Sí, creo que esta es la manera correcta de definir lo que pasó en el concierto de la pianista lituana-francesa Mūza Rubackytė del pasado miércoles 10 de agosto. Aquí no caben las corroídas frases de cajón usadas para describir un concierto donde la intérprete ha brillado con luz propia. Mūza Rubackytė interpretó cada obra persiguiendo este ideal, el escucharlas tal y como ella las quiso oír, así, sin cortapisas. Y aunque resulte incómodo para algunos, debemos reconocer que fuimos totalmente dominados por esta pianista que no hizo concesiones. ¿Lo dudan?, permítanme exponer mis argumentos.
Desde hacía mucho tiempo no escuchaba a un público tan silencioso; los ojos puestos en la intérprete, las cabezas inmóviles y los cambios de postura hechos con total sutileza, nuestra atención estuvo totalmente volcada en ella. El ritmo del concierto fue otra demostración del total dominio de Mūza. Su entrada al escenario fue muy breve, apenas una venia sonriente y empezó la música de inmediato; lo mismo pasó con el tiempo que tomó entre movimientos. Incluso, ella misma no se permitió gestos superfluos, como acomodar la silla o frotarse las manos; aquí todo estuvo calculado.
Pero debo decir que para cada parte del concierto hubo una pianista diferente. Una Mūza pétrea, casi una efigie, fue la que acometió con decisión y violencia la Sonata para piano de Leopold Godowsky; una obra nada fácil de interpretar por su duración (casi cuarenta minutos), su lenguaje poliestilístico y politécnico. Las hojas de la partitura fueron casi arrancadas del atril, mientras mantenía esa rigidez que contrastó con la fluidez de la música. En esta obra se pasa sutilmente de un plano dinámico a otro. ¿Alguien notó acaso un contraste evidente entre el forte y el piano?, ¿hubo acaso una ruptura discursiva para reanimar la atención? No, la colosal obra de Godowsky nos mantuvo absortos.
Por el contrario, una Mūza radiante y sonriente entró en la segunda parte. Con movimientos fluidos, casi de un director de orquesta, acometió la interpretación de las obras de Chopin Fantasía en fa menor, Op. 49 y Sonata para piano en si bemol menor, Op. 35. Allí pudimos ver cómo su cabeza se inclinó hacia atrás, como sus ojos se olvidaron del teclado, cómo su atención se centró en cómo estaba sonando cada obra; sí, esas obras que de lejos se nota que sus manos bien conocen, y su intelecto busca no rendirse ante una versión definitiva, mecánica.
Otro elemento para tener en cuenta fue su vestuario. Si bien soy crítico del color negro por ser el más usado por los intérpretes, aquí fue un total acierto. El negro suele ser usado por personas que tienen poder, mismo que se ha llevado a personajes de ficción y metáforas del ajedrez. Mūza completó con su vestido esa imagen de dominio que hizo realidad durante el concierto. Pero antes de ser malinterpretado, debo aclarar que esto no es necesariamente negativo pues no fue un dominio tiránico, por el contrario, Mūza reveló una personalidad fuerte y decidida, propia de una persona con liderazgo que resulta muy útil en momentos de crisis. ¿No fue acaso hermoso ver cómo tal fuerza regresó a una mujer encantadora y algo tímida?
Dicho esto, quiero comentar algunas cosas del repertorio. Fue evidente el enorme trabajo que hay detrás de la interpretación de la Sonata para piano de Leopold Godowsky. Hay en ella un delicado planteamiento de ascenso diatónico entre cada movimiento desde fa mayor hasta re menor; procedimiento que recuerda aquellas obras del Renacimiento escritas sobre el hexacordio ut-re-mi-fa-sol-la. También está presente el tema del Dies Irae, proveniente del canto llano, que utilizó también Berlioz en su Sinfonía fantástica. Este recurso de composición también está presente en obras del Renacimiento cuya estructura se derivó de Kyries o Salves. La forma sonata fue usada en rigor como primer movimiento que se caracteriza por un tema recurrente al que se llega después de secciones de divertimento de amplio despliegue técnico.
El segundo movimiento de esta sonata se caracteriza por una melodía angulosa y cromática en un estilo heredero del Expresionismo y del Romanticismo tardío. En cambio, el tercer movimiento se caracteriza por tomar el espíritu de la polka-mazurka, un híbrido que junto al vals marcó la mayor parte del repertorio de salón del siglo XIX. Si los asistentes sintieron en este movimiento una cercanía al bambuco y al pasillo, me permito decirles que su percepción es correcta, en tanto que la polka-mazurka sirvió de base común para el desarrollo de estas danzas características. Después de este despliegue técnico, las obras de Chopin Fantasía en fa menor, Op. 49 y Sonata para piano en si bemol menor, Op. 35 parecieron un juego de niños. Ciertamente, ambas obras están desprovistas de la complejidad composicional de Godowsky, pero son técnicamente complejas desde lo pianístico. Y ese contraste fue la cereza del pastel de un concierto que superó con creces nuestras expectativas.