Las muñecas quitapesares son las protagonistas de una tradición guatemalteca, y su papel es el de escuchar a los niños para liberarlos de sus pesadillas. También responde a un golpe del complejo sonoro del joropo llanero y, de igual manera, así se titula una obra que hizo parte del concierto que nos regaló la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango el pasado domingo 17 de julio. Antes del bis, antes de una selfie con el público, antes de que un estallido de aplausos pidiera a los músicos que regresaran —sin que estos hubieran tenido siquiera la oportunidad de salir del escenario—; Laura Lambuley, Rodner Padilla, Henry Linarez y Juan Ernesto Laya interpretaron Quitapesares, una obra que, aunque solo llegó al final, bocetó desde el inicio el espíritu de este encuentro. Combinó estas dos facetas de la misma palabra y se llevó nuestras penas, esta vez, en clave sonora, en clave llanera.

Esto lo logró de muchas maneras: abriendo el concierto con Mestizo, la obra insigne de Laura Lambuley que da el nombre a su segundo trabajo discográfico y que inicia con un solo de piano; con una melodía, casi a manera de canto llano, de canto del Llano; y narrando con voz propia lo que otros ya dijeron. Madrugada azul y Sonrisas de Édmar Castañeda, El avispero de ‘Beto’ Valderrama, El vals del duende de Alejandro Dolina, y Black Nile de Wayne Shorter dieron cuenta de esos hilos que a veces se nos obliga a romper u ocultar pero que, en su inmensa generosidad, la música y sus protagonistas, siempre logran remendar.  

Las canciones nos hicieron olvidar que, aunque se insista en fragmentar y crear abismos artificiales, la música siempre ha recibido variopintos sonidos y permitido vínculos inesperados e inexplicables que podrían parecer imposibles. El jazz, que desde su nacimiento fue una música que miraba hacia los otros, siempre ha sido nicho de las más diversas expresiones sonoras; no es una música pura (ninguna lo es) y se ha visto siempre felizmente ‘contaminada’ (como toda la música) de sonidos foráneos. El jazz ha sido, y siempre será, nativo y extranjero al mismo tiempo. Es por eso que ha acogido, entre muchos otros, a los sonidos africanos de Fela Kuti y Nina Simone, al espíritu brasilero de ‘Tom’ Jobim y João Gilberto, a la voz barroca de Claude Bolling y, hoy, al acento llanero de Laura Lambuley y los maravillosos músicos que estuvieron con ella en el escenario.

Este concierto hizo las veces de una muñeca quitapesares y nos quiso reconciliar con algo que llegó hace unos años y aún no se ha ido: ese turbulento momento histórico del que estamos haciendo parte, y que la pianista y compositora colombiana tituló Pandemic. Lo presentó a manera de tríptico, iniciando con el caos silencioso de las primeras noticias, que luego irrumpirían, casi en caída libre. Aquí, un solo de cuatro y otro de maracas dejaron al público sin palabras y con una bandada de aplausos para poder expresar la emoción. Así como el 2020 pareció un año imposible e indescifrable, Henry Linarez y Juan Ernesto Laya nos regalaron un momento de música que no cabía en la cabeza de ninguno de los asistentes, esta vez, claro está, por la belleza, la pulcritud técnica y, sobre todo, la humildad con la que se nos ofrecieron. El segundo cuadro de este tríptico, fue un lamento, una obra para piano solo que, en palabras de Laura Lambuley, era la manera de pedir perdón a quienes les hemos fallado como sociedad. Finalmente, la esperanza, que llegaría, de nuevo, con todo el ensamble: piano, bajo, cuatro y maracas, dialogando en una pieza que tenía aires llaneros, pero que era mucho más; era todo y nos hablaba a todos.

Lograr expresar tranquilidad y naturalidad en donde, a leguas, se nota que la dificultad está imperando, es lo más loable que cualquier artista puede llegar a hacer para su público y esto fue lo que sucedió. Aquel día, el bajo fue mucho más que una melodía que se pierde en las frecuencias graves, el cuatro no fue solo un acompañamiento y las maracas fueron mucho más que un ornamento rítmico. Ese domingo el Laura Lambuley Project tuvo muchos protagonistas, muchos líderes, muchas voces solistas, y con ellas, curó muchas heridas; con Motherhood y A Song for Simon, la compositora quiso acallar esas penas de la maternidad, cuando la guerra, el hambre, la pobreza y la violencia oscurecen ese mágico momento que, además, fue representado inconcebiblemente por Rodner Padilla, quien tocó bajo, maracas, cuatro y piano con su instrumento, ese que injustamente solemos no escuchar.

Laura Lambuley dijo que su formato instrumental favorito es el de bajo y piano; después de este concierto es seguro decir que todos los asistentes tenemos ahora un nuevo formato favorito oficial: bajo, cuatro, piano y maracas. Los escuchamos a todos juntos; los escuchamos en parejas, en diálogos, en monólogos. Nos deleitaron con una sincronía perfecta que solo puede llegar tras horas y años de dedicación, tras el despojo del ego, de saber la función de cada uno en cada momento, de conocer y apreciar en igual medida cuándo se debe ser gregario y cuando jefe de filas. Así como lo hacen las muñecas quitapesares, el concierto de Laura Lambuley, Rodner Padilla, Henry Linarez y Juan Ernesto Laya nos abrazó y, cantando, nos ayudó a olvidar nuestras pesadillas, aunque fuera por un rato.

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Foto del concierto de Laura Lambuley Project (Colombia) - Temporada Nacional de Conciertos 2022