Hace algunos años, una pareja de hermanos nos cantaba, con ritmo de cumbia, las peripecias de aquellos que valientemente deciden aprender el español (y de aquellos que lo aprendemos como lengua materna), solo para darse cuenta de que «este idioma no se entiende ni al derecho, ni al revés». El domingo 11 de septiembre, los hermanos Ospina estaban en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, pero esta vez, ni ellos, ni el español, fueron los protagonistas. Nicolás estaba en silencio, en el público, pero detrás de algunas de las canciones que escucharíamos; y Juan Andrés, junto a Marcelo Wolowski y Petros Klampanis, en el escenario, acompañando a Sofia Ribeiro, la cantante que compartió con el público el dilema de ser portuguesa y querer cantar una melodía brasilera que pedía un acento brasilero. Y es que, en medio de las vicisitudes de nuestro idioma, nunca nos hemos puesto a pensar en lo que nuestros vecinos de Brasil sufren al intentar comunicarse con sus compañeros de lengua, los lusitanos, y lo que estos batallan para hacerse entender sin ser acusados de ‘robar’ las sílabas.
Este concierto llevaba varios años queriendo sonar: la gira empezaría en marzo del 2020, días antes de que nuestra realidad se viera puesta ‘patas arriba’, y solo ahora, dos años y medio después, pudimos escuchar finalmente lo que este dream team había preparado. Lo podemos llamar Setlist, programa o repertorio, pero son palabras que se quedan cortísimas al momento de reflejar la poética detrás del trabajo de seleccionar música para compartirla. Podríamos decir que se trata de un delicado proceso de traducción, desde el corazón del artista y las historias que cuenta, hacia los miembros del público; y desde los oídos de cada uno de ellos, hacia sus propias historias. De traducciones estuvo lleno este concierto, empezando por Sotaque, esa canción que, con voz portuguesa, tomaba prestado el acento brasilero para ‘sonar bien’, para sonar cool, legal, fixe, bacana, chévere.
En medio de acentos, sílabas, préstamos y varias canciones en un idioma que no es el nuestro, me puse a pensar si valía la pena tener una traducción de todas esas. ¿Era necesario? y, de serlo, ¿cómo hacer para que su mensaje se mantuviera ‘intacto’? En los conciertos de ‘música clásica’ (en toda la amplitud e inexactitud del término), las traducciones de los textos suelen estar en el programa para que el público entienda lo que se está cantando ¿por qué acá no? Afortunadamente, Sofia Ribeiro y su ensamble supieron contestar, con generosidad y con mucha calidez, a mis rígidos y ciertamente irrelevantes pensamientos. Lo hicieron con las canciones que nos regalarían.
Traducir es viajar, es hilar, es un trabajo artesanal que se ha disfrazado, a la fuerza, de una acción mecánica. Traducir es compartir, es conectar, es preguntar, es escuchar; es entender para ser entendido; es dibujar con los colores de cielos ajenos, es acoger voces lejanas, es transformar voces internas. A veces, la traducción se escapa de las palabras, o inventa unas nuevas; traducir no necesita del papel, bajo sus alas, todos son bienvenidos y las jerarquías desaparecen cada vez que una pauta se curva. Traducir es una labor llena de nobleza, pues en esta se abren ventanas que parecían no existir.
Las doce canciones que tuvimos la fortuna de escuchar ese domingo me dieron pistas y me respondieron, por ejemplo, que traducir es convertir el silencio en sonido; es hacer cantar a pájaros que, en apariencia no están ahí, es entender que tan solo una melodía puede inducir al vuelo. También, es ver la magia escondida en objetos o lugares cotidianos, es ver un viaje en lo que otros perciben como un espacio estéril. Es cantar imágenes y palpar los sonidos de quienes están lejos. Es saber que, a veces, crear palabras es la única traducción posible. Me dijeron que hay traducciones improvisadas que abrazan los errores, unas colectivas y otras solitarias, y que traducir es darle voz al público. Entendí que hay unas que crean y otras que recrean; que traducir es transformar y es darles nueva vida a sonidos antiguos. Una canción me contó que traducir es cantar la luz y la sombra; cantar sonrisas, dolores y flores. Otra, que es entender que un fado puede emocionar aún sin la voz de una guitarra portuguesa.
Traducir es cantar historias, como las que había detrás de la música que Sofia Ribeiro creó y seleccionó para nosotros. A quienes estábamos en frente de ella, no nos habían preparado para este encuentro entrañable, para este viaje que, entendiendo o no las palabras, nos emocionó y nos conectó con nuestras propias historias; nos ayudó a desempolvar cosas que estaban guardadas. Al final, un aplauso casi ininterrumpido fue la única traducción que nuestros corazones encontraron para darle voz a la alegría, a las lágrimas, al asombro y a ese pequeño cantarín que, aunque escondido, Sofia, Juan Andrés, Marcelo y Petros supieron, con toda su generosidad, despertar en nosotros.