ella, así sea por un momento. Aunque no se puede negar que cada vez que se reviven los sonidos del pasado se abren pequeños caminos y se generan diálogos maravillosos que solo serían posibles en la ciencia ficción, la experiencia de darle vida por primera vez a algo que hace muy poco tiempo no existía en el mundo también tiene un poder poético inmenso. Pocas veces podemos agradecer cara a cara y estrechar las manos de quienes crearon la música que interpretamos. El jueves 20 de octubre fue una de esas ocasiones.
El Ensamble Baho nos regaló seis momentos en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango; seis discursos, seis voces que han tenido la fortuna de escuchar lo que en algún momento rondó por sus mentes. Seis mentes, además, hijas de las últimas décadas del siglo XX. Juan Nicolás González, Hernán Darío Guzmán, Jesús Buendía, Gabriel Mora, Juan Felipe Vásquez y Luis Fernando Sánchez son todos colombianos y abanderados de una tradición en nuestro país que, claro, ha estado en constante diálogo con lo que sucedió en Europa desde siglo pasado, pero que ha sabido forjarse su propio camino y aún está escribiendo su historia, una historia de la que hicimos parte ese día.
No puedo sino considerarme foránea en el universo de la música que escuchamos esa noche. No sé si sería capaz, siquiera, de encerrarla en alguna categoría, tampoco sé si valga la pena clasificarla como ‘música contemporánea’, ‘música experimental’, ‘composición sonora’, etc. Seguramente existe un apodo adecuado, pero en este momento parecen limitantes frente a lo que sucedió en ese encuentro, en donde el Ensamble Baho nos habló de formas insospechadas y desde lugares que parecían imperceptibles a simple vista. ¿Fagot y electrónica? Imposible negar la sorpresa, teñida con algo de temor, que sentí cuando recibí el encargo de reseñar este concierto, pero la prevención hacia esa dupla inédita –por lo menos, en mi experiencia sonora hasta el momento– se convirtió, desde la primera pieza, en emoción y ganas de descubrir lo que Hernán Darío y Jesús tenían para contarnos.
Hay una teatralidad implícita que no está definida, pero que la música que está escrita –y la que no– pide. Los intérpretes, como bien supieron demostrar, tienen que asumir papeles, como si de personajes se tratara. El compromiso fue tal que el público se vio inmerso en un discurso que, sí, es musical, pero es mucho más que eso; es físico, matemático, espacial, cromático, filosófico; lleno de ondas, rectas y trazos que normalmente se encuentran tácitos en la experiencia musical, pero raramente alcanzamos a percibir. Fueron seis historias que le dieron voz a un dúo improbable, de la mano de recursos que vienen de la contemporaneidad, pero que dialogan amigablemente con los ecos del pasado. Escuchamos al fagot como nunca, conversando con sonidos que probablemente no conocía antes, por lo menos, de esa manera. Escuchamos también polifonía y con ella, se generó un espacio de extraña familiaridad, con recursos de otrora, pero con voces del presente.
Los guitarristas suelen luchar contra el silbido que su instrumento hace, cada vez que transitan por el diapasón y las cuerdas de acero se ven involucradas. Los flautistas, clarinetistas u oboístas, nunca podrán callar los sonidos de las llaves de sus instrumentos y, al igual que quienes cantan, y por mucho que lo intenten, tampoco podrán ocultar ese breve instante de respiración previo a la pronunciación de una nota ¿por qué no, entonces, involucrar a estos sonidos colaterales dentro del discurso musical?, ¿qué nos impide considerar a un computador, una grabadora, un cable o un micrófono como instrumentos musicales, y, a quien los manipula como un intérprete?, ¿qué sucede si, además de imitar los sonidos del mar con armonías y movimientos de vaivén, se piensa, por ejemplo, en la respiración de un fagotista como un eco del romper de las olas?, ¿cómo se beneficia el sonido del espacio físico en el que se hace?, ¿cómo puede enriquecer el sonido a este espacio? y ¿cómo hace la oscuridad para esclarecer la naturaleza de lo que estamos escuchando?
Aún sin quererlo, los integrantes de Baho y las voces de quienes escribieron para ellos, me dictaron estas preguntas que me llevaron a imaginar un posible origen de las obras que conformaban el programa. Especulé, sin más, que sus compositores pudieron, tal vez, haber pensado en ellas también, relevando las palabras de otros, pero dándole nueva vida a una forma de hacer música que ha sido injustamente marginada, pero que, como pocas, actúa como manifiesto vivo de algo que normalmente se quedaría en el papel. Lindo sería que el ensamble continúe escribiendo la historia con la ayuda, además, de voces femeninas y, estando en sus albores, sumado a la sensibilidad que demostraron en el concierto, estas llegarán, sin duda alguna.